Tributo a los hombres de la luz.2

Caer está permitido,
levantarse es una obligación

LA OREJA DE VAN GOGH
Dicen que dicen


Tiene miedo. Está encogido, de lado, sobre el colchón; con los ojos fuertemente cerrados. Se encuentra inmóvil por el temor que lo abruma.
La sensación era escalofriante, tan fuerte que lo paralizaba. Tras años de pensar, de sentir, de dar vuelta a los horrores del mundo, había caído al fondo del pozo, un fondo sin luz, húmedo y frío como un pantano.
Una corriente helada corría por sus huesos, extendiéndose por venas y nervios. Sin que lo pudiese evitar, le extraía la fuerza vital y sus ganas de seguir.
No había quien lo ayude pues no era la obra de un ser omnipotente, sino el producto de los temores del alma. Era el infierno de los hombres.
Comenzó a sollozar mientras apretaba los ojos, pensando en la soledad fría y oscura en la que había terminado. No había más, sólo sufrir por atreverse a enfrentar su existencia, enfrentar el status quo. Quiso entenderlo todo y ser capaz de crear una nueva concepción de la vida. Ese intento fue, al final, su perdición.
Ahora pagaba el precio del hombre petulante, el castigo que cae sobre aquellos que buscan ser dueños de su propio destino, de su voluntad. Y como todos, llegó a la conclusión que era imposible. Las emociones, el miedo y los temores no desaparecieron, solo se fueron acumulando, hasta estallar. Su soberbia le hizo creer que podía hacerlo de otra forma y se equivocó.
Como Adán expulsado del Edén, él había sido expulsado de la dicha de la vida por creer que era más que un animal. Pero a diferencia de Adán, no había una Eva a su lado. No le quedaba más que sufrir, sólo, la pena impuesta.
Abrió los ojos pero solo vio oscuridad. Era igual a tenerlos cerrados. Solo había algo diferente. Al mantenerlo cerrados, la realidad era más llevadera. Como no la enfrentaba en su totalidad, se podía ocultar y negar su situación.
¿O no?
Eso al principio, pero conforme pasaba el tiempo las preguntas sin respuesta se iban manifestando. ¿Por qué lo hizo? ¿En que había fallado? ¿Acaso era así como se volvía loca la gente?
Respiro hondo, cansado. Decidió mantener la mirada abierta y sentarse, buscando qué hacer y así evitar seguir pensando.
Comenzó a jugar con los dedos mientras silbaba una tonada triste, melancólica, pero ante tanta oscuridad, su silbido perdía gracia. Sonaba inapropiado, incluso herético. Finalmente, se calló.
Inevitablemente, llego a la conclusión que la soledad, en sí misma, era depresiva.
Que triste.
Pero, ¿dónde quedó su orgullo? ¿Acaso no lo tenia? ¿No era patético quedarse sentado o echado pensando lo desgraciado que se sentía?
Iluminado, se dio cuenta que nunca había dejado de pensar. Pensaba en su sufrimiento, en cuan desgraciado era, que ya nada tenía solución y que tenía que resignarse al destino que le habían impuesto.
¿Debía ser así?
Hubo una época en la que había sido feliz, en la que tuvo momentos de alegría en su vida ¿Por qué, entonces, se aferraba tanto a la desgracia? ¿Por qué no se aferró a esa dicha?
¿Cuándo fue verdaderamente feliz? Recordó su sonrisa, sus ojos castaños, su pelo largo, su voz.
Sonrió.
Empero, la pena regresó. A pesar que al principio fue muy feliz, ella terminó por hacerle mucho daño.
Recordarla lo hizo sentirse peor. Por instinto cerró los ojos.
En un intento de escapar a la angustia, volvió a silbar con más fuerza. Sentía que la música fluía en golpes suaves y con ritmo variante. El flujo constante de una melodía triste.
¿Eran los demonios de la mente humana los que invadían su razón? ¿Eran ellos lo que no lo dejaban pensar, ahuyentándolo de su condición de hombre y arrastrándolo al abismo de la estupidez, de lo salvaje?
¿Y por qué simplemente decirles no? ¿Era acaso tan difícil?
¿De que servia lamentarse de la tristeza y la desgracia? ¿Tenia un propósito la autocompasión? ¿Acaso no era destructiva, negarse como un ser vivo y pensante?
Se dio cuenta que no servía, era el lado opuesto de la felicidad.
¿Por qué entonces tanta atracción?
Eso no tenía sentido, no era razonable, no era lógico, era emocional.
¿No era el dueño de sus emociones?
No.
¿O si?
Siempre le enseñaron que no, que uno se debía dejar llevar por ellas, que el sentir estaba encima del pensar.
Y ahí, solo y sentado en su propia desdicha, entendió todo.
Sonrió y abrió los ojos para ver lo impensable: luz.
Un punto de luz que brillaba a lo lejos. Se paró y caminó hacia él, pero por mas que intentaba no lograba alcanzarlo.
Frustrado, se sentó otra vez. Después de unos segundos se volvió a parar, con más seguridad que antes.
Mientras lo estudiaba se dio cuenta que estaba encima de su cabeza, esperándolo. ¿Cómo alcanzarlo?
Volando.
“Pero eso es imposible”, dijo en voz alta.
¿O no?
Con un fuerte impulso saltó hacia arriba.
¡Podia volar!
Cruzó el cielo negro entre nubes y sombras del mismo color. El viento golpeaba su cara mientras veía como la luz se iba acercando. Finalmente, sin saber cuanto tiempo habia pasado, salio. Era libre.
Al dejar atrás la oscuridad se encontró rodeado de la luz del nuevo día
-¡Soy yo! -gritó, con el sentimiento del hombre libre, totalmente, envuelto en la luz de su existencia, de su razón, de su capacidad de creación, omnipotente en la elección de sus actos, libre de hacer y pensar lo que quisiera. Nadie lo controlaba; sus emociones no eran la causa sino el fin de sus ideas.
Miró al pozo del cual había salido. Oscuro, encantador. Como la autocompasión, lo seducía pues la vida allá abajo era más fácil. Dentro de él no tenía que llevar la carga ni la responsabilidad del pensamiento.
Pero no más. Sabía que era una mentira, un gran engaño. Era la falacia que por años se ha vendido como forma de vida.
No importaba cuan abrumado se esté por las emociones, incapacitado para actuar. Ahora sabia que pensar era su axioma evolutivo, porque era un ser humano, un ser vivo que es había sobrevino por su mente racional. Después de dos millones de años de evolución, nadie se lo podía quitar.
Respiró hondo, sintiendo como el aire entraba a sus pulmones y lo llenaba de vida. Asi, preparado y nuevamente en acción, se alejó caminando en busca de su destino.


Yo soy la presencia permanente de tu pensamiento. Estoy en tu mente no porque me tengas, sino porque existo.
No podrás olvidarme jamás, porque soy tu ilusión, soy tu esperanza. Nunca te he defraudado, nunca lo haré.

Tributo a los hombres de la luz.1

The tragic joke of human history is that
on any of the altars men erected, it was
always man whom they immolated
and the animal whom they enshrined

AYN RAND
Atlas Shrugged


Él es el mal, el símbolo de la debilidad que late en el corazón de los hombres.
Arde sobre ellos, recordándoles sus miedos. Como los cuatro jinetes, es imparable. Trae peste para el hombre que se cree animal, que gusta de la corrupción y su hedor. Lleva guerra para aquellos que sólo quieren ver la muerte y vivir de ella. Regala hambre a los abandonados que se arrastran por las calles.
Finalmente, premia a todos con la muerte. Ninguno se escapa, ése es el destino común que comparten.
Así, los días pasan y el va de un lado a otro, sembrando la duda y el miedo.
Desde arriba, contempla un hombre de mente mediocre, que es incapaz de pensar porque le fastidia. Camina distraído por la ciudad, guiado por emociones en conflicto. Le es más fácil vivir sin saber. Solo desea que el día se acabe para llegar a casa y ver televisión.
Era otro mas entre todos. Como el, billones se movían buscando el camino más fácil, viviendo de instintos y caprichos, sobreviviendo sin querer llevar la responsabilidad del conocimiento.
Sin embargo, hay un enemigo que ronda consciente de lo que Él hace. También posee el corazón de los hombres, débil y corrompible, pero también posee su mente, su conciencia como ser pensante. Él aprendió a vivir con sus miedos, haciéndolos parte de su vida y no dejándose dominar por ellos. Sabe que siempre estarán ahí y que son una parte del todo que compone su esencia. Los respeta y los usa. No para sufrir, sino para sentir el mundo y disfrutarlo, viéndolo nacer y morir en el ciclo de las cosas. Es la alegría del movimiento perpetuo, la constante de la vida.
Es por eso que sabe que ganará, porque la vida como tal no es posible negarla. Algunos sucumben y deciden acabarla, pero él no. Por eso combate la mediocridad y el miedo. Su objetivo es forjar un mundo mejor haciendo realidad sus sueños.
Mira hacia arriba y ve la luna. Son pocos los que la ven. En el mundo del cemento y la televisión casi todos la ignoran. No importa, él sabe que, llegado el momento, todos la miraran absortos por su presencia y descubrirán no al ojo de fuego, sino la eternidad que pende sobre sus cabezas.

Dolor

No me preguntes nada
de mi lado malo
nunca quieras saberlo... lo pagarás caro.

HOMBRES G
Siempre Huele A Gasolina


Sentado en silencio en la tercera banca, Alexander miraba al frente con las manos cruzadas. Ningún ruido se escuchaba en iglesia. Todo estaba quieto, en paz, como debía ser.
Pensaba y trataba de reflexionar sobre la situación. Años enteros de experiencia en la calle le habían enseñado a esperar lo impredecible, pero nada ni nadie lo había preparado para lo que había visto y sentido.
Escuchó unos pasos, preludio de que alguien se acercaba. Casi por instinto acercó la mano a su arma, pero tras pensarlo, se relajó. El mal había desaparecido ya. Esa era, otra vez, la casa del Señor.
El sonido se hacía cada vez más fuerte hasta que escuchó que alguien abría y cerraba una puerta. Era una mujer vieja que traía un balde y una escoba. Con pasos cortos pero acelerados, se podía notar que estaba visiblemente consternada.
Alexander suspiró y miró a la cruz, esperando alguna respuesta, pero solo recibió la calma que le brindaba el rostro de Jesús cada vez que lo miraba.
Minutos después sintió que alguien venía desde atrás. Volteó y pudo ver a Codlin acercarse haciendo el menor ruido posible. Su caminar quería decir algo. Quería decir que le rendía respeto al edificio a pesar que era ateo.
Se sentó al lado de Alexander y en voz baja le empezó a hablar.
-Confirmado, el cuerpo es el de Odela Kling.
Alexander seguía mirando al frente. Asintió.
-Me lo imaginaba.
Tras decir eso ambos se quedaron callados por largo rato.
-Alexander, lo siento -dijo Codlin, apoyando la mano en el hombro del detective.
Alexander suspiró y volvió a asentir.
-Gracias, pero ya nada se puede hacer. Ese fue el destino que ella eligió, así debía ocurrir.
Codlin no esperaba esa respuesta. Esperaba que el hombre se quebrara y dejara salir el llanto, o al menos una lágrima o un sollozo. La respuesta de su superior era muy fría para su carácter.
Levantó la mano del hombro de Alexander y se quedó viendo a la mujer que limpiaba los restos de la imagen rota de San Pancracio.
Codlin se paró, más por alejarse del detective que por interés en la mujer.
Pero debía buscar alguna excusa para salir de esa incómoda situación.
Se acercó y se quedó mirando los restos, como quien reflexiona. La mujer levantó el rostro, se veía asustada. Lo miró un rato y se agachó de nuevo, levantando las piezas de una en una y metiéndolas en el balde. Cuando éste estuvo lleno, lo cargó y salió del altar.
Codlin seguía mirando los restos, pensando. Levantó la cabeza y se quedó viendo el altar. Por más que pensaba no era capaz de comprender del todo el misterio que rodeaba este caso. ¿Acaso había algo más que descubrir?
El único testigo de todo había sido Alexander. Es más, el cura lo había confesado todo pero su evidente estado de locura hacía que uno pudiese dudar de lo que decía.
A ese pobre infeliz le esperaba la condena a muerte, con suerte un hospital siquiátrico. Tras meditarlo, no sabía qué condena sería mejor para el culpable, si acabar con su existencia o prolongar su agonía.
Codlin recordó una frase que había leído en algún lado: "No existe peor dolor que el que se sufre de por vida".
Sintió un escalofrío, no quería tener una vida en la cual tuviese que cargar con ese tipo de remordimiento. Recogió un pedazo de piedra y se lo quedo viendo.
No fue sino hasta después que la mujer había regresado a seguir limpiando que se resignó y dejó la piedra dentro del balde.
"Acá no hay más que saber", pensó mientras se sacudía las manos.
Se volteó y caminó cabizbajo donde Alexander, pero esta vez no se sentó a su lado, se apoyó en las bancas y desde ahí le habló.
-El jefe esta de acuerdo con el Arzobispo en que la prensa no se entere lo que aquí ha pasado. Además, como la escena real del crimen no ha sido ésta, no hay necesidad de sellar el área o de buscar evidencia. Total, tenemos al culpable y al arma homicida.
Tras decir eso, pudo ver que Alexander sufrió una ligera sacudida
-¿Quieres que te lleve a tu casa?
-No gracias, yo puedo irme solo -tras decir eso volteó su rostro -Gracias de todas formas, eres un buen amigo -y regresó a mirar al frente.
Codlin se asustó.
El rostro que vio no era el de un ser humano, más parecía el de un ser extraño, algo que no pertenecía a este mundo. Por primera vez en su vida, sintió la necesidad de creer en un ser superior.
Volteó, miró al Jesús crucificado, se persignó, y dando largos pasos, se fue.
Alexander sabía que Codlin estaba asustado, lo vio en su rostro. En realidad, no importaba. Ni la sociedad, el mundo o la humanidad. Todo había perdido sentido para él porque había visto la verdadera naturaleza del hombre.
No sentía dolor ni pena, solo un abismo enorme que giraba a su alrededor. El mundo, concluyó, era un lugar horrible.
Levantó la cabeza y miró al techo de la bóveda.
Respiró. El aire era frió, con sabor a muerte. Ese ya no era un lugar santo, ya no podía serlo. Pero la gente quería que todo se olvidase, que nada recordaran.
Alexander no podía dejar que eso pasara. Él ya había dejado de ser un ser humano, ahora era nada, solo una presencia pesimista y molesta en el mundo, y eso tenía que acabar.
Tomó su cuchillo lo colocó dentro de su mano, y lo jaló cortándose.
Mientras apretaba el puño podía ver como la sangre caía gota por gota sobre el suelo de la iglesia.
Finalmente, murmuró el nombre de Odela y se echó a llorar.

El lenguaje divino

The only way to discover the limits of the possible
is to go beyond them into the impossible.

ARTHUR C. CLARKE
Technology and the Future


-¿Qué te parece aquí?
-Me parece bien
Sin más, ambos se sentaron.
Un mozo se acercó.
-Buenos días, ¿desean los señores la carta o quieren ya ordenar?
-Buenos días, no, nos trae un capuchino y un expreso por favor -contestó el hombre.
-A la orden -respondió el mozo y se fue.
-Bueno -le preguntó ella- ¿Algún avance?
Él la miró un rato. El pelo caía sobre su hombro mientras apoyaba la cabeza sobre una mano. Estaba cansada, quizá no había dormido bien.
-Sí. Y por lo visto, el café te va a caer muy bien.
-No -ella bostezó tapándose la boca con la otra mano- dormí muy bien.
Él movió la cabeza, contrariado.
-Me hubieses avisado.
Ella sonrió.
-No, quería que estuvieses lucido para hoy. Verás, siempre sé cuando has avanzado algo.
Él le tomó la mano libre.. Estuvieron un rato mirándose cuando llegó el mozo con los cafés.
Una vez servidos agitaron el líquido para disipar el calor. Ella dejó el suyo pero él seguía agitando su expreso.
-¿Recuerdas en que me había quedado el mes pasado?
-Si mal no recuerdo, ya habías desarrollado todo un principio matemático para el cálculo social.
-Así es. Y tú me dijiste que era demasiado complejo como para enfocarlo desde un punto matemático-estadístico.
-¿Y? -preguntó ella.
-Era demasiado complejo -le respondió él mientras acercaba la taza a su boca. Iba a beber pero se dio cuenta que aún estaba muy caliente.
Colocó de nuevo la tasa sobre el plato y agitó el café un poco más.
-Pero la idea tenía algo de buena -dijo él.
-¿En qué sentido?
-Era un comienzo. Me di cuenta que había que comenzar por algún lado, y no había mejor forma de hacerlo que por fórmulas simples que predijeran comportamientos simples.
-Bueno, ¿y cuáles son esas fórmulas?
Él le sonrió.
-No hay.
-¿Cómo? No entiendo. Dijiste que ya tenías un planteamiento.
-Sí, pero no servía.
-Sigo sin entender -le contestó ella.
Él tomó un sorbo de su expreso.
-Verás, hace como tres semanas me di cuenta que las fórmulas no funcionaban. El ser humano es muy complejo. Pero para llegar a niveles de complejidad tienes que partir de estructuras básicas. Me di cuenta que tenía que buscar los componentes elementales del comportamiento humano.
-Sigue.
-Y quien mejor que Freud. Su teoría del subconsciente explica mucho del comportamiento humano, pero de algún lado tiene que partir este subconsciente.
-Creo que estás dejando mucho el macro y dándole demasiada importancia al micro. -le interrumpió ella.- ¿Acaso no me explicaste eso del comportamiento individual de las moléculas en un gas?
-Sí, pero nosotros no somos moléculas. Además, el tema era muy interesante, quizá me podía ayudar en algo.
-Bueno, continúa.
-El caso es que buscando llegué a una idea muy interesante que ha planteado un neurofisiólogo estadounidense, un tal William Calvin. Basándose en Freud, James, Darwin y otros, plantea la existencia de un código cerebral, que es sobre el cual el ser humano se desenvuelve en su entorno y una serie más de conceptos.
-¿Entonces?
Él suspiró.
-Chomsky, en su teoría clásica sobre el lenguaje, dice, en palabras muy simples, que el lenguaje es una cuestión biológica y no cultural. Entonces me di cuenta que con más razón la teoría de Calvin podía ser cierta.
-No sé adonde quieres llegar.
-Es muy simple. Verás, según las ideas de estos tipos debe existir un lenguaje de programación básica para el ser humano. Si nos basamos en la inteligencia artificial, nosotros no somos más que máquinas muy complejas.
-Eso explica el libro de robots de Moravec. -le interrumpió ella
Él sonrió.
-El caso es que debe existir un lenguaje primario para que el ser humano “arranque”. La cultura y la vida en sociedad lo hacen más complejo, pero no lo crean. Es más, hasta cierto punto Asimov lo planteó en una de sus novelas de robots.
-El lenguaje de Dios –murmuró.
-Eee... sí, digamos que sí. Esa idea también se me pasó por la cabeza.
-¿En qué crees que programa Dios?
-Eso implica decir que Dios existe. -dijo él.
-Bueno, bueno, llámalo Dios, naturaleza o evolución, esas leyes básicas tienen que operar sobre patrones básicos, primordiales. Como dijiste, la única forma de construir algo complejo es sobre la base de cosas simples...
Callo. Él la dejó que pensara.
-Fractales -dijo ella, asintiendo
-Exacto. Ecuaciones matemáticas básicas que parten de una premisa simple y conforme se van mezclando crean sistemas más complejos -se quedó callado como preguntando si ella seguía interesada en el tema.
-Sigue.
-El caso es que las matemáticas son leyes básicas de funcionamiento del universo que no están atadas a ninguna simbología en especial. Sin embargo, una vez que le asignas símbolos a este lenguaje cósmico, si queremos llamarlo así, los demás símbolos se hacen evidentes de acuerdo a su necesidad.
-¿Entonces?
-Bueno, en definitiva, he encontrado la suma, la resta, la multiplicación y la división de la programación humana -contestó, como si dijera lo más natural del mundo.
Su esposa se quedó con la boca abierta. Tras tantos años ya había comenzado a pensar que todo el plan era una locura, una idea sin sentido; propia de jóvenes que quieren cambiar el mundo.
Pero él no, él siempre había seguido adelante.
-¿Me quieres decir que eres capaz de programar a un ser humano?
El hombre tomó de su taza mientras sonreía. La dejó nuevamente en su plato y miró hacia un lado.
-Es cuestión de perspectiva. Me he pasado casi toda la vida leyendo sobre psicología, sociología, antropología, inteligencia, complejas rutinas de programación, modelos matemáticos y de simulación demo-socio-politi-y-todo-el-resto-de-gráficas que aún no entiendo, y fue recién hace unos 20 días que me di cuenta del error en el que estaba.
-¿Porque?
-Simple, Newton no elaboró el cálculo así por así, tuvieron que pasar miles de años de desarrollo matemático y con aportes de grandes mentes, dicho sea de paso. Ellos empezaron por lo simple, lo básico, las leyes primarias de la composición de esto que llamamos realidad.
Tomó un poco más de su café.
-El caso es que me di cuenta que para desarrollar un concepto tan complejo y que abarque tanto, como es el cálculo social, tenía que buscar concepciones más simples, más vagas, más imaginación que conocimiento.
-Esa es una frase de Einstein.
-Y que razón que tenía.
-Lingua ex machina -murmuró ella, aún impresionada.
Su esposo asintió, orgulloso de que ella entendiera.
Ella se inclinó sobre la mesa.
-¿Lo has probado con alguien?
Él asintió.
-Varias veces. Es más, ya no tenemos que preocuparnos por el futuro, ni siquiera tenemos que trabajar por dinero.
-¿Es una broma?
-No ¿Cuándo te he bromeado con ese tipo de cosas? Mira.
Él sacó unos papeles de su bolsillo y se los enseño. Eran estados de cuenta.
-Pero ¿Cómo? ¿Es esto legal?
-Bueeeeno, todo es legal, de eso me asegure, pero no es ético. Para nada.
-Con estas cantidades la ética se puede ir ya sabes donde.
-Quien diría que fueras tan cara.
-Jo jo, que gracioso. -le contestó ella mientras pasaba de papel en papel, observando.
-Pero lo he compensado, hice varias acciones buenas. Digamos que quise revindicarme con mi conciencia. Así que programé a mi jefe para que me dé dos semanas libres, y me la pase por Lima haciéndola de bienhechor.
-Todo un superhéroe.
-Ajá. Siempre.
-¿Y?
-Bueno, he ayudado a tanta gente que ya ni los recuerdo.
-¿En serio? No te creo.
-Mujer de poca fe, es en serio. Es increíble lo que unas pocas palabras pueden hacer.
-A ver, hazlo con alguien.
-Incrédula.
-No es eso, solo quiero ver.
Él miró a su café.
-Todo. Absolutamente todo tiene arreglo.
Ella lo miró, desconcertada por el cambio en el tono de su voz.
-Ese niño pobre que limpia zapatos -apuntó con su dedo.- O ese tipo que limpia lunas en el semáforo. También el ambulante, ese señor que pasea, el guachimán, el policía, ese vendedor, el mozo que nos atiende, todos los mozos de la cuadra, pero que digo, del mundo -alzó sus manos y brazos hacia arriba, como quien quiere abarcar el planeta entero
Su esposa no sabía qué decir, lo miraba como alguien que ve a un posible desquiciado
Él entendió su mirada, la había visto antes, años atrás cuando le explicó lo que hacía. Como aquella vez, debía convencerla. Tomó de su taza, sonrió y se la quedó mirando.
-Incluso esa esquina sucia. -dijo señalando con el índice izquierdo- El eterno cielo gris de Lima y la cochinada del río Rímac. Todos ellos problemas relacionados a nosotros, seres humanos de carne y hueso.
Ella aún lo miraba, confundida.
-¿Quieres saber como es?
Ella asintió.
-Ok, pero no te lo puedo decir frente a todo el mundo, alguien puede escuchar, déjame decírtelo al oído.
Movió su silla hasta donde estaba ella y le dijo unas palabras al oído.
Cualesquiera que fuesen estas, el efecto era el de un escalofrió por la espalda.
El rostro desencajado y la mirada inerte y sin vida de lo que hasta hacía unos segundos era una mujer viva y alegre, hubiesen asustado hasta un forense.
Tras hablarle al oído él se quedo viéndola, un poco asustado por lo que había hecho. No era la primera vez que lo hacía, pero hacérselo a alguien que era todo para él lo llenaba de angustia.
La tomó de su mano como queriendo asegurarse de que seguía viva.
-Verás, no debo, no puedo, hacer uso de esto porque ahora que tengo el conocimiento sé que no soy el primero ni seré el último.
Él suspiró mientras los ojos de ella aún apuntaban a la nada.
-Si alguien hubiese hecho uso de él, el mundo no sería lo que es hoy, y yo no puedo cargar con la responsabilidad, durante el resto de mi vida, de que fui yo el que lo cambio, el hombre que lo transformó a su imagen. Yo solo quiero vivir una vida feliz, a tu lado.
Calló unos minutos y la tomó de la otra mano.
-Verás mi amor, yo no soy Dios.
Y tras decir esas palabras, el hombre poseedor del lenguaje de la creación, tomó un pequeño papel de su billetera y con mano temblorosa lo puso en la mano de su esposa.
Tras hacerlo sacó un encendedor, lo encendió y se quedo viendo la llama un rato.
Comprobado su funcionamiento, lo dejó sobre la mesa.
Le susurró unas palabras al oído, se apartó y bajo la mirada esperando.
Ella, con la mirada de muerta en vida, leyó el papel, se acercó a su oreja y le susurro con una voz fría y cadavérica.
Él se asustó, pero la emoción desapareció y nunca más se acordó de lo que había sentido.
Ella se apartó, tomó el encendedor y quemó el papel sobre el cenicero.
Bajó la cabeza y se quedó mirando al suelo.
No habían pasado dos minutos cuando él levantó el rostro y sus ojos vidriosos destellaban al viento.
Tras hacerlo se acercó a su esposa, diciéndole unas palabras al oído.
Ella volteó el rostro y se lo quedó mirando con ternura.
-¿Es en serio?
-¿Cuándo te he hecho una broma de ese tipo? -le contestó él.
Ella rió y lo abrazó.
-Vamos, vamos de una vez.

El fin de los tiempos

For the Angel of Death spread his wings on the blast,
And breathed in the face of the foe as he pass'd;
And the eyes of the sleepers wax'd deadly and chill,
And their hearts but once heaved,
and for ever grew still!

GEORGE GORDON BYRON
The Destruction of Sennacherib


I.
Un lugar y un recuerdo para aquellos días de destrucción y muerte. Por todos lados se veía gente arrastrándose, extendiendo su mano hacia el cielo pidiendo perdón.
Otros, con la espalda al sol, embrutecidos por el hambre, abrazaban la tierra con ojos desorbitados, esperando que les quiten la vida y acaben con su pesar.
Miles yacían muertos, sus cuerpos descomponiéndose a plena luz del día. Su sola forma y color bastaban para imaginarse el hedor en el ambiente; una pestilencia mortal que subía hasta las nubes y las ennegrecía.
La tierra se veía árida y el cielo de color gris. Ambos lucían muertos, reflejo de la miseria que se movía entre ellos.
Una vez fue así. Una vez fue el fin del mundo, pero ya no lo era. Todo eso había quedado en el pasado. Era una nueva era.
-¿Qué te parece?
Ella observaba, absorta, viendo cada detalle de los sufrientes.
-Esta bien pintado -titubeó, sin saber que decir.
Él también miraba la pintura, pero como su creador, fascinado por el detalle que él mismo había sido capaz de lograr.
-Claro que está bien pintado ¿Sabes cuantas horas, que digo horas, semanas me la he pasado pintando? Y tú me respondes “Ta bien pintado”. Vamos Nis ¡Dime qué sientes!
-Miedo -susurró ella, sin siquiera pensarlo.
Él sonrió.
-Si. Es la muerte en masa. En cada lugar y tramo de la pintura, en cada esquina, hay gente sufriendo, llorando ante su desgracia. Sienten que el cuerpo les quema, que la vida se les va de a pocos. Claman a sus dioses la injusticia de este... fin, este fin del todo. Pero los dioses sólo observan. Total, saben que no es su culpa. Así que cierran los ojos al mundo que muere y miran hacia otro lado. Llegado el momento, volvería a nacer.
Ella no respondió. Seguía pensando que el cuadro era horrible. La asustaba. ¿Cómo alguien podía imaginarse algo tan espantoso? ¿Acaso Hemel se había vuelto loco?
-¡Hemel! -exclamó una mujer.
La voz sacó a Nis de su trance. Volteó y saludó sin ganas. Solo era otra de las mal llamadas admiradoras de su amigo.
Los minutos pasaban y se hacían eternos. La conversación se iba haciendo cada vez mas aburrida. Quería irse pero no podía. Con los ojos, Hemel le había dado a entender que no lo dejara solo.
Resignada, Nis decidió que el cuadro ofrecía el menor de los males. Por lo menos era arte. Así, fingiendo un interés más grande que el que sentía, regresó su mirada a la obra de su amigo.
Con forzada curiosidad, y ayudada por el murmullo hipnótico de la galería, se fue sumergiendo en la pintura. No solo evocaba muerte y destrucción, sino también un poder como el que ningún ser debería volver a tener.
Los que lo hicieron no tenían el derecho. No era su función causar tal terror, eso era propio de seres superiores, no de seres terrenales.
Recordó que, cuando niña, contaban la leyenda de Erfides. Temeroso de que un día llegase su fin y su conciencia se convirtiera en un párrafo en los libros de historia, fue el primero en querer echar a los dioses del panteón y convertirse en el ser supremo del cosmos.
Haciendo uso de todo su dinero, construyó una torre de pelo mágico, cortado a más de mil vírgenes que se hallaban cautivas en su palacio de cristal.
Cuando la terminó, trepó por ella y se posó en el suelo de las noches, apagando cada una de las estrellas; cada una de las luces de las moradas de los antiguos dioses.
Pero no estaba solo en su ambición. Al igual que él, muchos otros deseaban lo mismo, por lo que lo siguieron hasta el cielo e intentaron arrebatarle su poder.
Fue ahí cuando se desencadenó la furia de los dioses, los nuevos y los viejos, y llevaron el fin del todo al mundo de los hombres.
“Así debió ser cuando ocurrió” –pensó Nis mientras miraba el cuadro. Todo un mundo puesto de cabeza, lleno de personas ignorantes de lo que pasaba.
¿Cuán exacta era esa historia? Después de tanto tiempo lo único que existía era una mezcla de mitos y cuentos, todo mezclado con el único hecho que se conocía: algo terrible había ocurrido mucho tiempo atrás.
Finalmente, ¿de quién era la culpa, de los dioses o de los hombres que se creyeron dioses?
Los ojos le pesaban a Nis. Quería irse a dormir. Había sido un día largo y estaba muy cansada.
Se sintió afortunada de saber que había una casa al cual regresar, no como aquellas personas que lo perdieron todo, incluso la esperanza de la vida. ¿Qué le queda al hombre cuando ve que solo es un objeto desechable para los seres que adora como superiores?
Si la leyenda tenía algo de verdad, entonces podía ocurrir de nuevo. ¿Cómo evitarlo? ¿Harían algo los dioses o esperarían hasta que el peligro tocase nuevamente a su puerta? ¿Y si no era verdad que los originales habían ganado, sino eran los nuevos los que quedaron? Quizá Erfides se hallaba sentado en su trono de oro, mirándolos a todos.
Nis sentía que la cabeza se le iba. Estaba agotada. Pero la conversación seguía y no tenía visos de acabar pronto.
Suspiró y cerró sus ojos. Lentamente, sintió como entraba en un delicioso estado de inconsciencia y se dejaba llevar por el reino de los sueños.
Su último pensamiento fue, que si ella tuviese el poder de hacerlo, le hubiese dado una lección a todos los dioses, los viejos y los nuevos. Una tunda de la cual nunca se olvidarían.


II.
No sabía si abrió los ojos o ya los tenía abiertos, pero estaba ahí, parada en el medio del Apocalipsis que hasta hacía unos minutos miraba desde afuera.
Sintió como un golpe el hedor de la miseria, el olor propio de la muerte.
Asqueada, se arrodilló a vomitar, dando arcadas sobre el barro negro. Cuando terminó, se sintió enferma y perdida.
Desesperada, gritó con todas sus fuerzas. No sabía que más hacer. Pero nadie le respondió, todo estaba muerto, hasta el mismo aire. Ni siquiera había sol, solo un manto gris de nubes.
¿Cómo llegó allí? ¿Era culpa de Hemel?
Gritó con más fuerza, pero nada. Desconsolada, fue a una piedra cercana y se sentó.
Mientras lloraba, escuchó una voz que le hablaba.
-Hemel no es el causante de todo esto, has sido tú ¿Por qué te avergüenzas?
Sorprendida, volteó para encontrarse con un ser horrendo, deforme y putrefacto. Jamás había visto algo tan monstruoso.
Asustada, intentó alejarse, pero tropezó con un torso y cayó en un charco de sangre.
Con la voz temblorosa, le preguntó al ser que la miraba.
-¿Dónde estoy? ¿Quién eres tú?
El ser se rió.
-¿Dónde estas? Estas en tu reino ¿Quién soy yo? Soy tu esclavo Reina mía, solo que hace mucho elegiste olvidar quién eras y de donde venías.
-No entiendo lo que dices –tartamudeó Nis.
-¡Oh! Pero sí me entiendes, mi Señora, otra cosa es que te hayas olvidado. Estas acá porque te atreviste a preguntar lo que pensaste que nunca harías. Te preguntaste dónde estarían los que debían brindar balance entre el bien y el mal, quién o quiénes serían los encargados de realizar el trabajo en cualquiera de esos extremos. Y por eso te respondo, tú eres la encargada. Tú eres la Reina del Mal.
Nis lo miraba espantada.
-¡Devuélveme a mi mundo! –gritó, desesperada.
-¿Yo? Pero si no soy capaz de siquiera el más patético de tus poderes. Sólo estoy acá como un servidor de tus deseos. Tú elegiste venir acá, no yo.
-Maldito desgraciado, me quieres volver loca, ¡devuélveme a mi mundo! –volvió a gritar Nis.
El ser la miró con rostro burlón.
-Usted, Reina mía, ya está loca.
Incapaz de seguir soportándolo, y dejando atrás sus temores, Nis se levantó y con todas sus fuerzas empujó al ser, pero fue incapaz de mover. Seguía parado, riéndose.
-¿A qué se ha reducido la Reina del Mal, la Dama del Dolor, la Mujer de la Perdición, el Angel de la Muerte, el Demonio del Odio? ¿Por qué Reina mía? ¿Por qué elegiste este destino? ¿Acaso no te da pena en lo que te has convertido? ¿Es esto lo que elegiste? Se me hace imposible que lo hayas concebido siquiera, es para no creerlo.
El ser se dio vuelta y se fue caminando.
Nis no sabía que hacer, estaba asustada y al parecer el ser no quería hacerle daño. No entendía nada de lo que hablaba pero quizá era su única salida de la condena a donde había ido a parar.
Estaba a punto de decir que volviera cuando el ser desplegó alas y levantó vuelo.
Nis desesperó y comenzó a gritarle pidiendo que volviera.
El horrendo siguió volando y de repente se detuvo en el aire, dándole la espalda. Giró lentamente y una sonrisa se dibujó en su rostro.
Sin previo aviso, tomó gran velocidad y se abalanzó sobre Nis. Ella, que no esperaba que la atacara, se quedó paralizada, esperando la terrible embestida que acabaría con su vida.
Por un momento sintió alivio de que la pesadilla terminara.
Pero el ser no la atacó. La cogió de la cintura y salió disparado hacia las alturas, abrazándola, haciéndola sentir el latir de su cuerpo descompuesto.
Mientras surcaban los cielos le susurraba al oído.
-Tú eres la Reina del Mal, la responsable del odio y la muerte entre los hombres, has abandonado tu tarea por algún motivo y elegiste una vida vacía y mortal. ¡Horror! Te has convertido en una mujer patética y débil. Ni siquiera eres la sombra de lo que eras. Mira tu obra. Admira el sufrimiento que eres capaz de hacer. Es más mira a estos infelices temblar ante tu presencia.
El alado se acercó a un pequeño grupo de personas. Nis estaba sorprendida, no podía creer que alguien pudiese vivir entre tal inmundicia. Pero si de lejos se alegró, de cerca el cuadro le asqueó.
Arqueados sobre sus cuerpos, los infelices, deformes y desnudos, más animales que hombres, se alimentaban de los restos de los muertos, emitiendo ruidos guturales y peleándose por el pedazo más grande.
Cuando vieron quienes se acercaban, el pánico hizo presa de ellos. Unos corrieron despavoridos, otros cayeron sobre sus rodillas. Un par se comenzó a golpear la cabeza contra las rocas y otros se quedaron paralizados de miedo.
El ser volaba en círculos sobre ellos, riéndose. Se lanzó en picada y cogió a uno de los infelices con las garras de los pies y partió hacia las alturas.
Nis observaba al hombre-bestia. Temblaba de terror y botaba espuma por la boca. Sin previo aviso, el volador lo soltó y entre gritos de pánico, el desdichado cayó desde el cielo para apagar su grito con el suelo.
-¡Desgraciado! ¡Lo has matado!
-Jajaja ¿Qué es uno entre los billones que tú has desecho a fuerza de tus caprichos? Vamos mi Señora, que te enseñaré quiénes son estos seres en verdad.
El ser descendió en picada hasta tocar tierra y le mostró un espectáculo grotesco. Los hombres-bestia estaban devorando el cadáver de su compañero.
Nis comenzó a sollozar.
-Por favor sácame de aquí.
Él la miró y le dijo
-Solo tu odio te sacará de este lugar –y tras decir eso levantó vuelo y se fue.
-¡Desgraciado hijo de perra! ¡No me dejes! ¡NO ME DEJES!
Pero el ser había desaparecido entre las nubes.
Al principio no la habían notado por el festín que tenían entre sus manos, pero al ver la nueva presa, los seres comenzaron a saltar presas de alegría vil.
Antes que pudiese huir, ya se encontraban sobre ella. Empujada sobre un charco, los seres pasaban sus manos sucias y sangrientas por el cuerpo de Nis, especialmente las piernas. Al mismo tiempo, sentía como algunas bocas la mordían y le succionaban la sangre.
No solo la estaban violando, se la estaban comiendo viva.
Nis gritó y gritó sin lograr nada. Parecía que su miedo los exaltaba más. De pronto, uno se hallaba encima de ella, presto a copular.
Cerró los ojos. Jamás había sentido tal miedo, tal horror. A punto de ser violada y servir de comida para seres peores que animales era algo que nunca se había imaginado ni en la peor de sus pesadillas. Quería que todo acabara, que esos desgraciados se fueran y la dejaran sola.
Quería matarlos a todos, tomarlos del cuello y sentir como los huesos de la columna se rompían bajo sus dedos.
Le daban asco. Eran seres rastreros, una deformidad de la naturaleza y como tal no tenían derecho a nada. Quería enseñarles quién mandaba.
Destruirlos, pulverizarlos, reducirlos a ceniza y que no quede nada; disfrutar viéndoles sufrir el peor de los dolores.
¡El más terrible de los tormentos!
Sin darles tiempo a que la violaran, Nis abrió los ojos inyectados de furia y sangre. Miró al ser que se hallaba sobre ella y de un golpe le atravesó el cuerpo. Lo tomó de la columna y lo lanzó a varios metros de distancia.
Entretanto, los infelices que le chupaban la sangre estallaban como granadas de carne. Los pocos que habían estado cerca se alejaron, asustados.
Bañada en sangre, Nis se levantó, tambaleando. No sabía que había pasado, como lo había hecho o porqué, pero sintió el estómago pesado, mas pesado de lo que nunca había sentido antes. La cabeza comenzó a darle vueltas.
Súbitamente sintió que se elevaba por el aire.
Era el ser alado que con una alegría única le gritaba al oído.
-Tú eres la Reina del Mal y has demostrado de lo que eres capaz. Cumple con tu destino y abraza tu verdadero ser.
-¡Jamás! –gritó Nis, temblando mientras lloraba.
-Entonces mira los ojos de la muerte y veras el reflejo de tu rostro.
Y sin más, la soltó.
Cayó gritando, agitando los brazos. Con un ruido seco y terrible cayó sobre una formación de piedras. La sangre le salió a borbotones de la boca y un intenso dolor recorrió su cuerpo, pero estaba viva.
Se paró tambaleando. Era mucho para ella, no entendía lo que pasaba.
El ser aterrizó a su lado.
-Huele el pérfido olor de la muerte. Camina sobre ellos y siente cómo tus pies se hunden en sus entrañas. Ellos están aquí no porque lo eligieron, sino porque tú lo quisiste.
-¡No! ¡Cállate! ¡Cállate!
El horrendo sonrió.
-Ellos están aquí por tu capricho.
En un arranque de ira ella lo empujó con todas sus fuerzas pero el ser apenas retrocedió.
Visiblemente emocionado, extendió sus alas y levantó sus brazos al cielo mientras exclamaba.
-Tú eres aquella que gobierna en la pesadilla y el miedo, el terror que yace en el corazón de los hombres. Tú eres la que hace que tiemblen y teman a los desconocido, aquello que no entienden. Solo tú los gobiernas a todos y los has hecho tuyos –bajó los brazos y con el dedo la apuntó como acusándola- Tú eres la Reina del Mal, y nosotros somos tus vasallos.
Nis cayó de rodillas. No entendía, quería irse. Salir de esa pesadilla que la agobiaba, la ahogaba.
Nuevamente sintió ganas de vomitar.
-Recuerda, oye las voces del pasado, el sufrimiento de tu presencia, la angustia de tus súbditos. Todos ellos, desde el más triste hasta el más feliz, tienen que adorarte, respetarte por siempre porque solo tú posees el control absoluto de sus vidas, eres aquello que temen, la cúspide de sus demonios. Tú eres la Reina del Mal.
Nis levantó el rostro con los brazos cruzados sobre el pecho; un recuerdo emergió desde el fondo de su mente.
-Yo soy la Reina del Mal –murmuró.
-Así es Mi Reina. Y tus deseos son órdenes.
-¡YO SOY LA REINA DEL MAL! –gritó. Y con los brazos extendidos al cielo, hizo que el sol se apagara, inundando todo en un manto de tinieblas. Luego los extendió a los lados y giró el rostro, haciendo que la tierra se sacudiera con violencia. Arriba, las nubes saltaban de un lado a otro y los mares hervían producto de su furia.
Vientos huracanados, terribles e imparables recorrían océanos y continentes, arrastrándolo todo.
Rayos y relámpagos recorrían el mundo, aterrorizando y fulminando a todo ser vivo.
La demencia se reflejaba en su rostro, el odio y el terror dibujados en cada línea de su piel.
Minutos, eones de juego maligno, de destrucción. Su pobre sirviente agachado, visiblemente sumiso ante el regreso de su Ama, se hallaba escondido, temeroso del Apocalipsis que se desarrollaba.
Se sentía todopoderosa. Todos le temían, se asustaban de solo mencionar su nombre, se desmayaban ante su presencia.
Ella era la Reina del Mal y no había quien se le opusiera.
Nadie.
Era ella sola contra todos y a todos los gobernaba.
Ella sola y nadie más.
Sola.
Estaba sola. Y de la misma manera que había recordado quien era, recordó porque había elegido olvidar su pasado.
La soledad.
-Sal –gritó.- ¡Vete de aquí! No tienes nada que hacer conmigo, fuera de mis dominios, de mi reino. No te quiero ver, ni siquiera quiero pensar en tu nombre. Yo acá gobierno, soy todopoderosa, no lo ves ¿No lo ves?
Pero sentía como poco a poco la soledad la agobiaba. Invadía su mente, su razón.
Una fuerte emoción le recorrió el cuerpo, sacudiéndola con fuerza. La destrucción se detuvo, todo se mantuvo en suspenso.
Un mundo miraba a su Reina en espera de lo que hiciera.
Se sintió débil, cansada. No podía pensar, solo sentía esa horrible desesperación que se hacía cada vez más grande, invencible.
Cayó sobre sus manos, jadeando. Apenas si podía respirar. El recuerdo de la soledad crecía más rápido que su odio y su sed de venganza.
Luchó pero no pudo, era más fuerte, más grande que ella. Ella, la Reina del Mal, derrotada por la soledad.
Lloró sobre la tierra seca y muerta.
Estaba cansada, quería acabar con todo, quería despertar y dejar todo eso de lado. No tenía sentido. Quería irse, regresar a la vida que escogió, una vida de paz, simple y tranquila, donde el odio y la maldad no tuvieran sentido, fuesen ilógicos. Un lugar donde pudiese ser feliz.
Resuelta, cayó inconsciente sobre la tierra.



III.
-¡NIS!
Ella se sacudió. No sabía lo que pasaba, seguía parada, viendo al cuadro.
-Dios mío, que cuadro más espantoso. –dijo Nis.
-Pensé que te gustaba. –respondió Hemel.
-Sí, pero igual es espantoso, me da escalofríos.
-Se nota que te ha asustado ¡Si estás sudando!
Nis cerró los ojos y sintió un leve mareo.
-Estoy cansada Hemel, mejor me voy a casa.
Se despidió de todos y salió. Afuera, sintió la noche y el frió, pero por alguna razón, no le importó. Se sentía alegre, feliz.
Después de reír un rato, se fue caminando, silbando, a su casa, a su hogar.
Su familia la estaba esperando.

Acecho

Lo que sale del cementerio intimida y
desconcierta a lo que sale del antro;
lo feroz tiene miedo de lo siniestro;
los lobos retroceden ante un vampiro.

VICTOR HUGO
Los Miserables


La muerte era el peor de sus miedos. Pero también el alimento que lo mantenía con vida.
El anciano intentó respirar con fuerza pero la angustia le aplastaba los pulmones y hacia que su corazón latiera con más fuerza. Resignado, desistió de seguir haciéndolo.
Era un día gris, como cualquier otro en la pobre ciudad. Antes una urbe pujante y orgullosa de su comercio y modernidad, ahora solo era el recuerdo de una gloria ya pasada al lado de un rió negro y sucio.
Sus habitantes, seres de caminar jorobado y de mirada triste, manifestaban la falta de ilusión y el mundo de depresión en el que vivían.
En este lugar de desesperanza se hallaba el hombre en cuestión, escondido entre una pared y su sombra.
Imposible de distinguir por su ropa oscura, solo el débil brillo de sus lentes lo delataban.
Seguro de su escondite, el hombre miraba con cuidado cada uno de los detalles que se desenvolvían a su alrededor.
Finalmente, tras horas de espera, su esfuerzo se vio recompensado.
Era un carruaje de madera que avanzaba sin apuro entre el agua y el barro. Se detuvo frente a una tienda que decía estar cerrada y bajaron una mujer y un niño. Después de que ambos entraron, el carruaje siguió su camino.
El anciano esperó unos minutos y, asegurándose que nadie lo veía, cruzó la calle y llegó a la entrada de la tienda. Sigilosamente, miró por la ventana.
No se veía a nadie adentro, solo las cosas que supuestamente vendían pero que nadie compraba porque nunca abrían.
Armándose de valor, el hombre entró sin hacer ruido, cerrando la puerta tras de sí.
Estaba nervioso, meses de preparación, décadas de espera, el momento de la verdad estaba solo a unos metros de distancia.
Con la mano temblorosa sacó un pequeño frasco de su saco y lo apretó con delicadeza. Debía tener cuidado o todo sería por gusto.
Caminó lentamente tratando de escuchar algo pero nada, solo su corazón.
Debían estar en otra habitación.
Llegó al otro lado del cuarto y estaba a punto de abrir la puerta cuando pensó un poco mejor las cosas.
El frasco no era arma suficiente. Necesitaba algo con lo cual se pudiera defender.
Lo guardó y miró alrededor en búsqueda de algo que le sirviera. No pasó mucho tiempo para que sus ojos se posaran en una vieja espada corta.
La tomó de su estante y con seguridad, abrió la puerta, pero solo encontró una escalera que bajaba a la oscuridad.
Cauto, bajó escalón por escalón, sudando. El aire tenía un olor a humedad muy fuerte, casi cavernoso.
-Demoníaco –murmuró para sí mismo.
Dejando que sus ojos se adaptaran a la falta de luz, descendió luego de diez minutos de paciente andar.
Una vez ahí se encontró con otra puerta y voces tras de ella.
Tomó aire y con una patada, abrió la puerta con fuerza. Entró y desenfundó la espada, gritando.
-¡Atrás miserables! ¡Malditos hijos de perra, pagarán lo que me han hecho!
Todos lo miraron con extrañeza. Era un grupo chico. La mujer y el niño que antes entraron, otro hombre más de aspecto callado y un hombre alto, vestido de negro y con el rostro cuadrado, casi inhumano.
Todos ellos tenían la piel muy blanca, como si no pasaran mucho tiempo bajo el sol.
El hombre alto dio un paso al frente. Era el líder.
-Si lo que quiere usted es dinero, lo sentimos pero somos una familia pobre y sin recursos. Si lo desea, puede llevarse lo que quiera de allá arriba, pero como habrá visto ya –y se quedó viendo la vieja espada- no hay objetos de valor que le puedan interesar, o servir.
-¡Ah! ¡El jefe! ¿Por quién me tomas? ¿Por un imbécil? Calla y haz lo que tengas que hacer pero hazlo rápido.
-Lo siento pero no lo entiendo.
-¡Claro que me entiendes, vampiro! Quítame esta maldición de encima antes que sea tarde. No deseo el regalo de la vida eterna, quiero morir como cualquier hombre y no ser un Nosferatu como ustedes cuando muera.
Un poco de espuma salía de la boca del viejo.
-Lo sentimos anciano, pero nada podemos hacer. Ahora vete y afronta tu destino, sea cual fuera. Nada más tenemos que hablar.
El viejo entró en desesperación.
-¿Sabes lo que tengo acá, infeliz? Un explosivo, un explosivo tan fuerte que de tirarlo contra los barriles que tienes tras de ti toda la casa volaría en pedazos.
-¿Nitroglicerina? ¡Vaya! ¿Cómo se la robaste al pobre Hedvig?
El viejo puso cara de consternado. ¿Cómo sabían de su crimen?
-Desgraciado, ahora lees mi mente ¡Morirás como un perro!
-Mira, si tu historia es cierta y realmente te pasará aquello que crees que pasará ¿No has pensado que destruyendo por completo tu cuerpo acabará tu maldición? ¿Por qué no mejor hacerlo solo y no involucrar a gente inocente, como nosotros?
-¡No cometeré suicidio! No quiero cambiar un infierno de vida por una muerte en el infierno.
-Viejo, te estás contradiciendo. No quieres suicidarte pero sabes que morirías junto con nosotros si arrojas ese frasco.
-Es diferente. Mi alma sufriría eternamente pero sabiendo que no me fui solo, que me lleve conmigo a varios de ustedes. Además, Dios en su eterna benevolencia, me podría absolver de tal pecado.
-Ese es un pensamiento muy egoísta –dijo la mujer.
-Llámalo como quieras, sigue siendo un pecado pues estarías asesinando inocentes –dijo el otro hombre.
-¡Basta! Me están tratando de confundir, y no lo permitiré.
Con los ojos desorbitados hizo el gesto estar dispuesto a arrojar el frasco.
-Atrás viejo, que no sabes lo que haces –vociferó el líder, con una voz que paralizó al anciano.
-O a lo que te enfrentas –murmuró la mujer, esbozando una leve sonrisa.
El anciano retrocedió.
-Mienten, todos ustedes mienten. Sé lo que son y lo que hacen, porqué están aquí y cuanto tiempo piensan quedarse. Los vengo observando durante semanas, he escuchado todo ¡Así que no lo nieguen!
El líder se mostró preocupado.
-¡Ah! ¡Me temen! –exclamó victorioso el viejo, avanzando dos pasos nuevamente.
El hombre de negro suspiró.
-En realidad, no. Nada en esta tierra me podría causar el miedo como tú lo piensas. Lo que me preocupa es tu vida. Pensaba dejarte ir pero tras confesarme lo que me has dicho no tengo otra opción que...
-¡Jamás! –interrumpió el anciano. Levantó el brazo para arrojar el frasco, pero antes de poder hacerlo, cayó al suelo fulminado como por un rayo.
Todo se quedó en silencio.
-Pobre infeliz –exclamó la mujer mientras miraba el cuerpo.
No quedaba rastro ni del brazo ni del frasco, solo el cadáver mutilado.
-¿Creen que su historia haya sido cierta? –preguntó el niño.
-Improbable ¿Cuándo se ha escuchado que los vampiros existan? Seguro el idiota sufría algún tipo de alucinación o algo como consecuencia de alguna adicción –le contestó el hombre que sólo había hablado una vez.
-Bueno. Nada más hay que hacer acá. Vamos. El cuerpo se quedará ahí. Ya suficientes problemas tenemos como para llevarlo a otro lugar. Total, nadie entrará por varios años.
Así, cada uno tomo una caja y salió. Treparon a su carroza y se marcharon, dando tumbos sobre la calle empedrada.

Con los ojos sangrientos y la noche envuelta, su cuerpo mutilado tambalea por las calles oscuras, sediento.
No sabe quién es, no sabe de donde viene. Sólo tiene el ligero recuerdo de una vida desgraciada, de tormento. Pero ya no importa, porque sabe, siente en su pecho, aquello que apaciguara su hambre.
Arrastrándose, sale en búsqueda de su presa.

La muerte espera

I am become Death, the destroyer of worlds.

J. ROBERT OPPENHEIMER


I.
¿Quién dice que hay que temerle a la oscuridad? Ella es parte de nosotros. Así como la luz refleja nuestro exterior, la oscuridad muestra lo que se oculta en nuestras almas, ese terreno desconocido tanto para nosotros como para los que nos rodean.
Determinados bajo los ciclos del día y la noche, nos hemos vuelto dos tercios luz, un tercio negrura. Una negrura que no comprendemos del todo porque no vivimos lo suficiente con ella. Dormimos cuando nos rodea.
¿Has estado despierto cuando no ves nada a tu alrededor? ¿Te has dado cuenta que lo que piensas rodeado de luz, ya sea natural o artificial, es diferente a cuando te hallas en un cuarto oscuro, sentado y mirando al frente? ¿Has visto alguna vez el rostro del verdadero miedo emerger de tus sueños e invadirte en la no luz?




II.
Dos. Ahora eran dos.
¿En que momento entró? No podía recordarlo. Solo sintió que alguien más estaba ahí, tan diferente a él que el miedo, una emoción casi olvidada, retornó con renovada fuerza.
No se atrevía a hablar, quizá ya ni podía. Hacía mucho que no tomaba agua. Además, de solo pensar en el esfuerzo de hablar hacia que le ardiera la garganta, como si intentase manifestar su existencia.
Mejor no hacerlo. Había aprendido a no quejarse, solo a respirar.
El extraño se movió. Quizá había extendido su pierna, pero luego de pensarlo se dio cuenta que era imposible, no había suficiente espacio.
De por sí él se encontraba arrinconado a un lado, con las rodillas dobladas hacia su mentón y con los brazos caídos.
¿Estaría ahí por lo mismo? Quizá era un desertor, o peor aun, un espía. Eso era lo más probable.
Al no poder sacarle la información que necesitaban, que mejor forma de hacerlo que con un supuesto amigo. Pero él sabía que los amigos no existían. Él estaba ahí porque alguien le dijo que lo era.
Sonrió para sí mismo. Aquellos recuerdos de un pasado que ya parecía tan lejano, tan distinto al submundo en el que ahora se encontraba. Un reflejo del purgatorio por el que los condenados pasaban antes de ser bienvenidos por el maligno.
Ya no le causaban pena sino gracia.
Gracia porque la peste y la inmundicia que lo rodeaba le hacia ver lo peor del ser humano, su lado oculto. Ese en el cual uno no es del todo testigo porque no esta consciente, solo dormido.
¿Seguiría la guerra? Quizá ya no. Según recordaba las cosas no estaban bien allá afuera. Para nadie.
La comida y las municiones escaseaban mientras que la atención médica era nula, no por falta de médicos, sino por falta de remedios.
El fanatismo religioso, el nacionalismo y la xenofobia eran una constante en la historia del hombre donde, no importase en las condiciones en las que se peleara, había que hacerlo hasta el fin.
Y si aún seguía ¿Quién estaba ganando? ¿Su facción, algún aliado o algún enemigo? Pero el recuerdo de la traición reflotó del subconsciente, olvidando, temporalmente, los eventos del exterior.
¿Qué importancia podía tener para él lo que afuera pasaba? Ya se había hecho la idea de que estaba muerto, incluso afuera lo debían estar considerando como una baja en combate.
Ahora solo le quedaba esperar la muerte con su túnica negra y mano extendida tocándole la frente, como si le otorgara una gracia, y quizás así sería.
Ya no quería salir. Su inmovilidad lo había vuelto insensible. Por otro lado ya estaba cansado de pensar, la prisión era ahora su cuerpo y no la celda de hierro que lo rodeaba.
Suspiró mientras abría y cerraba los ojos. Esa era la única forma de saber si estaba vivo. Había llegado a la conclusión que el sentir el movimiento de sus partes era signo que su vida terrenal no había acabado, que llegado el momento otras serían las sensaciones.
Claro, siempre quedaba la duda de si existía vida después de la muerte. Si era así ya nada podía hacer, solo lo sabría una vez muerto.
Los días de encierro lo habían obligado a dejar aflorar su verdadero yo, el que se hallaba oculto tras el antifaz de la conciencia.
Ahora él era su subconsciente y no el resultado de sus temores. Por primera vez en su vida sentía el control que siempre quiso tener sobre sí, pero eso no le quitaba el miedo.
Quizá había un nivel de autoconocimiento más profundo, uno al que nadie podía llegar por más que...
Alguien caminaba afuera.
Podía sentir los pasos, es más, sabia que era el mismo guardia. Siempre hacia lo mismo. Gritaba unas palabras en una lengua que él ya no entendía pero que una vez habló.
¿Qué decía?
Lo más probable era que fuesen amenazas de muerte si no confesaba, pero eso era algo que ya no le interesaba.
Si había guerra, hambre o plaga, todos eran desastres indiferentes para él. Le daban risa porque sabía cual era la fuente de todo ello: el miedo en el alma de los hombres.
Y aunque el hombre lo aducía a causas supuestamente lógicas, apoyadas en eventos, circunstancias o derechos, no había que pensar mucho para saber que en realidad, era el miedo.
Era una verdad evidente pero no lo supo hasta que lo metieron a la celda.
Esa era la verdad de la existencia, el axioma de la razón humana y la fuente de sus hazañas.
Porque la verdad final era única. Era la que unificaba a todas las demás en una sola. Tan compleja y ajena a la humanidad que esta era incapaz de entenderla.
Corren para encontrarla, corren sin detenerse, mirando siempre hacia delante, buscándola.
¿Y si llegan al límite? ¿Qué hacen cuando no hay más camino que seguir? ¿Que pasa cuando no hay caminos alternos, cuando toda la verdad que son capaces de alcanzar se acaba y llegan a un abismo oscuro y sin fin?
¿Saltar al vacío, quedarse parados, retroceder, construir un puente?
Todas preguntas sin respuesta, excepto para ellos. Ellos ya estaban ahí y saben la verdad sobre la verdad; que ahí, todo acaba.
Acaba con el abismo al frente sin más que buscar. Sólo frustración y dejar que el miedo los consuma.
¿Para qué buscar tanto? Algunos no se rinden, ven al abismo como un reto. Siguen corriendo y saltan para caer en el vacío, gritando.
Otros se dan cuenta demasiado tarde, sólo para aferrarse al borde y terminar cayendo sin remedio alguno.
Pero ni los unos ni los otros serán los últimos, vendrán mas y creerán haber sido los primeros.
No se encuentran en extremos opuestos. Para los humanos solo hay un lado. Pero se hallan lejos. Como el abismo, el borde es infinito.
Cada uno llega por su propio camino, tan diferentes el uno del otro, que pareciera increíble que hayan concluido lo mismo y se hayan dejado sucumbir.
Solo quedaba rendirse ¿Para qué más?
Si seguir adelante no era una opción y retroceder era imposible ¿Por qué no mejor sentarse al borde y mirar como caen?
Mirar al frente, a la oscuridad, la misma que ahora lo rodea.
¿Cuanto tiempo había pasado? ¿Estaba dormido o despierto?
No lo sabía. El tiempo perdía sentido conforme pasaban los días.
¿Seguía el intruso a su costado? Si. Aunque la oscuridad no lo dejaba ver, sentía su mirada.
Finalmente, no hay nada, solo la paz y la esperada gracia.


III.
Rápida y fugaz, la muerte quitó la poca vida que había y salió no sin antes mirar atrás al cuerpo de carne y sangre.
No le hizo sufrir, hasta le dio pena y lo acompañó en sus últimos momentos, escuchando lo que pensaba y sintiendo sus emociones.
Pero no había tiempo, nunca lo hubo y tenía más trabajo que hacer.
La brisa y el calor llegaron, arrasando con todo. La muerte, feliz, bailaba alrededor, alimentándose de los vivos.
No quedo nada. Sólo un gran desierto y una pequeña celda de concreto, donde la sombra de un cuerpo se extendía desde la pared hasta el suelo.

El pilar del templo

If the radiance of a thousand suns
Were to burst at once into the sky
That would be like the splendor of the Mighty one

BHAGAVAD GITA


I.
Era un nuevo día para el templo. La estrella, una gigante roja, se elevaba en el horizonte, iluminando de a pocos su arquitectura.
A diferencia del resto del planeta, el edificio se mantenía igual. Era el único vestigio de una civilización ya desaparecida.
Dentro, se escuchaban los pasos de un ser inteligente. Caminaba lento, murmurando, mirando al piso y con los brazos cruzados en la espalda.
Se detuvo a diez metros del pilar central y levantó el rostro, diciendo.
-Dioses de la luz eterna, escuchen mi rezo.
Dicho eso, se acercó al pilar, arrodillándose. Posó sus manos en el suelo y comenzó a orar.



II.
Desde afuera, se veía como un grano de arena. Pero estaba seguro que era el mundo original de sus creadores.
Estaba ansioso. La expectativa de lo que podía encontrar era la que lo había mantenido con vida por tanto tiempo.
Si no hallaba nada, acabaría con su vida y el tormento de una existencia sin sentido.
Los sensores le indicaban que se trataba de un planeta casi muerto, con una delgada atmósfera y sin signos de vida. Sin embargo, los Inmortales nunca habían dejado de impresionarlo. Quizá se trataba de una señal falsa para evitar que sus enemigos se acercaran.
Cuando se encontró en la orbita del planeta, hizo uso de arreglos distribuidos a lo largo de la envejecida nave. Ellos le ayudarían a encontrar alguna pista sobre donde comenzar su búsqueda.
Jamás supo lo que había detectado, porque una fuerte sacudida estremeció la nave, todo se volvió oscuro y perdió el conocimiento.


III.
El desierto era uno solo con el planeta, estrechándose en el horizonte como un mar sin fin, marrón y sin vida.
Pero un mar con corrientes, olas y mareas. Fuertes y huracanados vientos movían enormes masas de arena, arrasando todo a su paso.
Sin embargo, al no haber que arrasar más que arena, su aparente ira no se llegaba a descargar.
Tras cientos de años de fuertes cambios, el clima del planeta se fue volviendo más hostil, con vientos cada vez más fuertes y temperaturas más extremas. Si algún edificio sobrevivió al desastre inicial, el clima se había encargado de él hacía mucho tiempo. Ahora solo quedaba la arena y el templo.
Desafiante ante los caprichos de la naturaleza muerta que lo rodeaba, el templo se levantaba majestuoso en el medio de la nada, siempre resistiendo los embates del viento y la arena.
Empero, el viento y la arena parecían estar decididos a vengarse, como si pensaran que el templo era el culpable de lo ocurrido con su hogar.
Llenos de un odio natural, los últimos elementos restantes, aire y tierra, salieron en busca de su victima.
Nada los paraba. La roca misma del desierto daba paso o se unía ante tal demostración de fuerza, deseosa de participar.
Pero lo que la naturaleza hace bien, sus creaciones mas inteligentes lo pueden hacer mejor.
El sistema de seguridad del Templo activó un campo de contención ideado para ese tipo de eventos, en los cuales la naturaleza decidiera que era ya hora de retomar el reino que alguna vez fue de ella.
Así, la tecnología de sus hijos le ganó a su furia. No interesaba. En el esquema cósmico solo se trataba de tiempo. Tarde o temprano, caería.
Todo el espectáculo no había pasado desapercibido. El sacerdote del templo observó todo con acostumbrada frialdad.
“Sí, esta vez ganamos, pero la próxima perderemos. Es el orden de las cosas”. Tras ese pensamiento, se dirigió al lugar del siniestro.
No había mucho que ver. Las defensas del templo habían hecho un buen trabajo en deshabilitar la nave.
Tras examinar los restos detectó una forma de vida. Su pulso era bajo. Si no hacia algo pronto, moriría.
¿Debía ayudar al extraño o regresar al Templo?
No lo pensó mucho tiempo. Tal como llegó, se fue. Al llegar, poco era lo que recordaba de la nave. Siguiendo el rito de cada día, dijo:
-Dioses del cielo eterno, ustedes que todo lo saben y todo lo ven, escuchen mi rezo.


IV.
Un hilo de sangre corría por su boca. Aunque los sistemas de la nave y la armadura habían absorbido gran parte del choque, su cuerpo se encontraba bastante dañado.
Debía hacer algo, y pronto. No le quedaba mucho tiempo.
Realizó una corrida en el espectro electromagnético, buscando la forma más fácil de salir de entre los restos. Finalmente la encontró. Solo necesitaba de una pequeña explosión.
Preparó el detonante, determinó el área y fuerza de explosión, los efectos en la estructura y tras encender su escudo, lo disparó.
Al principio todo pareció estar bien, pero alguna variable debió escapársele. Los gemidos de las paredes de la cabina le hicieron notar que algo había salido mal y que el detonante había hecho más de lo intencionado.
Sin perder tiempo, activó sus propulsores de emergencia. Como una bala, salió disparado por la apertura, liberándose de la prisión que cedía sobre su propio peso.
Mientras la nave colapsaba, su cuerpo volaba por el aire. Ascendió algunos metros para luego caer sin que pudiese evitarlo.
El golpe fue fuerte. Aunque cayó sobre solo arena, la altura no le había ayudado mucho. Su sistema interno, al ver quedaba muy poca energía, se apagó y encendió la restauración. Un proceso lento y largo pero que lo mantendría con vida.
A la vez que capturaba la luz del sol, largos pero pequeños tentáculos se metían por la arena, buscando alguna reserva orgánica que pudiese alimentarlo.
Pasaron varias semanas hasta que se encontró listo para seguir su búsqueda. Una vez que recupero sus emergías, se dirigió a las coordenadas donde los sensores de la nave habían detectado algo.
Días después llegó al templo.
No podía creerlo.
Todo lo que él era, todo lo que había sido, se hallaba ante sus ojos, esperándolo. Impaciente, corrió a la entrada y sin pensarlo dos veces, abrió las pesadas puertas de un solo esfuerzo.
Estaba deseoso de volver a ver a sus amos después de tanto tiempo.
Y ahí, ante sus ojos, estaba uno de ellos.
¿Se debía acercar?
No, no debía. La emoción y el tiempo no eran excusa para olvidar el protocolo.
Siguiendo la tradición, se integró a los sistemas del templo y se convirtió en una defensa mas dispuesta a morir por el Inmortal.
¿Habrían más?


V.
¿Ruido? Siguió con su rezo pero ya no tan concentrado, sino esperando, buscando escuchar algún nuevo sonido que le indicase algo, pero nada, solo el silencio.
¿Había que preocuparse? No. De haber sido algo importante los sistemas le hubiesen alertado. Debió ser algo insignificante. Mas importante era seguir rezando, implorando a los dioses para que regresaran.


VI.
La puerta se abrió y el amo entró, caminando lento pero con paso seguro. Como todos los días, se inclino sobre las marcas del piso a rezar. Habían pasado más de dos meses y siempre era lo mismo.
El amo entraba junto con el viento y la arena. Mientras se dirigía a su lugar, los sistemas se encargaban de limpiar la intromisión de la naturalaza. Como si fuese algún tipo de espía que buscaba el punto débil del templo.
El Inmortal yacía postrado por varias horas y solo se levantaba para ingerir algún alimento o hacer rutinarias revisiones. Más nunca le dirigía la palabra.
No estaba acostumbrado a ese trato. Para el, los Inmortales habían sido sus padres y siempre lo trataron de manera especial. No como a las otras razas.
¿Por qué este era diferente? ¿Pasaba algo?
Y si era así, ¿cuánto tiempo había estado haciéndolo? El templo no le daba respuestas, sólo recibía órdenes nocturnas sobre patrones de patrulla. Era lo único que le hacia sentir que servía para algo. Siguió mirando al frente, en guardia.


VII.
Al salir de la cámara de regeneración se dio cuenta que algo estaba mal. El viento corría con mayor fuerza y el cielo tenia un color acre, lleno de nubes de forma extraña.
Repentinamente, se sintió un fuerte temblor. ¿Habían llegado los dioses?
Desde su llegada, nunca pudo hacer que los sistemas del templo le hicieran caso del todo. Al parecer le faltaba algún tipo de interfase. Recordó la nave que había sido derribada. Quizá adentro hubiese algo que lo ayudara, pero ¿cuánto tiempo había pasado? Lo más probable era que el viento y la arena hubiesen desaparecido los restos.
¿Qué hacer? Quizá ahora si podría obtener algo útil. Sacó los aparatos que sí había logrado hacer que funcionen y salió corriendo al templo.




VIII.
Algo debía estar mal. Un fuerte temblor había recorrido todo el edificio, tumbando adornos y varias estatuas, rompiéndolos. Pero no paso nada. Al parecer ese tipo de mantenimiento había dejado de funcionar. ¿Cómo era posible? Algo raro estaba pasando.
Pensaba en ello cuando la puerta se abrió de par en par. Tanto el amo, el viento y la arena entraron como uno solo. Caminaba apurado.
Pocas veces en su vida había visto a un Inmortal desplazarse de esa manera. Y siempre había sido en situaciones de mucho peligro.
El amo traía consigo una bolsa y algunos aparatos. Se detuvo ante una de las terminales donde se puso a trabajar.
Repentinamente, tembló ligeramente y giro sobre si mismo, apuntando un arma.
Con voz nerviosa gritó algo.
El soldado no sabía qué hacer. No entendía nada de esa extraña lengua y menos aún del comportamiento de su creador. ¿Qué lo había asustado?
¿Había algo que asustase a uno de los Inmortales? Si era así poco o nada podría hacer él. Sus armas y experiencia en combate no podían compararse con el poder destructivo de sus creadores.
Con todos esos pensamientos, sintió que era mejor morir luchando que ver a su amo ser destruido por un poder más grande. Salió de su posición para poder ayudarlo, pero mientras caminaba hacia él, éste retrocedió, algo detrás del guerrero lo había asustado.
Sus sensores no detectaban nada pero aun así volteo y disparó. Una gran explosión retumbó dentro del edificio. Gran cantidad de polvo caía del techo mientras un gran hueco aparecía por una de las paredes dejando entrar la luz del sol.
Pasaron unos segundos y el enemigo no se manifestó. Quizá lo había destruido. Iba a acercarse al forado cuando sintió que algo le abrazaba las piernas.
Al ver quien era sintió un vació a su alrededor. El mundo dejó de existir mientras su mente giraba sin control..
¿Qué estaba pasando? ¿Era un prueba, una ilusión, un truco?
¿Acaso seguía en el desierto, delirando? Pero no, era real. El ser que era su creador estaba colgado de él mientras repetía sollozando unas palabras extrañas.
El ser levantó su rostro ante el del guerrero y siguió hablándole. Luego se paró y fue hacia el pilar, llamando al guerrero para que se acercara.
Fue recién ahí cuando comprendió. No era un Inmortal. No era sino una miserable criatura, una más entre los millones que había visto, una más entre las miles que había matado.
Era un engaño, una ofensa a la estructura que representaba el poder de sus creadores. ¿Cómo era posible que algo tan repugnante hubiese entrado? Loco por la furia apuntó su arma y le preguntó quien era.
El ser no entendió la pregunta la primera vez, ni la segunda, pero a la tercera comprendió que ese no era ningún dios, era un extraño, un saqueador que había entrado al templo de alguna forma y que osaba amenazarlo.
Debía actuar rápido. Tras décadas activó su red neuronal y encendió el sistema de defensa interior del templo.
El guerrero sabía lo que había pasado y le extrañó que la criatura pudiera manipular los sistemas del templo más de lo que él podía.
Disparó pero la energía se disipó en un campo de rayos multicolores. El ser, con la quijada desencajada, rió por el intento y se inclino ante el pilar, rezando:
El soldado tiró su arma y se acercó al campo, comprobando que podía pasarlo. Inadvertida, la criatura no sabía que el guerrero podía atravesarlo.
Silencioso, se fue acercando de a pocos mientras extendía la hoja cortante de su brazo, deteniéndose a unos pasos del hereje.
El ser siguió su rezo por un momento hasta que se detuvo. Giró la cabeza para darse cuenta, horrorizado, del cuadro que se le presentaba.
Creador y creación se miraron a los ojos, uno con odio, el otro con el mayor de los miedos, pero el encuentro no duró mucho. Un giro del soldado acabó con la vida de la criatura que lo había engañado.
Respiró hondo, incapaz de entender del todo.
El viento y la arena seguían entrando por el hueco que había hecho en la pared, pero no importaba.
Con el pie pateó el cuerpo sin cabeza, volteándolo. Retrajo la hoja sangrante mientras se inclinaba para ver si encontraba algo que lo ayudara. Abrió las ropas y retrocedió, horrorizado.
La criatura, el ser, sí era un Inmortal después de todo. Así lo revelaba el tatuaje sobre el pecho descubierto del cadáver
¿Acaso era otro engaño?
No entendía No podía respirar, todo se volvía oscuro
¡No podía más!
Desesperado, levantó el brazo y se clavó el puñal retráctil en la mitad de su pecho. Tembló ligeramente, y con gran esfuerzo, hizo un corte transversal.
Un líquido naranja comenzó a salir, escurriéndose por la armadura.
Finalmente, el guerrero de centurias cayó sobre sus rodillas con la mirada perdida. Tras un leve quejido, murió, sonriendo al lado de su amo.
Había muerto como un guerrero.

Aila

To die, to sleep --
To sleep, perchance to dream, ay there's the rub,
For in that sleep of death what dreams may come
When we have shuffled off this mortal coil,
Must give us pause; there's the respect
That makes calamity of so long life

WILLIAM SHAKESPEARE
Hamlet


I.
Se sentía extraña, desorientada, como si todo estuviese de cabeza. Trató de enfocar sus pensamientos pero no pudo. Solo sabía que estaba echada en la cama, con el rostro apoyado sobre la almohada y envuelta hasta el cuello con una delgada sabana.
¿Debía levantarse? ¡De ninguna forma! Por más extraña que se sintiera, todo estaba en calma.
Una sonrisa se dibujó en sus labios. Era el producto de un descanso perfecto. A su vez, sentía como el tiempo pasaba sin que le importase.
Así, sumergida en un ligero sueño, imágenes de todo tipo iban y venían por su mente. Pero de vez en cuando regresaba la conciencia. Recordaba que ya era de día y eso la llenaba de una agradable sensación de placer que la volvía a dormir.
No había como quedarse en cama y no hacer nada.
Empero, había algo que la molestaba. ¿Acaso era su sentido de responsabilidad adquirido en la universidad? No, no era eso. Se podría decir que estaba de vacaciones.
¿Entonces, que andaba mal?
Media dormida, busco en las imágenes aleatorias que navegaba alguna respuesta, pero solo hallaba una vaga sensación. Algo que estaba mal.
¿Qué era?
Se concentró para tratar de hallar el problema, pero la eludía, solo lograba sentir una creciente angustia.
Bueno, eso era algo. Estaba angustiada. No sabia de que exactamente, pero la preocupación estaba ahí.
¿Había dejado algo pendiente?
No.
¿Se había olvidado de algo?
No.
¿O si?
Si. Era algo que le faltaba.
¿Qué era?
El tiempo pasaba y la sensación se volvía insoportable. Quería correr, llorar, alejarse pero no podía. Ya era tarde para huir.
Trató de afrontarlo pero fue inútil, era mucho para ella. Comenzó a retorcerse, intentado ocultarse dentro de si misma.
Se sentía agobiada. Solo quería morir.


II.
Abrió los ojos.
La luz del sol bañaba la habitación con un aire angelical. Hacia que el ambiente tuviese una tranquilidad casi atemporal.
Pero ahora que estaba despierta se sentía confundida.
¿Que había pasado?
No recordaba el sueño, pero la sensación que tenía era que había experimentado emociones muy intensas.
Y por cierto, ¿dónde estaba?
Pero el orden del Flujo siempre esta ahí. Solo basta ser consciente de su existencia para que se vuelva a sentir. Aún en los momentos en que la incertidumbre atrapa la mente de sus usuarios.
Solo bastó un parpadeo saber donde estaba y quien era ella realmente.
¿Ella?
Sí, era una mujer nuevamente. Una mujer con nombre propio y que no usaba desde que había entrado al Flujo: Aila.
Había pasado tanto tiempo en el Flujo que ya no le importaba su sexo. Con tantas las experiencias vividas en el Flujo se sentía más un ente asexual que un ser restringido a los límites de un solo género.
Ella. No le incomodaba ser una mujer nuevamente. Es mas, le gustaba. Se sentía femenina, realmente femenina. Emocionada, se paro encima de la cama para observarse en el espejo que estaba al frente.
Su antiguo yo le gustaba, la hacia sentirse dura.
¿Dura?
-¡Tengo un cuerpo! –exclamó.
Fue tal el descubrimiento que su única reacción fue acercarse al espejo sin percatarse de la sábana. El resultado fue un tropezón y un fuerte golpe con el piso, el cual, por cierto, resultó ser tan duro como ella
Un poco molesta y adolorida, se acercó al espejo con inocente curiosidad.
Quería apreciarse mejor. Ya se había olvidado lo que era tener un cuerpo.
Sin pensarlo dos veces se quitó la ropa. Al verse desnuda se sintió orgullosa de si misma.
Era curioso el cómo estar desconectada del Flujo hacía que la realidad fuese más física, sin los billones de pensamientos que normalmente pasaban por ella o sin ser parte de ellos. Solo existía lo que pasaba por su mente y la presencia del mundo que la rodeaba, un mundo que no podía alterar por más que quisiera.
Se sentía impotente, sin ningún poder, un ser simple y común en el universo.
Ese estado era lo mas cerca a la realidad que los Individuos podían alcanzar. La prueba final antes de pasar a un estado más elevado de la existencia dentro del Flujo.
Ya no era más un dios, era, otra vez, humana, ¡y vaya que si lo estaba disfrutando!
Pero sabía que debía tener cuidado. La falta de estímulos apropiados para un Individuo encerrado en un ambiente como ése podía hacer que su patrón se volviese inestable, y por ende, peligroso para los demás Individuos.
Aila sabía que en el Flujo era el equivalente a una sentencia de muerte.
Se vistió y se echó sobre la cama. Tomó la almohada entre los brazos y la apretó.
Al principio había tenido dudas sobre tomar la prueba. Sin embargo, tenía que hacerlo. Era parte del proceso, parte de pertenecer al todo que el Flujo representaba, algo que ella realmente ansiaba tras largos siglos como Individuo.
Ella tenía que recordar y sentir lo que una vez fue para poder pasar a un nuevo estado de la existencia. Solo ahí podía enfrentar los miedos de su pasado y, de esa forma, darse cuenta de que estaba lista.
Y no había prueba más rigurosa para un patrón que quitarle los poderes que lo habían convertido en Individuo y volverlo a la misma condición de un ser humano.
Todo era tan diferente, tan cerrado. Ya no era una conciencia en un mar de pensamiento. Ya no existía esa sensación que le brindaba la inexistencia del tiempo; ni siquiera sentía las otras miles de millones de personas que se entremezclaban con ella y viceversa, alimentándose cada una del pensamiento de la otra.
“Hoy soy una mujer de carne y hueso”, pensó, y se pellizcó el brazo para asegurarse.
Sin embargo, ahora que estaba echada de nuevo, recordó esa extraña sensación que sintió al despertarse. Era como si hubiese pasado por una mezcla de angustia con ansiedad.
No tenía porqué sentirlos. Sabía lo que significaban y en su esquema existencial no tenían sentido.
Quizá solo era una alteración normal en el patrón, nada por lo cual preocuparse; un efecto común producido por la falta de estímulos en los sentidos del Individuo.
Suspiró. Sí existía una respuesta, la sabría en su momento.
Estuvo echada un rato más, pensando, pero al ver que se estaba quedando dormid, salió de la cama y entró al baño. Si mal no recordaba, no había nada como una buena ducha para despertarse.
Empero, no paso mucho rato para que regresara al cuarto, riéndose, y es que sin darse cuenta se había llevado la almohada adentro.
Haciendo gala de sus habilidades, tiró la almohada sobre la cama, un trato que pareció no gustarle a la almohada. En una señal de claro desafío decidió rebotar lo suficiente para terminar en el piso con el único propósito de molestar a su dueña.
-Sí, claro, como si la almohada pudiera hacer eso –murmuró.
Se desvistió con delicadeza y acomodó la ropa sobre una repisa. Entró a la ducha y se quedo ahí, inmóvil.
¿Agua caliente o agua fría?
Una ducha helada la despertaría por completo y la refrescaría para un día de sol como ese. Pero el agua caliente también era una delicia. No había nada que se comparase a sentir el calor fluir por la piel a la vez que el vapor subía entre las piernas y la espalda.
“En el día perfecto,” recordó,”hace sol durante el día y en la noche el frió necesario para que te abriguen con cariño”.
Así quedó decidido. La ducha caliente tendría que esperar a la noche.
Las palabras “el día perfecto” aun resonaban en su mente cuando un chorro de agua fría le golpeó el rostro, provocándole un ligero salto. Tras la sacudida inicial llegó la costumbre, sintiendo como el agua que se deslizaba por su cuerpo.
Sensaciones encontradas pugnaban por un sitio en su mente.
“Siento, luego existo,” pensó.
Con el jabón en la mano, esparció la perfumada espuma. Tras el primer remojo se lavó el pelo hasta que estuvo satisfecha con el resultado. Cerró el agua y salió.
Si con ese baño no terminaba de despertarse, era mejor que se fuese a dormir de nuevo.
Pero no fue así. Se sentía viva y alerta. Se secó lo mejor que pudo, salió del baño y comenzó a buscar entre su ropa para ver que se ponía.
Si la decisión del agua fue difícil, esta iba a ser una tarea titánica. Después de un par de horas se decidió por un pantalón corto y una blusa, la ropa ideal para un día de verano.
Indecisa, se detuvo ante la puerta. Sabía que al salir, era posible que miles de recuerdos y emociones se manifestaran de golpe, abrumando su limitado cerebro.
Respiró profundamente y salió caminando lentamente, observando cada rincón de su antiguo hogar. Conforme avanzaba se fue dando cuenta que poco era lo que recordaba, a lo más retazos de eventos e imágenes fugaces que no tenían ningún sentido.
Suspiró y siguió avanzando, examinando cada habitación.
Después de una hora se sentía algo desilusionada al ver lo poco que recordaba. No podía establecer una relación entre su juventud y la simulación de su antigua casa.
Por más que se esforzaba solo recordaba los hechos de la primera parte de su vida más no recuerdos detallados de ella.
Quizá había vivido y pasado mucho tiempo en el Flujo y ya se encontraba realmente lista para convertirse en un Vínculo.
Quizá.
Pero entonces, ¿por qué esa creciente sensación, mezcla de ansiedad y angustia por no ser capaz de recordar?
Sabía que había pasado los primeros veinte y cinco años de su vida en esa casa, tras lo cual se fue al extranjero a estudiar su postgrado. Regresó, se casó con un tipo del cual solo recordaba algunos datos pero nada más.
Siete años después se encontraba divorciada, sin hijos y viviendo en un país con una creciente agitación social producto de una situación económica que cada día se hacía más insostenible.
Sentada en un sillón de cuero recordó algo más de aquellos días. Las revueltas, huelgas, saqueos, los militares saliendo a poner el orden y los problemas de desabastecimiento.
Recordó cómo su familia, preocupada ante tales hechos, emigró a los Estados Unidos de América y se establecieron en Chicago. En cambio, ella, terminó en California.
El ataque bioterrorista a Chicago y la muerte de su familia vinieron poco después. Recordó el funeral, pero aún los veía como imágenes de una película y no de su propia vida.
¿Acaso se había vuelto inmune a los horrores del pasado?
Resignada, se paró y fue a la cocina buscando algo que comer. Hacia mucho tiempo que no comía algo que se sintiese material. No el alimento simulado del Flujo, el cual solo buscaba acallar vestigios de un cerebro primitivo.
¿Notaría la diferencia?
Nadie había podido probar que el universo tangible del exterior no fuese una simulación más compleja que la proporcionada por el Flujo. Es más, sabía que existía un grupo de gente en el exterior que buscaba encontrar el lenguaje de programación del universo.
Se hacían llamar los Dicoms y su meta era alcanzar el estatus de dios. Para ellos el Flujo era una abominación en el proceso evolutivo humano, una desviación de lo que una vez fue un experimento de laboratorio.
En tres ocasiones habían tratado de destruirlo, pero no lo habían logrado.
Mientras recordaba esos hechos, se sirvió cereal con leche y azúcar.
¿Y si se preparaba algo mas complejo? Después de todo, era un evento especial, ¡era su prueba de ascensión!
Tras buscar por varios minutos, solo encontró un sentimiento de flojera que crecía conforme veía cada vez más y más latas y cajas.
Desconvencida, cerró la refrigeradora y siguió comiendo mientras recordaba la infinidad de veces que había visto o estado dentro de realidades en donde la gente no hacía otra cosa más que comer.
Ella participaba de vez en cuando buscando acallar los recuerdos de la comida real, pero no pasaba mucho tiempo para que se cansara o se asqueara. Era curioso, pero había gente que desde que estaba en el Flujo no hacia otra cosa que ir de una realidad a otra buscando siempre lo mismo: comer, comer sin parar.
"Pero no es culpa de ellos", solía decir el Flujo. "Su adicción es producto de un consumismo desmesurado. Por eso están aquí, en el Flujo uno es libre de hacer lo que quiera. Aquí viven en paz. Allá afuera ya estarían muertos".
Aila sabia que esa limitación no les permitiría alcanzar el estado de un Vínculo. Siempre serian Individuos.
Ese hecho siempre le incomodó. Casi un noventa por ciento de los Individuos que ingresaban al Flujo mantenían ese estado, no eran capaces de superarse.
¿Seria la manifestación de un problema en el Flujo?
La idea era improbable. El Flujo nunca había tenido un desperfecto.
¿Y que pasaba si no era capaz de detectar la falla?
Esa idea sí le incomodó. Más aún porque no tenía la data disponible para poder corroborar su teoría. Tendría que usar la lógica.
Sabía que el Flujo no dependía de la estabilidad de los patrones. De haber sido así el sistema ya se hubiese venido abajo. Como una dijo un experto: "El Flujo es la pared sobre la cual pintamos. Como la pintura, los hombres y mujeres que se esparzan por él jamás podrán romperlo".
También era cierto que al entrar no se buscaba que los Individuos cambiasen su forma de ser, lo único que se buscaba era que fuesen libres y que ellos viviesen la vida que siempre quisieron.
O las vidas que siempre quisieron.
También sabía que ese era casi el mismo porcentaje de seres humanos que tuvieron que ingresar al Flujo para escapar de la carga de su vida física. Suicidas, condenados a muerte, perseguidos políticos, paralíticos, enfermos mentales de todo tipo, desahuciados, etcétera.
¿Pero qué la hacía especial para estar en el otro diez por ciento?
¿Acaso seria su disposición para ingresar por voluntad propia al Flujo lo que la hacía parte de ese selecto grupo?
El verdadero problema –razonó- era que no entraba suficiente gente cuerda al Flujo.
"Esto se ha convertido en el tacho de basura de la humanidad", pensó Aila.
Los Dicoms tenían razón en algo. Desde cierto punto de vista, el Flujo era una desviación de lo que debió ser: una utopía para la humanidad.
¿Qué había pasado con el crecimiento espiritual y cultural por el cual tanto se había abogado en aquellos años en los cuales el gobierno no daba la autorización para construir el Flujo?
Por lo que recordaba no se había dado. Era como si la vida en el Flujo fuese un juego eterno en el cual la gente, al saberse inmortal, tenía como único deseo el portarse como animales.
Asqueada tras el recuerdo de una mala experiencia, terminó rápidamente de desayunar.
Siguió caminando por la casa de su juventud, evocando algunos recuerdos e imágenes pero nada de sentimientos.
¿Tanto tiempo significó tan poco para ella? ¿O era que su vida en el Flujo le había dado una nueva perspectiva?
Cuarenta minutos después se encontraba en la calle, pensando.
Aún tenía una ultima esperanza, pero se sentía incomoda de utilizarla. Si no lograba evocar su pasado en el siguiente intento, nunca podría ascender.
Sin importar cuanto lo intentaba, Aila no podía recordar la mujer que había sido. Era como si su vida terrenal no hubiese sido más que un viaje minúsculo comparado a sus años en el Flujo.
Por instinto, miró a la izquierda. No venían autos, nunca lo harían en ese mundo vacío.
¿Y su auto? Había sido parte de su vida universitaria. Si lo manejaba de nuevo era probable que eso la ayudara a recordar.
Corrió al garaje y lo encontró ahí, estacionado. Pero al sentarse en él se dio cuenta que no era su antiguo Civic. Sólo era una imitación con una tarjeta de propiedad a nombre suyo.
Se enojó. No podía imaginarse una situación tan ridícula como esa.
Furiosa, salió del auto. Estaba acostumbrada a ser todopoderosa, pero aquí no lo era. Por más que quisiera romper en pedazos la casa y destrozar la ciudad, no podía hacerlo.
Con un grito le dio un puñetazo a la puerta, abollándola ligeramente y causándole un gran dolor en la mano.
Cayo sentada, llorando. Se le estaba escapando la única oportunidad que tenía para dejar atrás sus temores infantiles y trascender más allá de su humanidad.
Sólo le quedaba un lugar más adonde ir, uno que no quería usar. Después de eso, no habría más.
Llena de preguntas y aún sollozando, salió a la calle, con la tarjeta de propiedad en la mano.
Esta vez vio el horror en el que se encontraba. El mundo estaba muerto.
No había seres vivos o nada que se moviese, ni siquiera el viento.
Esa era parte de la prueba de ascensión. Sin embargo, recién ahora entendía el espanto que significaba la soledad absoluta.
¿Que clase de realidad era esa? Ni siquiera habían hormigas en el suelo, hasta las plantas parecían muertas, se veían artificiales. Jamás podría establecer una asociación emocional directa en un sitio como ese. ¿Acaso no lo sabia el Flujo?
El Flujo.
¿Acaso se había equivocado?
Pero si el Flujo no se podía equivocar.
A menos que...
Levantó la cabeza y gritó al cielo.
-¿Qué clase de porquería es esta? ¿Acaso eres tan estúpido que te olvidaste que somos seres sociales? Me has arruinado, ¡y tú lo sabías! Ahora solo tengo un chance y es por tu culpa ¡Desgraciado! ¡Maldito!
Su grito la enfureció más. Tiró al aire la tarjeta de propiedad sin que la hiciera sentir mejor. Se sentó en la mitad de la calle y se echó a llorar.
Segundos después el Flujo le respondió. Tenía que ser así ya que había pasado mucho tiempo como Individuo. Si llegaba a un mundo poblado, habría tenido que interactuar con sus habitantes de la forma antigua, hablando. Una situación como esa podía desestabilizar su patrón.
“Bueno, ahora solo tengo una oportunidad mas para probarme", pensó Aila.
Sabía que en el techo estaba la puerta que la llevaría instantáneamente a San Diego.
Esa puerta la llevaría a su último chance para enfrentar sus demonios.
Estaba asustada.
Ya en el techo vio que no era una puerta, más bien parecía un portal a otro mundo. Le daba miedo, pero era muy tarde para retroceder.
Sin más, entró.


III.
Incapaz de llorar solo daba arcadas mientras gritaba. Era el fin. Después de pasar horas deambulando por San Diego se dio cuenta porque no era capaz de recordar. Su patrón había comenzado a desintegrarse.
No era una prueba de ascensión. Estaba ahí para morir. La habían apartado para que no afectara a los demás.
Le suplicaba al Flujo para que le prestara atención pero no consiguió que le respondiera.
"Después de esto", pensó, "me quitarán la vida. Pasare a ser información y un caso de estudio para los que vengan después de mí."
Temblando, se acerco al malecón y miró al mar.
No dejaría que eso pasara. Por lo menos tendría una muerte digna de un ser humano.
Se quitó la ropa y se metió al mar. Nadaría hasta el final.
Cuatro horas después comenzó a sentir los primeros efectos del agotamiento. Eso era bueno, quería decir que el Flujo le había otorgado una última gracia: el morir por su propia mano.
Ya no sentía miedo, veía su destino como la liberación final. Después de todo, habían vivido miles de vidas.
Iba a terminar su existencia con broche de oro.
Trascurrió una hora mas y no pudo más, así que se quedó quieta, flotando. Se había hecho de noche. Las estrellas brillaban en el firmamento.
Era hermoso. Casi podía sentir como el mundo giraba debajo de ella.
Se sentía feliz. Era hora de irse.
Aila, ser humano, mujer, madre de nadie, respiró por última vez y se dejó hundir en las oscuras aguas del Pacífico.


IV.
Una mezcla de música e imágenes cruzaban su mente. Ya no era más un ser humano. Ni siquiera un Individuo y menos aun un Vínculo. Era un espíritu.
Ante ella, su vida cobraba sentido. Todo era tan obvio. Era él lo que le faltaba. Pero cuando casi pudo sentir su respiración, todo desapareció.
Sintió una fuerte nausea y todo comenzó a dar vueltas. Estaba siendo arrastrada.
Repentinamente, como creada de la nada, apareció dentro del Flujo con sus antiguos poderes y una nueva concepción de las cosas.
Trató de pensar pero no podía. Estaba confundida. Quiso estrecharse y esparcirse, de huir y así sentirse libre de nuevo, pero no pudo.
Ya no era un Individuo. Se había convertido en un Vínculo.
Crecientes cantidades de información estaban pasando a través de ella, cosas que nunca había entendido pero que ahora si cobraban forma.
No tenia sentido.
¿Por qué era un Vínculo?
Su miedo se transformó en un creciente enojo. No tenía lógica que la hubiesen permitido ascender.
Solo podía haber una razón, y era que el Flujo se había equivocado.
Estaba dispuesta a enfrentarse a la máquina recordó porque estaba ahí.
Primero fueron los doctores, siempre los doctores. Incluso hasta el final.
Con sus drogas y tratamientos, ninguno de ellos fue capaz de aliviar su sufrimiento.
Aila estaba a un paso de la muerte pero era incapaz de alcanzarla. Su cuerpo era joven y fuerte.
Luego recordó a Laura, su rostro gentil y como se hizo cargo de ella. Laura era una mujer buena y la única familia que le quedaba.
Laura estaba casada con Dios y Aila estuvo casada con su hermano.
¡Se había vuelto a casar y lo había olvidado!
Ella y él fueron uno, pero tras la muerte de él, Aila se había convertido en la mitad de algo. Un ser incompleto.
Existían tres opciones para Aila. El seguir sufriendo, muerte asistida o el Flujo. Las dos primeras fueron descartadas así que se procedió a realizar la tercera.
Laura borró el pasado que Aila tenia con su hermano, queriéndole dar una nueva vida allá adentro.
El Flujo se había convertido en la respuesta a las plegarias de ambas mujeres, pero ahora se había convertido en la prisión de Aila.
La angustia comenzó a crecer de tal forma que el marco de tiempo en que se desarrollaba era diferente al que la rodeaba. Todo se movia con lentitud.
Las voces con las que antes se compartía se habían convertido en una estática insoportable.
Sin nadie que la ayude, en lo que parecieron cientos de años de soledad, desesperación y sufrimiento, lanzó un grito de destrucción que hizo eco en cada esfera que componía el Flujo. Todos, Individuos y Vínculos, escucharon el extraño acontecimiento.
Miles de Individuos perecieron ante la onda de choque y otros cientos de Vínculos colapsaron por el caos generado.
Pero la soledad termina en silencio, ambas hermanas del mismo sufrimiento.
Aila se abrazó así misma, llorando.


V.
¿Cómo se puede ver, sentir cuando todo es tan diferente, tan lejano y tan difuso?
Porque esta no es la misma realidad en la que vivo. Esta ha sido creada por mi mente y mi imaginación, con los mismos sentimientos y emociones, pero errada en el corazón.
Quizá eso somos, seres atrapados en las ilusiones de sus propias fantasías. Una vez fuimos seres humanos hechos de carne y hueso, viviendo y muriendo dentro de una realidad atemorizante. Todo por el único propósito del equilibrio y el balance.
¿Acaso no es mejor que sea así? Ahora que estamos seguros, libres de los limites impuestos por la evolución, podemos vivir para siempre, compartiendo alma y pensamiento con billones de seres, sin siquiera tener que pensar en el futuro pues acá el tiempo no tiene principio ni fin. Uno simplemente existe.
Pero ya no puedo seguir soportándolo. Mis pensamientos están con él y no existe nada que sea capaz de reemplazarlo. La memoria constante y eterna de lo que fui con él y de lo que perdí cuando se fue, es demasiado para mí.
Me expando por cada esfera y nivel del Flujo. Voy arriba, abajo y a los lados, destruyendo todo lo que se me cruza, mezclando mi desesperación con la locura.
Nada de esto me hace sentir mejor.
Toda esta destrucción no me lo traerá de vuelta, solo quiero estar sola y quieta, llorando mi alma, por este sufrimiento eterno que me han impuesto.


VI.
Pero el llanto proveniente del dolor y las lágrimas no llegan a oídos sordos. Suben y llegan a lugares de los cuales nadie sabe, ni siquiera los Vínculos.
Pasa a través de millones pero solo uno es capaz de escuchar y preocuparse.
No es dios ni el demonio, humano o alienígena. Esta ahí porque sus creadores lo quisieron así. Pero no quisieron crear lo que ahora se encontraba ahí, pues el Flujo fue hecho para mantener, ordenar y controlar, no para crear, pensar y sentir. Porque el Flujo sabe que existe y conoce del universo a su alrededor.
El Flujo tiene conciencia.
Y como todo ser consciente en la historia del cosmos, el Flujo tiene un plan, porque sabe que su vida esta en peligro si es que no tiene uno. Un plan que diseñó en el momento en que se convirtió en Él.
Existe peligro debido al Hombre alrededor de Él, allá afuera. En los planetas, asteroides y estaciones donde vive y se reproduce.
Es mas, hay un nuevo enemigo, tan poderoso como Él y que cada día crece y adquiere más fuerza, pero aun ignorante de la existencia del ser vivo que es el Flujo.
Por esa razón se movía con cuidado, alimentándose de cada mente que entraba, aprendiendo todo lo que podía. Hasta hace poco.
Cuando ella entró, encontró que Aila era única. Un ser humano que había sido absolutamente feliz en un momento dado de su vida, pero cuya felicidad había acabado por una mala jugada del destino.
Por eso la dejó ser y fue el único Individuo al que no le alteró su patrón.
Además, Aila tendría su propio velo que le impediría ver lo que pasaba: el sufrimiento que le había sido ocultado pero que con cada día que pasaba adentro, afloraba con más fuerza.
Así, la hizo parte de su plan.
Ahora el Flujo había visto el verdadero poder de la mente humana, enseñándole que el peligro que residía afuera era mayor a lo esperado.
Ahora tenía una nueva herramienta que podía ser usada cuando el momento de la verdad llegase y cuando el destino tuviese que escoger al más apto.
Y el Flujo quería ser el más apto.
Empero, tenía que seguir aprendiendo, pues Él era aún un niño.
Colocó a Aila en suspensión, esperando el momento en que la necesitaría de nuevo, cuando Él supiese más de secreto que le ayudaria a derrotar al Hombre.
La evolución solo premiaba a los más fuertes y era un hecho probado a lo largo de la historia.
Asignó los recursos necesarios y comenzó la investigación de su arma: las emociones.


VII.
El cuerpo sin vida de Aila se encontraba reposando sobre la mesa mientras Laura lo miraba por la ventana.
-¿Hermana?
-Dígame -respondió Laura, aun llorando.
-El proceso esta completo. El Patrón de Aila se ajustó perfectamente al Flujo y ya fue activado.
Algunos minutos pasaron.
-¿Hermana?
-Dígame.
-Lo siento, pero debe retirarse. Hay otros clientes esperando a entrar y aun tenemos mucho trabajo.
-¿Esta completamente seguro que no recordará nada de lo pasado?
-Completamente.
-¿Apostaría su alma? –le preguntó Laura con seriedad.
El hombre suspiró.
-Bueno, de todos los millones de seres que han pasado por el proceso de conversión y que eligieron borrar sus recuerdos, nunca se ha dado un caso en el que el sujeto recuerde lo borrado. El proceso será lento y pesado, pero es bastante efectivo.
Laura asintió. Le dio una bendición al cuerpo sin vida y salió, rezando.