Cádiz

Cuentan que todas las mañanas va,
A conversar con un viejo árbol gris,
A él le habla de su gran soledad.

LA OREJA DE VAN GOGH
Dile Al Sol


El soldado caminaba a paso lento por la llanura. El único sonido era el de sus botas arrastrándose por la arena y el tintineo de su espada golpeando su armadura.
Al ver el horizonte siente que falta una eternidad para llegar a su destino; la familia que dejó atrás para salir en búsqueda de la justicia divina.
¡Que inocente había sido
Las horas pasaban y aun no distinguía ciudad alguna. Solo la distorsión del sol sobre el suelo seco, creando espejismos de mares inexistentes.
Ante el recuerdo del océano, suspiró por el pasado. Recuerdos que habían quedado enterrados en el olvido.
¡Ah! Las cosas que había tenido que ver. Que duro había sido aprender la verdad para darse cuenta de lo que realmente valía en la vida. ¿Por qué nadie se lo dijo antes? ¿Por qué le mintieron desde niño?
Era como haber crecido en un sueño y madurado en una pesadilla.
¿Y si se quedaba viendo el cielo, saldría un Dios a darle explicaciones? ¿Tendría la cara para explicarle porque tanta desgracia, crueldad y odio, y si tenían sentido que lo hicieran en su nombre?
No. Aunque existiera, no saldría.
Suspiró.
No podía detenerse. Tenía que seguir. El premio que lo esperaba era mas glorioso que cualquier Cáliz Sagrado o Arca de la Alianza.
Quizá era blasfemo por pensar eso, pero solo para los hombres. A Dios no le interesaban los objetos materiales, sólo eran manifestaciones físicas del pasado.
Apoyó su mano sobre el mango de la espada y recordó que se encontraba manchada por la sangre de sus enemigos y algunos otros que fueron sus amigos.
“¿Qué habrá sido de mi vieja espada”, pensó. Aquella con la que partió de casa. ¿Quién la tendría ahora?
Que orgulloso se sintió cuando se la colgó por primera vez, listo a salir en su gran aventura a las tierras lejanas del sur. Pero, ¿sirvió de algo usarla? ¿Llego a cambiar el mundo? Le dijeron que iba a luchar contra el mal, combatir a los infieles y llevar la verdad del Señor a todos esos bárbaros que vivían en el pecado.
Mentira.
¿Quiénes eran los que hacían creer ese tipo de cosas? ¿Acaso no sabían que era una falacia? Y si era así, ¿por qué seguían con ese circulo vicioso lleno de falsedades? ¡Incluso le dijeron que vería al demonio cara a cara!
Jamás lo vio. Pero si vio mujeres y niños degollados solo por ser de otro pueblo, de otra raza.
¿Cómo el hombre puede actuar con tanta crueldad con seres como él? Y lo que era peor aun, ¿cómo podían vivir con esa culpa?
Ellos eran los verdaderos demonios.
El recuerdo de aquella mujer regresó. La pobre madre huía de sus captores, tratando de salvar a su hijo pequeño.
Detrás, cuatro de los verdaderos demonios; supuestos hijos de Dios, soldados sagrados de la Iglesia.
A punta de hacha y espada, masacraron a la mujer y a su hijo. Se reían cada vez que eran salpicados con la sangre de los dos inocentes.
Trató de detenerlos gritándoles para que paren, pero no lo logró. Ya era muy tarde.
Enfurecido, corrió al mas cercano y lo empujó para que caiga sobre el que tenía al lado. Volteó, clavó su daga sobre el pecho de otro y se enfrentó al único que quedaba parado.
Segundos después, los cuatro demonios se hallaban muertos.
Pensó que era un caso aislado, pero con los años se encontró con que era normal, hasta mandatario que se actuara así. Era una guerra santa, todo valía mientras fuese en nombre de Dios.
¿Se merecía haber vivido ese tormento? Si Dios era el que trazaba el destino de cada ser, ¿por qué lo había hecho pasar tantas penurias?
No, no podía echarle la culpa a Dios. É solo colocaba el escenario y las reglas. Sino, ¿qué sentido tendrían el infierno y el cielo si los hombres no tuvieron la capacidad de elegir? ¿No sería más justo decir que fue culpa suya? Al final de cuentas fue su decisión.
Pero, ¿y la edad? Cómo saber lo que uno debe hacer o no cuando se es joven? Para eso está la familia, pero, ¿por qué dejaron que se fuera con la Orden? ¿No sabían por lo que tendría que pasar?
Tanto su padre como su tío estuvieron en la toma de Cádiz. El primero como mercante, el segundo como soldado. ¿Acaso no vieron lo sangrienta que es la guerra?
¡Si hubo que repoblar la ciudad! En aquella época era un niño, pero podía recordar lo vacía que se encon-traba después que entraron.
Lo único que abundaba era el polvo y los soldados. Y a pesar que ya habían enterrado a todos, aun se podía sentir el olor a muerte.
Fue ahí cuando encontró a Adre. Salía de un escondrijo, lamiéndose los pies en busca de comida.
¿Seguiría vivo? Poco probable, ya debería haber muerto. Si no de edad, quizá de pena por el amo que nunca regresó.
Por lo menos él si estuvo cerca de Beatriz. ¡Ah! Como lo envidiaba. Hubiese dado cualquier cosa por estar a su lado.
Se sentía cansado. No quería pensar en ella nuevamente. Siempre era lo mismo, los mismos recuerdos y la misma pena. No tenia sentido que se pasara la vida atormentándose de esa manera. Quería acabar ese camino infernal, llegar a Cádiz y terminar con todo ese tormento.
-¡Quiero llegar hoy! –gritó.
Y no haber salido nunca de su hogar. Todo porque a su Rey se le ocurrió ayudar a Luis IX.
Miserable. Usaba su arte y cultura para esconder sus delirios de grandeza. Sólo era un hombre torpe e incapaz como líder. Por su culpa no volvió a ver a su amada Beatriz.
La extrañaba tanto.
-¡Te maldigo Alfonso! ¡Te dicen sabio pero no eres más que un viejo ignorante¡ Te maldigo con estas palabras y que la carne de tu carne se vuelva contra ti, que te odie y blasfeme como nos hiciste blasfemar a nosotros.
No podía seguir gritando. Estaba cansado y hambriento. Sonriendo, pensó lo agradable que seria sumergirse en el agua fría de un rió.
¿Lo seguiría amando? ¿Lo habrá esperado después de tantos años o ya estaría casada? ¿Cuánto tiempo desde la ultima vez que la vio?
Ya ni sabía cuantos años habían pasado, si eran seis u ocho. Ni siquiera sabía su edad. Solo era capaz de reconocer las arrugas en su rostro.
¿Lo reconocería su familia? ¿Y ella? Como quería ver nuevamente esa mirada andaluza.
Quería correr, volar sobre esa tierra árida y abandonada. Poder extender sus brazos y alzarse hasta las nubes, volando como un ave y recorrer grandes distancias en solo unos minutos.
Sobrevolar la Cádiz de la cual se había enamorado de niño. Descender sobre el patio de la casa, sorpren-derla cosiendo y que ella lo llene de abrazos y besos.
El sol comenzaba caía a lo lejos para dar paso a la noche. Unas horas mas y llegarían el frió y las estrellas.
Como le gustaba verlas. De chico no las aprecio tanto como lo hacia ahora. Lo que mas le disfrutaba era cuando una dejaba su lugar y surcaba el cielo. Por algún motivo sentía que lo acompañaban.
Si fuese capaz de volar, ¿las alcanzaría?
Caminó unos pasos mas pero se sentía muy cansado. Tras otra noche en la intemperie, se despertó temprano.
“Sigo vivo”, pensó.
Tomó un frugal desayuno y reemprendió su camino. Quizá hoy si llegaría a su destino.

En el camino que va del Puerto de Barbate a la bahía de Cádiz, yace el mango de una vieja espada de un guerrero de antaño.
No se le ve de noche porque duerme, y de día apenas si se nota su sombra, pero si el viajero se detiene y escucha con cuidado, podrá oír entre el viento que corre un ruido extraño pero familiar: el de un soldado que, cansado, regresa a casa.

Los círculos del Tiempo

“War is behavior with roots in the single cell of the primeval seas.
Eat whatever you touch or it will eat you.”


FRANK HERBERT
Chapterhouse: Dune


I.
Una neblina densa caía sobre las calles de la ciudad. Los edificios grises y monótonos, llenos de grietas y agujeros, dejaban pasar el aire por sus pasadizos creando un coro de voces fantasmales.
La imaginación volaba ante ese ruido de cementerio y el paisaje de pistas vacías y muertas hacían recordar un ayer que ya no existía.
Automóviles viejos yacían por las calles con el esqueleto oxidado y derruido. Animales creados por el hombre y sin rastro alguno de la humanidad que una vez llevaron a su destino.
Vitrinas rotas, marcos sin puertas y el maldito pol-vo que lo cubría todo, sólo eso era lo único que quedaba.
Ese era el pensamiento que cruzaba por la mente de Alondra. Como todas las mañanas, se levantaba a ver el mundo al que pertenecía.
De chica había escuchado las historias de su madre. Cómo, hacía muchas madres atrás, la gente caminaba libre por las calles; una época en la cual se podía ir al campo sin temor y viajar a velocidades extraordinarias.
¡Cómo le gustaban aquellas historias! Siempre se hablaba de la ciudad de las luces, de cómo la gente era feliz y vivía en un mundo de abundancia. Pero cada vez que miraba a su alrededor no lograba entender como dejaron que las cosas llegaran al punto en el que estaban.
Era gracioso. Aunque escuchó esos relatos cientos de veces, siempre recordaba el ambiente de la misma manera: ella pequeña y en los brazos de su madre, las antorchas ardiendo a su alrededor y un grupo de per-sonas escuchando su suave voz mientras ella los transportaba a una época pasada.
Y de vez en cuando, una mano infantil se levantaba al aire y preguntaba.
-¿Así era todo?
Su madre le respondía, sonriendo.
-Donde existían ciudades, sí.
-¿Y ahora?
-Bueno, casi todas las ciudades están muertas, algunas –y miraba alrededor- siguen vivas pero duermen. Algún día las despertaremos de su largo sueño.
Su madre siempre decía esas palabras, dando una señal de esperanza. Sin embargo, ahora que Alondra era mayor y veía lo difícil que eran las cosas, no dejaba de pensar en la falsa ilusión que le había creado.
No le gustaba crecer.
Josué roncó ligeramente detrás de ella. Volteó a verlo unos segundos y regresó su mirada al frente. Alondra siempre se levantaba mas temprano.
Suspiró.
Como extrañaba a su mamá, nunca conoció a su papá por lo que ella fue ambos roles durante toda su vida. No fue tan difícil, pocos hombres llegaban a vivir más de doscientas lunas. Era raro ver que un hijo o hija estuviese al lado de su padre después de hacerse adulto.
Por algún motivo siempre pensó que había algo mal en todo eso.
Lo que sí había notado era una mirada de tristeza entre las mujeres mayores. Habían perdido a sus pare-jas cuando eran jóvenes. Y sin importar lo infantil o irresponsables que fueron, los extrañaban.
¿Cambiarían algún día los hombres?
Ella no quería perder a Josué de la misma manera que a su papá, pero era probable que así sería. Al igual que antes, las bandas y las peleas callejeras eran cosa de todos los días y siempre eran uno o dos los que regresaban heridos o muertos.
¿Y si perdía a su hijo de la misma forma?
Miró su barriga y pasó su mano sobre el ombligo, como queriendo proteger a la vida que llevaba dentro. Apenas con tres meses ya se sentía hinchada, cambiada. Había tanto que quería compartir con sus amigas. El viaje al Ágoro había sido corto, pero se habían quedado ahí por casi dos lunas.
Con cierta esperanza pensó que no debía ser igual. Ella quería que su hijo tuviese un padre y que a su vez él también llegase a ser viejo y sabio y no morir en una calle sucia y apestosa rodeado de lodo y mugre. Quizá era mucho pedir pero no perdía nada al mantener ese sueño.
Una corriente fría recorrió su cuerpo y sintió la necesidad de abrigarse. Cogió una manta que había cerca, se la puso sobre los hombros y se alejó del cuarto.
Bajó las escaleras con el rifle colgado del hombro. Un vaho de aire helado le salía por la boca.
Abajo se distinguía una pequeña lumbre que daba calor a la habitación. Allí se hallaba un hombre joven, flaco y de rostro tosco que dibujaba en el suelo con un trozo delgado de madera.
-Hola –le dijo Alondra mientras se acercaba al fuego.
-Buenos días –le respondió él-. ¿Qué tal dormiste?
-Bien, gracias. ¿Tú como sigues? –se sentó cerca del fuego con las piernas echadas de lado.
-Mejor, gracias. Él resfrío ya me está pasando –él echó la rama al fuego-. ¿Quieres un poco de té?
Ella asintió.
El hombre retiró un frasco metálico de su mochila y un trípode de metal que colocó sobre el fuego. Luego llenó el frasco con agua de su cantimplora y lo puso encima para calentarlo.
Ambos se quedaron mirando el fuego en silencio.
-¿Cómo va el bebé?
Había algo de tensión en su voz. Al parecer la curiosidad de Filipo por los números le habían hecho sospechar la verdad.
-Bien –le respondió, tratando de no dar mucha importancia a su pregunta-. Pero ha pasado poco tiempo, pasarán varios meses antes que necesite tomar descanso.
-Mmm, nacerá en el verano.
-Otoño en realidad.
Él asintió.
La estaba examinando. Quizá era justo que él supiese que era el verdadero padre, pero también tenía que pensar en la justicia para su hijo. Por mucho que lo quisiera, Filipo no podía brindarle la misma protección que Josué sí le podía dar.
En realidad, no importaba la identidad del verdadero padre. Lo que importaba era la supervivencia de esa nueva vida que llevaba dentro.


II.
Josué se despertó. Hacia frío y no había con que abrigarse. Ni la manta ni Alondra estaban cerca. Ella siempre se despertaba más temprano.
¿Lo haría a propósito?
Desde que estaba con ella y cada vez que hacia frío, Alondra se llevaba cualquier cosa que lo pudiese abrigar en la mañana y permitirle dormir un poco más. Y por el contrario, en el verano no se llevaba nada.
Sonrió.
No importaba, la quería y dentro de unos meses tendrían su primer hijo. Se sentía orgulloso, era una señal de que era un adulto, capaz y responsable de sustentar una familia. Lo hacía sentirse bien.
Sus dos primeras mujeres, ambas muertas en las calles, no habían salido embarazadas. Ya había comenzado a correr el rumor de que fuese estéril. Con temor, pensó que quizá era así, hasta que Alondra le dio la noticia.
Había tanto que le quería dar. En los últimos meses, y especialmente después de enterarse del embarazo, se dio cuenta que su reputación como guerrero no era suficiente; tenía que darle más.
Al principio su meta era ganar más territorio para la tribu y matar a algunos enemigos, así podría generar el tipo de respeto y admiración que necesitaba. Pero todo eso había cambiado.
Gracias a Filipo las cosas se habían puesto a su favor y ahora no sólo podría adquirir poder de influencia, también una posición superior, un puesto de mando.
Se levantó, estrechó los brazos mirando por una de las ventanas y bajó al primer piso mientras se rascaba la espalda.
Abajo estaba Alondra con Filipo tomando té y calentando algo de pan. El olor le dio hambre.


III.
Filipo le sirvió a cada uno un trozo de carne salada y pan (ración doble para Alondra), pero él terminó su desayuno rápido. Después de ver a Josué y a Alondra saludándose con un beso sintió que el estomago le ardía. Se paró preparándose para salir.
-¿Adónde vas? –le pregunto Josué.
-Voy a dar una ronda.
-Está bien, pero no te demores mucho. Hay que salir en menos de una hora.
-No, no demoraré.
Mientras Filipo se alejaba se podía escuchar la risa de Alondra. Ahora también le dolía la cabeza.
A pesar de todo, su plan no había dado resultado. Contra todo pronóstico, su estúpido amigo había tomado el camino lógico y había decidido regresar a la tribu para contarles el hallazgo: habían encontrado y descubierto los secretos del Ágoro.
Cuatro meses atrás Filipo había encontrado ese lugar sin saber qué era, sólo una gran habitación subterránea llena de artefactos que no entendía. Al tercer día, más de casualidad que por voluntad, se vio conectado a la máquina, y aprendió todo lo que la máquina le quiso enseñar.
Le dijo que se llamaba Ágoro, y que si había algo que Filipo quisiera saber, él se lo enseñaría.
Después de estar inmerso por dos semanas, salió lleno de energía y conocimientos. Era una experiencia única.
Excepto con Alondra. Al pensar en ella el estomago le ardió con más fuerza. Conocer la ubicación del Ágoro era poder, así que luego de pensarlo bien, le preguntó cómo se podía quedar con ella. El Ágoro escuchó pacientemente todo el problema, y después de pensar por varias horas, le dijo que era incapaz de llegar a una conclusión.
Filipo estaba furioso, había contado con él para que lo ayudara. Al verse sólo, tramó un plan que no dio resultado.
Después de años de actitud infantil y rebelde, a Josué se le había ocurrido madurar en ese instante. Debía ser la necesidad de proteger a Alondra.
Ahora que lo pensaba bien, quizá fue una equivocación dejar que ella viniese. Al principio pensó que era mejor que lo viera morir, cosa que perdiese toda esperanza y así evitar que esperase un milagroso retorno. Pero ahora que el momento de decisión había pasado se daba cuenta que tenerla cerca había sido una influencia muy fuerte para Josué.
Pateó una pequeña piedra y la vio alejarse por el camino. Era irresponsable hacer ese tipo de ruido pero no le importaba. Quizá alguna tribu enemiga lo escucharía y las cosas terminarían como lo había planeado originalmente.
Aunque él podría perder la vida también.
Una fuerte ansiedad le invadía el pecho. Odiaba cuando las cosas no salían como él quería, sobretodo después de tantas semanas planeándolo.
Siguió caminando, cuando se le ocurrió que sería bueno echar un vistazo a los alrededores desde un lugar más alto.
Si bien no era fácil hallar un sitio así ya que los edificios eran inestables y propensos a caerse ante cualquier peso adicional, Filipo podía subirlos sin problemas, lo cual le había dado una excelente reputación como explorador y espía. Lamentablemente, eran pocas las mujeres que admiraban ese tipo de trabajo, y menos aun por parte de la mujer que él quería.
Excepto por aquella vez que estuvieron juntos.
Dejó ese pensamiento de lado pues sentía como un nudo de impotencia se formaba en su garganta. Se concentró en examinar las ruinas hasta que encontró una edificación que parecía ofrecer lo que buscaba.
Entró por una grieta oscura y después de andar por un par de pasadizos encontró los restos de una escalera. Ascendió con mucho cuidado pues sentía que el piso no era del todo estable.
Después de un traspié con un escalón que se de-rrumbó, llegó a una habitación que le daba una buena vista del panorama que le rodeaba.
Aún existían edificios que parecían llegar hasta las nubes, pero nadie se atrevía a entrar en ellos. Más de una vez algún curioso había entrado para morir debajo del concreto. O peor aún, se escuchaban terribles ruidos y después de un apagado grito, el silencio de la muerte.
La zona en la que se hallaban tenia pocos rascacielos por lo que no limitaban su visión. Alrededor de él había unos quince de esos gigantes, pero el resto eran ruinas de tres o cuatro pisos.
Era extraño, pero uno de los edificios al fondo le resultaba familiar. Mantuvo la mirada en él por unos segundos más y luego siguió observando el resto del lugar.
Nada de ruidos fuera de lo natural y tampoco habí-an movimientos extraños. Solo algunas aves que volaban debajo de las nubes.
Aunque nunca había regresado por un camino tan peligroso, logró convencer a Alondra y Josué que ya lo había recorrido antes, presentándosele una excelente oportunidad para matar dos pájaros de un tiro: conocer el lugar y buscar una nueva forma de deshacerse de Josué sin que tuviese que hacerlo con sus propias manos.
El pensamiento lo puso nervioso. También era una opción, le podía pedir que viniese a cargar algo que su débil cuerpo no podía y apenas le diera la espalda matarlo a sangre fría. Pero el plan era complicado, podían sospechar y no era fácil aparentar un asesinato como un accidente.
Repentinamente recordó porque le era tan conocido ese edificio en particular. Un año atrás había entrado en él después de escapar de una pelea entre tribus, prefiriendo lo desconocido al filo de un cuchillo enemigo.
El infeliz que lo perseguía no se dio cuenta del terreno que pisaba y desapareció en un mar de polvo y piedras dándole tiempo de rodear el campo de batalla y regresar a salvo a casa.
Lo que no encajaba en su cabeza era como le ayudaría ese recuerdo. Nada le venía a la mente.
Se quedó sentado pensando en la oscuridad cuando escucho un ruido de al otro lado de la calle.
Después de guardar la respiración por casi un minuto vio la respuesta a sus preguntas. Con el plan formado en su cabeza no perdió el tiempo, cargó su rifle y disparó.


IV.
A Alondra le gustaban esos momentos de tranquilidad al lado de Josué. Hacían que se sintiera en paz consigo misma, como si las cosas horribles que ocurrían todos los días dejaran de existir.
-¿Y se te ha ocurrido un nombre? –le preguntó.
Josué, que estaba concentrado pensando en la gloria que le esperaba a su regreso, le respondió sin pensar.
-Sí, está bien.
Alondra puso cara de desconcierto.
-¿De qué estás hablando?
Josué estuvo a punto de mentirle pero había aprendido a desviar la conversación al tema de su hijo.
-Disculpa, estaba pensando en como proteger al niño cuando nazca y se me salió lo primero que pensaba
Ella se lo quedó mirando, sonriendo. Lo tomó de la mano y le volvió a preguntar
-Te decía si habías pensado en un nombre.
-Nada original hasta ahora –le contestó Josué, que en realidad no había pensado sobre el tema. En los últimos días sus sueños de grandeza eran lo único en lo que él pensaba, y no solamente en los guerreros o el poder. Alondra estaría embarazada por varios meses y él quería tener una compañera cuando estuviera fuera. Imae le gustaba mucho, quizá con su nueva posición le prestaría finalmente la atención que había estado buscando.
-¿Qué tal Alexander? –le preguntó.
-No me gusta, yo estaba pensando en algo como Ariel o Rene.
-Esos no son nombres de guerreros, más parecen los nombres de cobardes que no pelean como...
-¿Filipo? –le interrumpió Alondra. No sabía por qué lo había dicho.
-Si, bueno, no. Digo, no es que Filipo sea un mie-doso.
La respuesta no le gustó a Alondra. Había duda en lo que él decía y ella siempre sintió respeto por Filipo. Por algo había decidido que fuese el padre de su hijo.
-Pero no es un guerrero como tú.
-Tu sabes como yo que si nuestro hijo no es fuerte morirá antes de cumplir los cinco años, y si va a co-menzar bien no puede comenzar con un nombre como Rene o, ¿cuál era el otro?
-Ariel.
-Ese. Te aseguro que tampoco ha existido un gran guerrero con un nombre como Filipo. En cambio, Josué sí lo fue.
Ella le contestó con pena.
-El Josué original murió a los quince años atravesado por una estaca en el pecho.
-Eso no me va a pasar a mí.
-¿Cómo sabes? –dijo en un sollozo, la preocupación que había estado acumulando en los últimos días comenzaba a manifestarse.
-Josué tenía un defecto muy grande, era muy independiente cuando se trataba del combate, no creía en la unión de un grupo. Él simplemente se abalanzaba solo sobre el peligro. Por muy orgulloso o bueno que seas tienes que contar con la presencia de todos, incluyendo a los que son como Filipo.
-No me gusta cómo hablas de Filipo, él es mi amigo.
-Bueno, también es mi amigo pero no quiere decir que me agrade su forma de ser.
-¿Entonces cómo puedes decir que es tu amigo?
El se quedó callado. Era uno de esos momentos en que se daba cuenta que la inteligencia de Alondra lo había puesto en un aprieto. Como en otras ocasiones, había hablado de más, y todo por culpa de Filipo. Invadido por los celos, dijo lo primero que se le pasó por la cabeza.
-El que sea mi amigo no quiere decir que lo respe-te.
Cuando vio el rostro de Alondra se dio cuenta que lo que había dicho, lejos de mejorar la situación, la había empeorado.
Ella soltó su mano, se puso de pie y se lo quedó viendo.
-¿Cómo puedes decir eso de él? ¿Acaso se ha portado como un cobarde como tu dices? Fue Filipo, tu amigo, el que te llevó hasta el Ágoro sin pedir nada a cambio, sin pensar en tonterías de niños como poder y guerreros. Fue él quien te explicó, por varios días y noches, como funcionaban esas máquinas. Ha sido él quien me ha cuidado mientras tú te ibas fuera buscando no se que o no se a quien...
Josué le interrumpió.
-No es mi culpa que no sea lo suficientemente hombre como para no tener mujer y tenga que cuidar la de otros.
El labio inferior de Alondra tembló ligeramente.
-No tienes idea de las cosas que hablas, si supieras, si vieras mas allá de tu cerebro de lombriz te darías cuenta, pero solo piensas con eso –le contestó, señalando su entrepierna.
-¿Desde cuando te has vuelto tan defensora de esa rata?
-¡No hables así de él!
-¿Cómo que no? ¿Qué hay entre ustedes dos, me quieres decir?
-Nada, sólo es mi amigo –mintió a punto de llorar.
No había sido un acierto consciente de Josué, sólo una nueva manifestación de sus celos, pero había dado en el punto débil de Alondra. La culpa que había llevado dentro de su vientre por tres largos meses.
Se sintió agotada después de tanto tiempo de angustia y ansiedad, por lo que se sentó y se puso a llorar con las manos en el rostro.
Josué se acercó para abrazarla pero ella no lo dejó. Cansado, dijo una grosería en desdén y se sentó nuevamente junto al fuego.
No iba a enfriarse por ella.


V.
Había dado en el blanco. Su víctima se hallaba en el suelo con los brazos abiertos y el rostro echado hacia un lado mientras un hilo de sangre caía por su frente. Al principio sus compañeros no entendían lo que pasaba. Más de uno pensó que se trataba de un castigo divino al haber pisado tierra sagrada, pero el eco del disparo se convirtió en grito de alerta. Ya fuera de su estupefacción, todos corrieron a cubrirse.
Tras el primer disparo, Filipo se quedó quieto esperando ver la reacción de los demás. Cuando vio que corrían a esconderse de más ataques, reinició el fuego tratando de herir o matar a otro.
No tuvo éxito. Se hallaba muy nervioso después de haber matado a un hombre. Peor aun, no pasaría mu-cho tiempo para que se dieran cuenta que sólo se enfrentaban a un atacante con mala puntería.
Así, poco a poco fueron devolviendo el fuego con sus armas, cada vez más exactos y acercándose a su posición hasta que una bala chocó en la pared a pocos centímetros de su oreja, obligándolo a esconderse a un lado mientras respiraba con fuerza y cogía su rifle entre las manos. No podía pensar con claridad, no sabía qué hacer, el no era un guerrero, sólo era un apoyo.
Miró a los lados buscando algún tipo de ayuda, pero sólo encontró los rincones oscuros y sucios de la habitación. Lo que había parecido una buena idea al principio, se había convertido en una situación propia de una pesadilla. Se sentía inútil, ellos eran demasiados para el solo.
Incapaz de poder soportar la idea de morir, se paró y salió corriendo bajando la escalera sin cuidado.
Estaba en el décimo escalón cuando este se derrumbó, salvando el equilibrio gracias a la baranda. Se quedó unos segundos colgado, petrificado, pero recuperó el control y siguió bajando.
El ruido que estaba haciendo no pasó desapercibido. Los pandilleros habían ubicado el lugar desde el cual habían sido atacados. Uno se pegó a una de las paredes y tras sacar la espoleta, lanzó una granada por la ventana desde la cual Filipo había hecho los disparos. La explosión remeció la estructura de tal forma que comenzó a derrumbarse.
Pequeños trozos de concreto caían sobre la cabeza de Filipo, quien veía como todo temblaba alrededor de él y el ambiente se llenaba de polvo. Apenas cruzó la entrada, los pisos superiores comenzaron a colapsar.
Temeroso que algún objeto de arriba le cayese encima, comenzó a correr. No había avanzado mas de diez metros cuando una gran nube de polvo lo cubrió todo y no le dejó ver.
Tratando de orientarse, pudo ver a lo lejos una sombra que se acercaba. Filipo sabía que era uno de ellos, pero su cazador pensaba que era uno más de su pandilla. Estaba a punto de preguntarle si había visto a la rata que los había atacado cuando se dio cuenta de su error. Un cuchillo lo atravesó a la altura del estómago y sin poder gritar, cayó al suelo escupiendo sangre.
Filipo había matado por segunda vez en un solo día. Ayudado por el desconcierto creado por el edifi-cio derrumbado, se dejó llevar por su instinto hasta que se encontró fuera de la polvareda. Avanzó unas cuadras más hasta que sintió que no podía seguir por el cansancio y, apoyándose en un montículo de tierra, comenzó a vomitar.
La cabeza le latía con fuerza y las piernas le temblaban sin parar. Nunca había matado a otro ser humano de esa forma, siempre lo había hecho de lejos o de manera indirecta. Pero ver como la sangre le salía a su victima y como se retorcía en el suelo era dema-siado para él.
Él no era un guerrero, no estaba hecho para eso, solo quería vivir tranquilo y llegar a ser viejo. Abru-mado por las emociones, cayó al suelo sobre su desperdicio y comenzó a llorar.
VI.
El primer disparo lo sacó de su trance. Era el arma de Filipo. Se paró, alerta y con una ligera sonrisa. Ese sonido significaba pelea. Solo en esas ocasiones era que se usaban balas. Pero, ¿dónde era?
Estaba en el marco de la ventana esperando otro disparo cuando recordó con quien se hallaba.
Volteó a verla. Había miedo en su rostro. Sus sueños de gloria se desvanecieron. No podía dejarla sola.
Tenía que buscarse otra mujer aparte de Alondra, una que fuese con él al combate. No podía arriesgar a su hijo.
-Ven, vámonos de aquí,
-¿Qué? ¿Qué hay de Filipo?
-¿Acaso no oíste ese disparo? Él esta muerto.
Ella se hecho a llorar. Josué la cogió del brazo.
-Vámonos, no nos podemos quedar aquí, es muy peligroso para ti y nuestro hijo.
Alondra asintió resignada. Aunque no quería dejar atrás el cadáver de su amigo, tuvo que admitir que Josué tenía razón.
Estaban saliendo por la puerta trasera cuando una serie de disparos los paralizó. Entre todos, Josué pudo distinguir el rifle de Filipo devolviendo el fuego.
-¡Está vivo! –exclamó Alondra
-No podemos ir en su ayuda, ¿acaso no escuchas? Es un ejercito contra él solo, no logrará escapar de ellos.
-¿Y si fuera yo la que estuviese ahí?
-Es diferente, y tú lo sabes.
-¡No! No lo es. Y si tú no vas a ir tras él, yo si.
Él la cogió de ambos brazos.
-Detente mujer ¿Estás loca?
Furiosa, pateó a Josué en la ingle y salió corriendo, dejándolo atrás gimiendo de dolor.
Ella había estado en combate antes y estaba acostumbrada. Se abrió paso a través de zanjas, ruinas y cerros de piedra, hasta que vio una gran nube de polvo que se levantaba a unos cien metros de ella.
Temerosa, se acercó con cautela, tal y como Filipo le había enseñado. Repentinamente, escuchó un sollozo en un callejón a la derecha.
Ahí, sobre el suelo inmundo, estaba Filipo, llorando como una criatura. Ella se acercó y le acarició el pelo, susurrando su nombre.
Él volteó la mirada, temeroso de que sus persegui-dores lo hubiesen encontrado. Pero al verla a su lado le brindó nuevas fuerzas.
Empero, ¿qué hacía ella sola en ese sitio? Quizá su plan había funcionado y Josué estaba muerto.
-¿Josué?
-Viene atrás –ella estaba segura de que así era-. Ven, vámonos de aquí.
Filipo asintió y se paró, avergonzado de su estado; lleno de polvo y vómito sobre su cuerpo.
-No te preocupes, después te lavas, ahora vámonos antes de que sea muy tarde.
Tomándolo de la mano, salieron corriendo por donde ella pensaba que era más seguro. Estaban a la mitad de camino de su refugio cuando escucharon a Josué que gritaba el nombre de Alondra a todo pulmón.
-Idiota –murmuró ella.
Filipo no dijo nada pero pensaba lo mismo. Arriesgándolo todo, Alondra tuvo que contestarle para que se callara. En menos de un minuto él se hallaba a su lado, abrazándola y pidiéndole perdón.
Filipo sentía que no pertenecía a ese lugar.
-Tenemos que salir de aquí –dijo Alondra.
Josué se separó de ella y asumió nuevamente la posición de líder.
-Tienes razón. Mi amigo, dirígenos ya que conoces mejor estos parajes.
Con mal humor, Filipo se puso a la cabeza y los comenzó a guiar.


VII.
El líder estaba molesto. No sólo habían asesinado a su hermano, también a uno de sus exploradores. El infeliz se hallaba en el suelo atravesado por un cuchillo y rodeado por una gran mancha de sangre que ya empezaba a coagularse.
Los demás estaban buscando alguna pista de su atacante. Finalmente un grito de alerta hizo que se acercara a la entrada de un callejón.
Su segundo y ahora único explorador, había encontrado algo. Mientras se acercaba, este le iba diciendo que además de las múltiples pisadas también había restos de vomito.
Le preguntó si era posible seguir las huellas y este asintió. Simulando un carroñero, hizo un llamado al resto de su tropa y le indicó al explorador que avance con rapidez.
Sólo podía pensar en una cosa y esa era vengar la muerte de su hermano.


VIII.
Filipo avanzaba lo más rápido que podía pero el camino que habían tomado no era fácil. Por tratar de escaparse de sus perseguidores, habían escogido una ruta que él no conocía y que estaba llena de obstáculos. Peor aun, tenían que evitar hacer cualquier tipo de ruido bajo el riesgo que los descubriesen.
Habían avanzado menos de dos kilómetros cuando se detuvieron a descansar unos minutos. Él se sentó en el suelo mientras Alondra descansaba apoyada sobre Josué. Aunque él también se hallaba terriblemente cansado por la huida, no daba apariencia de estarlo.
-Tenemos que seguir –indicó Josué.
-No puedo –le contestó Filipo.
-No importa si puedes o no puedes, tenemos que seguir.
-¿No entiendes que no puedo? Estoy muy cansado.
-Maldición Filipo, no te has dado cuenta el lío en el que estamos, y todo por tu culpa.
-No había otra opción –Filipo les contó en el camino una versión algo diferente de lo que había pasado en realidad
-No debiste disparar, debiste matarlo con el cuchillo como al segundo.
-Ya te dije que no había otra opción –le contestó gritando, pero un disparo hizo que se tiraran al suelo. Por poco no le habían dado a Alondra.
-Corran –susurró Josué.
Salieron en cuclillas y luego comenzaron a correr internándose en una calle mientras escuchaban los gritos detrás de ellos.
Después de voltear por una esquina y luego por otra se encontraron con un rascacielos que bloqueaba su escape.
-Estamos perdidos –sollozó Alondra.
-No, vamos por el edificio –le contestó Filipo.
Josué titubeó pero se dio cuenta que no había otra opción. Si tan sólo Alondra no hubiese estado con ellos.
Entraron corriendo, esperando lo peor pero nada. Sólo encontraron un pasadizo largo, frío y húmedo. A pocos metros de llegar a una esquina una bala le cayó a Filipo en la pierna. Este cayo al suelo, gritando.
Josué, que se hallaba detrás de él, lo levantó y lo cargo al hombro. Al llegar al fondo del corredor, traspasaron la puerta sin mirar atrás.
Mientras tanto, en la entrada del edificio, el líder observaba. No se atrevían a entrar. Quienes osaban hacerlo desaparecían y no se les volvía a ver.
Cuando comprobó que no iban a regresar, se dio por satisfecho y le indicó a todos que era hora de irse. Sabia que los tres estaban muertos.

IX.
Josué regresó al lugar donde había dejado a Filipo y a Alondra.
-No han entrado, parece que le tienen miedo al lugar.
Filipo estaba temblando. Aunque un torniquete impedía que la sangre siguiese saliendo, estaba muy débil. Iba a entrar en estado de shock.
-Tenemos que salir de aquí y regresar a la tribu, su herida no es grave pero está perdiendo mucha sangre –dijo Alondra.
-Filipo, ¿sabes cómo salir de aquí? –le preguntó Josué.
Él sólo siguió temblando.
Josué se impacientó. Se inclinó y lo tomó de la ca-beza.
-Maldición, ¡deja de portarte como una niña!
-¡Josué! ¡Déjalo! ¿Acaso no has visto como esta? El pobre esta exhausto.
-El infeliz prefiere morir aquí, en este piso frió, que luchar por su vida –exclamó con disgusto. En realidad no era lo que pensaba, pero tenía deseos de enfurecer a Alondra. Ella no le contestó.
-Voy a ver que hay al otro lado –dijo Josué. Se alejó por el pasillo unos minutos y regresó.
-No sé a que le tenían miedo esos idiotas, pero hay una salida al otro lado.
-¿Y si están ahí, esperándonos?
-Lo dudo, recuerda lo grande que es esto. Tendrían que darse la vuelta para poder llegar. Se demorarían más de una hora.
-Tienes razón. Filipo, tenemos que irnos.
Filipo seguía temblando.
-No tiene caso, tenemos que de...
Alondra lo miró con furia.
-Ok, lo llevaré al hombro, pero cuando ya no pueda cargarlo, él tendrá que caminar por si solo.
-Entonces lo llevaré yo –le contestó Alondra con determinación.
Josué no dijo nada. Se limitó a cargar a Filipo y caminar. Después de tres pasadizos y dos puertas, llegaron a la salida.
Sin embargo, al salir paso algo extraño. Todo temblaba, no solo el piso, también sus cuerpos y el horizonte, como si el mundo entero estuviese vibrando.
Finalmente cayeron al suelo con un fuerte dolor de estómago.
-¿Qué fue eso? –preguntó Filipo.
-No lo sé –le contestó Alondra.
-No importa, vámonos. Y tú, camina.
-No puedo.
-¡Camina!
-Hay que descansar.
-Acaso no entiendes idiota, si te quedas te mueres.
Filipo comenzó a llorar, incapaz de levantarse.
Resignado, Josué lo cargó y enrumbó hacia unas estructuras que le parecían conocidas. Después de avanzar quince minutos se dio por vencido y soltó a Filipo sobre el suelo.
-No puedo más. Tendremos que dejarlo.
Alondra estaba a punto de criticarlo cuando una gran masa de sangre y sesos saltó de la cabeza de Josué.
Ella dejó escapar un grito y se dejo caer con las rodillas al suelo mientras Filipo sonreía para si mismo.
Alondra lloraba sobre el cuerpo de Josué sin saber que pensar hasta que vio el arma de su novio. Llena de furia, la tomó y entre sollozos le indicó a Filipo que no se moviese.
Arrastrándose entre los escombros, se escondió detrás de los restos de algún vehículo. A unos doscientos metros, detrás de un montículo de tierra, se hallaba el asesino, disparando a intervalos. Quería asustarlos y sacarlos de su escondite.
Estaba solo. Haciendo poco ruido, fue dando la vuelta, acercándose cada vez más. Ya faltaba poco cuando escucho una pequeña explosión y un grito terrible. Habían matado a Filipo con una granada.
Perdió el control. Muertos su amante y el padre de su hijo sentía que no había nada por lo cual vivir. Se paró y comenzó a avanzar con el rifle cargado en la mano.
Cuando lo tuvo cerca le disparó al brazo. La reacción del asesino fue soltar su arma, cogerse la mano herida y voltear a ver quien le había disparado. Al hacerlo el casco se partió en dos y Alondra pudo ver su rostro.
Era una mujer la que los había atacado, pero no cualquier mujer. Era hermosa. El pelo castaño lacio caía sobre sus hombros, y el rostro era delicado como la nieve. Tenia ojos verdes como los suyos. Ahora la odiaba más. Nunca se vería como ella. No sólo la hacia sentir fea e inferior, también le había quitado a los dos hombres que más quería en su vida.
La asesina no hizo nada. Se quedo viendo a Alondra, perpleja. No entendía lo que estaba pasando. Comenzó a decir algo mientras movía la cabeza a los lados pero a Alondra no le importaba lo que tuviese que decir.
La odiaba, ya no sólo porque era su enemigo, sino porque se veía limpia y angelical. No como ella, sucia y maloliente.
Cansada, Alondra le disparó al rostro y la mató.


X.
Alondra miraba al horizonte. ¿Qué podía hacer una mujer sola, perdida y embarazada?
Se echo a llorar por más de una hora. No quería ir donde estaban los cuerpos quemados de Filipo y Josué o ver el cadáver de esa mujer, así que tomó otra ruta.
Se hallaba mirando al cielo, distraída, cuando un gran hueco se abrió bajo sus pies y comenzó a caer sin que pudiese evitarlo.
No duro mucho. Tocó fondo en un canal de agua, sumergiéndose de cuerpo entero.
Nunca había visto tanta agua. Aunque no sabia nadar se dejo llevar por el instinto, permitiéndole mantener a cabeza afuera.
Era como nadar en el aire. El agua era tan pura, tan fluida que avanzaba y corría con fuerza. No era como los pantanos a los que estaba acostumbrada.
Tenía un sonido que jamás había escuchado antes, como si tuviera vida.
Sobre ella se veían unas rayas que emanaban luz que parecían ser parte del techo. Eran como las luces del Ágoro.
Finalmente la corriente perdió fuerza, dejándola en una rampa. A unos metros se hallaba una entrada semicircular de vidrio. Salió del agua tambaleando y cayó exhausta.


XI.
Se levantó renovada. Era como si el agua fresca le hubiese dado fuerzas. Tomó toda la que pudo y una vez que estuvo satisfecha ingresó por la puerta de vidrio.
Al final del pasadizo había una puerta de color blanco oscuro. Al abrirla pudo ver una habitación con muebles de madera y, colgando en el aire, una termi-nal como la que había en el Ágoro.
No le tomó mucho tiempo aprender a usarla, trabajaba con una conexión neural como las otras. Le brindó un mapa detallado del complejo, dónde se hallaba la comida, la sala de ejercicios, la de entretenimiento, los cuartos de estudio, la enfermería, las habitaciones, la armería y la salida.
Después de comer se fue a curar las heridas a la enfermería, donde un asistente robótico le dio un completo análisis de su estado, incluso la fecha de nacimiento de su bebe.
Nacería en el verano.
Le proporcionó una serie de indicaciones y le enseñó la sala de partos. Alondra se sentía segura, tenía dónde dormir, qué comer y un lugar seguro para dar a luz a su hijo. Era el mejor padre que podía buscar.
Pasaron los meses y su condición fue mejorando. Las enfermedades desaparecieron y con el agua limpia y la buena alimentación sentía que adquiría más fuerza.
En sus ratos libres pasaba el tiempo viendo viejas películas que la hacían reír, llorar o temblar de miedo por más de una noche. Aprendió la historia de sus antepasados y lo que había pasado. También supo el propósito del refugio.
Finalmente llegó el verano y la fecha del parto. Tras una labor sin complicaciones, su hijo, René, vio la luz de su mundo artificial a cientos de metros bajo tierra, lejos de la locura del mundo exterior.
A pesar de todo eso, Alondra se sentía sola, y también sentía una responsabilidad con su tribu.
Ochenta y dos días después del nacimiento estaba lista. Se colocó una armadura especial recomendada por la computadora, un casco transparente que le permitía ver a todos lados y la mejor arma que encontró.
Después de darle un beso a su hijo, le pidió a la computadora que lo cuidara hasta su regreso. Salió después de meses de no ver el sol y con una brújula en mano se dirigió a su antiguo hogar.
Unos minutos después escuchó unas voces horribles afuera de un edificio cercano. Se ocultó y observó por la mira de su arma.
Un ser grotesco estaba gesticulando algo a otra persona, pero no podía ver a quien, una pared bloqueaba su vista.
De forma automática, no perdió el tiempo y disparó sin pena ni asco. El hombre cayó muerto pero no lograba ver al resto. Hizo varios disparos para obligarlos a salir pero seguían inmóviles. Cansada, disparó una granda térmica sobre el lugar, acabando con la vida de otro infeliz.
¿Habrían más? No se podía arriesgar a que la vean. Repentinamente, los sistemas de su armadura se apagaron.
¿Qué había pasado?
Trató de hacerlos funcionar pero no podía. Pasó varios minutos jugando con las conexiones en el panel que tenia en el antebrazo cuando un dolor terrible le recorrió el brazo mano.
¡Le habían disparado!
Con fuerza, apretó la mano herida para evitar que saliera la sangre.
¿Dónde estaban? No había nadie adelante. Asustada, volteo para encontrarse cara a cara con su atacante.
Sin entender porque, el casco se abrió solo, dejando que su rostro se descubriera al sol.


XII.
René el huérfano no estaba sólo. El guardián era ahora quien lo cuidaba. Su madre estaba muerta y su padre había sido asesinado por ella.
El otro niño tampoco importaba. Los tres estaban muy enfermos, nada podía hacer por ellos. Con el mejor tratamiento no hubiesen vivido más de cuarenta años.
Además, existía un conflicto muy grande entre los tres. Pero René era diferente, era un ser humano limpio del odio de sus padres. A diferencia del resto, él si tenía esperanza.
Era el nacer de una nueva era. Un semidios cumpliría el deseo de sus antepasados. Regresar la gloria enterrada entre las ruinas de las ciudades radioactivas, darle a la humanidad un futuro lejos de la barbarie.
Él los había encontrado en el Ágoro. Estimando que su plan tenia un porcentaje de falla del veinte y tres por ciento, implantó en ellos las dudas, miedos y conocimientos inconscientes que los habían llevado a él.
El guardián sabía de la distorsión en el espacio tiempo en la salida del edificio federal. Hasta ahora, no entendía cómo se había creado, pero sabía cómo podía usarse para viajar unos meses al futuro.
Se había arriesgado a perder al bebé, pero había funcionado. Seria una lección más para el niño cuando creciera y saliera al mundo para cambiarlo
Pero antes, había que hacer algo con el nombre. No se le conocería más como René, ahora se llamaría Prometeo.

De la Tierra a la Luna

“Fly me to the moon
Let me play among the stars
Let me see what spring is like
On a-Jupiter and Mars
In other words, hold my hand
In other words, baby, kiss me”

FRANK SINATRA
Fly Me To The Moon


I.
Era hora de despertarse.
En el horizonte, el sol se asomaba de a pocos, iluminando las profundidades del espacio.
En orbita sobre la Tierra, se quedo unos momentos contemplándola. Era una experiencia casi mágica. Podía quedarse ahí por siempre, pero la verdad era que no podía. Casi era hora.
Habían pasado casi tres años desde que el y resto de sobrevivientes se habían estacionado arriba. Pero tal como lo temía, solo quedaba él.
Al principio habían permanecido ahí, pensando en los eventos ocurridos en los últimos años. Finalmente partieron para no volver, dispersándose hacia donde su destino los esperase.
Nada los ataba ya al mundo de su infancia.
Excepto a él. Él tenía que quedarse y esperar a que le avisaran.
Tomó fuerza, pues sabía que si había salido de su sopor era porque el mensaje había llegado. Envalento-nado, terminó de activar sus sentidos.
Sintió como una explosión de información sacudía su existencia. Millones de voces, ruidos e imágenes entraban con la fuerza de un alud.
Había de todo. Cientos de millones de datos sobre la vida de cada persona. Comunicaciones portuarias, inacabables reportes de clima, reportes de bolsa, emi-sión de bonos, la campana de un colegio e incluso la risa y alegría de quienes aun la sentían.
Todo ese ruido conformaba la complicada alfombra de la presencia humana en el Universo. Cada parte era una hebra esencial del resto. Todo estaba unido en una red que sólo unos pocos descubrían y entendían.
La humanidad, vista desde arriba era un animal enfermo pero lleno de esperanza.
Suspiró.
"Algún día", pensó él. Pero ese no era el lugar ni la época.
Con paciencia, fue ordenando sus pensamientos, estructurándolos, organizando la información y dejan-do que fluyera de forma ordenada. El ruido se fue convirtiendo en melodía.
Al final se sintió otra vez él. Un posthumano, un ser humano que había dejado atrás su vida material y había sido convertido en algo más, una mezcla de hombre con máquina, casi etéreo y con poderes que en otros tiempos hubiesen sido considerados como mágicos.
Sin angustia y sin temores, su necesidad de existencia era la de aprender y entender los misterios del Cosmos, un sueño que, desde épocas inmemorables, la humanidad había buscado.
Lamentablemente, lo que en la antigüedad hubiesen considerado como un dios, en el presente lo miraban como a una abominación. Un ser horrendo al cual había que temer y destruir.
Que hipocresía la de sus hermanos corpóreos. Se espantaban ante el hecho de que él pudiese mover una taza con el pensamiento pero no titubeaban en acabar con cientos de miles de vidas con sólo presionar un botón.
Desterrados de su propio mundo, los posthumanos sobrevivientes decidieron emprender un viaje de exploración y de conocimiento: dejar atrás la Tierra y sus inacabables guerras para buscar un nuevo futuro.
Sin embargo, a diferencia del resto, él tenía que cumplir una promesa de antaño que, a pesar de los años, no había olvidado.
Él nunca olvidaba.
Mientras pensaba en eso, escucho el mensaje que lo había despertado.
Sonrió.
Era hora de cobrar un viejo favor.




II.
Era el año 2063 después de Cristo, y si el fin del mundo no había llegado, entonces era mejor que llegara, pensó, porque no era capaz de imaginar peores miserias que las que había visto.
Esos eran los pensamientos del doctor Mario de la Fuente, médico cirujano que, por circunstancias fuera de su alcance, había sido envestido con el alto cargo de Cirujano Presidencial y se hallaba en la mitad de una guerra civil que llegaba a su fin.
¿O no?
Jamás supo cuándo empezó. Algunos decían que hacía cien años, otros decían que hacía quinientos.
¿Importaba eso ahora?
Después de años de lucha, los rebeldes habían alcanzado y rodeado la capital, reclutando a los cientos de miles de pobres que por décadas habían vivido en las faldas de la gran ciudad esperando un cambio que nunca llegó.
Les ofrecieron un gobierno nacionalista, del pueblo, no de ricos. Un nuevo Perú, en el cual todos trabajaran por el bien común. El neocomunismo en su expresión máxima.
Al frente, dentro de los edificios cercanos, el ejército nacional se parapetaba lo mejor que podía. Los pocos helicópteros que quedaban zumbaban alrededor, haciendo guardia, y la artillería disparaba sin descanso tratando de detener el avance rebelde.
Miró al mar, pensando. Decían que la ayuda llegaría por allá. Que barcos-ciudad y mega-aviones los rescatarían, llevándolos al otro lado y lejos de ese terror que poco a poco se acercaba.
Eso decían, pero los días iban y venían y nada pasaba.
En ese momento, un ruido espantoso recorrió el cielo. Era un chirrido que obligaba a cerrar los ojos. Apenas dejó de sonar, una explosión retumbó por la ciudad.
-Están usando girasoles -dijo un soldado, espantado.
"Girasoles", pensó Mario.
A los pocos minutos otra vez el mismo zumbido, destruyendo otro edificio.
El polvo comenzaba a cubrirlo todo, nubes grises y enormes formadas por el concreto pulverizado.
Mario se dio cuenta que los rebeldes se estaban abriendo camino despacio y sin apuro, como un ciru-jano.
No le gustó la idea.
Un tercer girasol cayó sin compasión sobre su víctima cuando, rasantes, aviones de combate de la fuerza área pasaron volando por el terreno en busca del enemigo.
En el horizonte se les vio desaparecer para jamás volver.
-Ese fue el ultimo estertor de la gloriosa Fuerza Aérea del Perú -dijo alguien con lástima.
Al poco rato el zumbido de los girasoles se reini-ció.
Que había allá adelante, no lo sabían. Sin comunicación satelital, estaban ciegos, como en el siglo pasado.
Pero había quienes sabían lo que pasaba, lo esta-ban viendo en sus pantallas, a colores y a tiempo real. Habría otros que lo verían como un juego, sentados en su sillón de cuero y comiendo algo, preguntándose que edificio caería después o quién seguiría en la lista de muertos.
Cansado, dejó de ver por la ventana y caminó por el pasillo, viendo los cuartos atiborrados de enfermos. Casi todo estaba lleno de ancianos; quien pudiese empuñar un rifle estaba afuera, luchando por su vida. Empero, los infelices que se hallaban dentro eran muertos en vida.
¿Qué les harían los rebeldes cuando llegaran?
Con gran tristeza vio como una anciana caminaba lenta y pausada regresando de tomar agua. No había enfermeras que las ayudaran, ya a nadie les importaba.
Suspiró.
Los matarían a todos, con cuchillo para ahorrar munición, y los echarían a una fosa común.
En ese momento un general pasó corriendo y se metió a uno de los salones. Dos soldados lo acompañaban.
Segundos después, el guardaespaldas que tenía asignado por ser el Cirujano Presidencial, un joven de nombre Johnny, le indicó que le siguiese.
Ambos entraron con paso apresurado. Dentro de la habitación, el Ministro de Defensa, los generales y algunos otros cuyos cargos no recordaba, miraban a la nada, como si la muerte hubiese entrado.
Al ver la cara de extrañeza del doctor, uno de los generales se envalentonó y en voz de mando le dijo.
-No habrá rescate.
Nada más. No le dio razones ni motivos, solo un hecho y que ni se pensara más en la esperanza.
-Soldado, entréguele al Doctor dos pistolas. Como nosotros, morirá como Bolognesi.
Johnny salió apresurado y regresó con dos vejestorios del siglo veinte. Solo quedaban unas pocas balas en cada una.
Mario dudaba que siquiera funcionaran, incluso dudaba si fuese capaz de usarlas. ¿No había luchado tantos años para salvar vidas para ahora quitarlas?
Se las estaba colocando en un cinto que le habían dado cuando el comandante en jefe comenzó un dis-curso que se trasmitió por todo el hospital.
-Peruanos, la hora de la verdad ha llegado. Tras días de silencio me han traído la mala noticia: No habrá rescate, ni aéreo ni marítimo por parte de las llamadas Fuerzas de Paz. No les importamos, lo que pasa acá no es su asunto y nosotros tampoco. Por ellos, que nos vayamos al mismísimo infierno.
Hizo una pausa y con voz autoritaria terminó.
-¡Así que eso haremos! ¡Lucharemos hasta el final! Con rayo, cohete, pistola o piedra, todos moriremos como hombres que lucharon por la nación, por los héroes de la patria, por sus más de doscientos años. ¡Viva el Perú!
No pudo seguir. Un olor a plástico quemado se extendió por la habitación. El viejo sistema de comunicación del hospital colapsaba tras semanas de extenso uso. Era como si se hubiese rendido de antemano sabiendo lo que se veía venir.
Sintiendo el estomago pesado, el doctor salió del salón y fue a la habitación de heridos. Con consternación vio que los estaban sacando y colocándolos en las ventanas con rifles. Ellos también morirían con un arma en la mano.
¿En que sueño de locos había terminado?
No tenia lugar en ese mundo, no se sentía parte de él.
Ni los enfermos ni los heridos importaban, no había con que curarlos, no había por qué hacerlo. Tenían que morir luchando por la democracia del nuevo Perú.
Sin embargo, ¿alguna vez existió en su patria una democracia real? ¿O simplemente había sido una sucesión de caudillismos y oligarquías inamovibles?
Miró al cielo y se dio cuenta lo inútil que eran las preguntas que se hacía. La realidad histórica era evidente. La República no había funcionado, era una falacia. Allá afuera estaba el verdadero pueblo, los verdaderos habitantes del país luchando en cada metro cuadrado para obtener su concepto de libertad.
Se acercó a una de las ventanas libres y miró por el vidrio. Sabía que a esa distancia podía ser presa de un francotirador, pero también sabía que nadie tocaría ese edificio.
Entrarían y matarían uno a uno hasta llegar al que buscaban, al símbolo de la represión que en los últimos años había luchado contra ellos.
Allá abajo, custodiado por su temida Guardia, estaba el Presidente, o por lo menos lo que quedaba de él. Mutilado e inconsciente, los pocos instrumentos modernos que había en el país eran los que lo mantenían con vida.
Con fatal alivio, se dio cuenta que ya no tendría que ocuparse de moverlo. Por horas había estado tenso pensando como hacerlo sin que muriese en el camino. Algún general hubiese pensado que era un rebelde y lo habría matado sin dudarlo al ver que su Presidente se moría a pesar de ser el Cirujano Presidencial el que lo cuidaba.
Una cosa menos por la cual preocuparse.
¿O no?
Miró al horizonte para apartar su mente de esos pensamientos.
Abajo, la ciudad era como en las escenas de guerra: edificios caídos, polvo por todos lados y las balas trazadoras yendo y viniendo por doquier. De vez en cuando un rayo se dejaba ver y hacia estallar algún blindado o almacén de combustible.
Era una lucha salvaje, como aquellas de Stalingrado, hacía más de cien años. Pero en esa ocasión la lucha fue contra un enemigo externo, acá era una guerra entre hermanos. Parecía un suicidio nacional mas que un combate.
Otro girasol hacía blanco sobre uno de los edifi-cios que alguna vez fue uno de los más grandes bancos del país. Tocado fatalmente, se vino abajo envuelto en una nubareda naranja, cubriendo los alre-dedores.
¿Por qué los habían abandonado? ¿Qué miedo podían tenerles las Fuerzas de Paz a los rebeldes? Su armamento y blindaje era por mucho superior y con solo apretar un botón, podían evaporar toda la línea enemiga.
Tras pensarlo cayó en cuenta que en ese mundo nuevo, donde ya no interesaban las materias primas sino el conocimiento, no era cuestión de ética o de mantener la democracia viva como en otros tiempos. Eso ya no importaba. Lo que importaba era la estabilidad. El resto, los que no lograban alcanzarla, podían hundirse solos en sus problemas.
Quizá, después del desastre y el horror de la revolución, el primer mundo entraría y empezaría de cero. Quizá buscaban que no quedara vestigio de lo antiguo, nada que simbolizara las viejas estructuras de poder.
Un nuevo girasol surcaba el cielo cuando explotó en el aire, no en un edificio.
Eso no tenia sentido.
Algunos soldados se acercaron a las ventanas a ver lo que ocurría.
¿Acaso habían venido a rescatarlos?
Los rumores corrían por el edificio cuando un temblor recorrió su estructura
¿Una esquirla del girasol destruido? A unos metros se escuchaba a un sargento gritando que algo había destruido la central de comunicación en el piso supe-rior y que un grupo de comandos había infiltrado el edificio.
Al escuchar eso, Johnny lo tomó del brazo y lo llevó tres pisos abajo, al comedor. Allí podría proteger al Cirujano Presidencial, el único doctor vivo.
El comedor era una sección única. Tenia el techo dos pisos arriba y estaba rodeado por pasadizos. Los militares sabían que, desde abajo, se podía ver quienes venían, permitiéndoles colocar una barricada para contener cualquier ataque.
Cansado de no saber lo que pasaba, Mario encendió su computador portátil y accedió al ImaReal, el sistema de información del ejército, del cual hacían uso los estrategas en las entrañas del edificio para poder así controlar la lucha, tanto dentro como fuera del hospital.
Al principio no entendía lo que pasaba, pero después se dio cuenta que en verdad nadie sabía. Solo se veía que poco a poco, una a una, las pantallas de los soldados dentro del hospital se iban apagando y que todo era un caos.
Eso quería decir dos cosas: o el grupo de comandos enemigo tenia una extraordinaria puntería, o estaban usando armas no convencionales.
Alrededor de él los soldados se colocaban en posición y revisaban el estado de sus rifles una y otra vez, mirando a su vez que el blindaje que llevaban puesto estuviese bien colocado.
Entre las imágenes y los disparos Mario se fue dando cuenta que algo andaba mal, y al parecer los estrategas también pensaban lo mismo pues ya no buscaban la captura de los enemigos, sino darles muerte a cualquier costo.
De balas pasaron a granadas, y luego a cohetes, con explosiones que sacudían el edificio entero y que le hicieron pensar a Mario si afectarían los delicados equipos que mantenían vivo al Presidente.
Sin dejar de ver los reportes y videos a tiempo real el doctor concluyó que los intrusos no eran rebeldes. No sólo por el tipo de armas que usaban, era obvio que habían sido ellos los estaban interceptando los girasoles.
¿Quiénes eran? No estaban ahí para ayudar. Era obvio que estaban buscando algo, ¿pero qué? ¿material genético?
Algún general fanático pensó que eran cazadores de recompensas y vociferaba por los canales de comunicación que buscaban capturar al Presidente para poder pedir rescate, pero la idea tenía tan poco sentido que Mario se rió.
¿Cuál era la clave del rompecabezas?
Los comandos estaban bajando piso por piso y pronto llegarían a donde él estaba. ¿Seria seguro quedarse ahí?
Obviamente no, quizá el sitio más seguro de todos era en la habitación donde se hallaba el Presidente pues era obvio que no era él a quien buscaban.
Trató de levantarse pero los soldados a su alrededor no lo dejaron. Había ordenes irrestrictas de que nadie se moviera de su posición o sería ejecutado.
"Vaya disciplina", pensó con asco.
Al poco rato vio que del pasillo superior, media docena de soldados al mando de un sargento retroce-dían mientras disparaban incesantemente, no balas, sino láser de calibre medio.
Pero uno a uno iban cayendo producto del fuego enemigo. Al final sólo quedo el sargento y otro soldado. Ambos se metieron a un cuarto del pasadizo para seguir disparando desde esa posición.
Todos desde abajo veían con espanto la escena, pues no comprendían cómo algo podía resistir armas de ese calibre.
Desde una de las entradas del comedor, emergie-ron un capitán y dos soldados, llevando un lanzagranadas a cuestas. El arma llevaba cargada una granada de impulso electromagnético.
-Qué cosa hay allá arriba para que quieran disparar con eso -exclamo en voz baja.
Todos, al ver lo que se tramaba, se parapetaron lo mejor que pudieron y se cubrieron detrás y debajo de la estructura más sólida que pudieron encontrar.
El capitán se detuvo en la mitad del comedor y apuntando el arma mientras los soldados lo fijaban al suelo. Apenas terminaron se fueron corriendo por donde vinieron, esperando que el capitán disparase con el contador del arma y les diera tiempo para cubrirse, pero no lo hizo.
Sin siquiera importarle su vida o la de cualquiera, disparó la granada EMP.
Lo que siguió después fue una breve explosión microatómica en el pasadizo por donde venía el co-mando enemigo y el caos en todos sus sentidos.
A pesar que la mayoría del edificio resistió debido al reciente refuerzo en su nanoestructura, muchas otras partes de éste no lo hicieron, incluyendo a la gente.
Los dos desafortunados soldados que habían ayudado al capitán murieron despedazados por la explosión.
Desde el techo cayeron pedazos de concreto y hierro, matando y mutilando a quienes se hallaban en su camino.
Del capitán que disparó la granada solo quedaba una mancha de sangre.
Dentro de la insanidad que le había tocado vivir en las últimas semanas había preferido morir así que enfrentarse a los rebeldes.
La barricada en la que Mario se encontraba voló por los aires, él incluido, cayendo, con mucha suerte, sobre una mesa de madera vieja que se rompió con el impacto.
Tosió unos momentos e intento ubicarse. Sólo veía polvo.
Restaba decir que casi todo aparato electrónico dejó de funcionar en el hospital. Sin embargo, el Presidente se hallaba a salvo, el sótano en el que se encontraba había sido reforzado en caso ocurriese un ataque nuclear estratégico.
No fue así para los ancianos que aun dependían de sus respiradores y aparatos para seguir viviendo.
Mario se quiso parar pero no pudo. Se sentía abatido, cansado al extremo de no poder pensar con claridad. Miraba a su alrededor y veía como el polvo tomaba formas extrañas.
En su delirio, vio una mujer que se acercaba y le sonreía mientras se agachaba y le daba un ligero beso en la boca.
Entre tanta locura él sonreía, pero un fuerte dolor lo hizo volver a la realidad. Un pedazo de algo le había caído en la pierna, despertándolo de su sopor.
Aunque solo había sido un pedazo de ladrillo y no le había causado una herida profunda. Debía buscar algo con que curarse. Mientras se quejaba del dolor se arrastró por el suelo buscando la salida.
Gritó el nombre de Johnny pero no contestó. Había muerto en la explosión.
No había avanzado sino unos metros hasta que, sin poder creerlo, encontró al frente suyo una muleta ensangrentada.
Algo emocionado y tras mucho dolor y esfuerzo, la utilizo para pararse, dirigiéndose a la salida del comedor. La encontró inaccesible para él, estaba bloqueada por concreto y fierro.
Su única esperanza parecía ser la otra salida, la que daba acceso a los pisos de arriba. Recordó que allí había una escalera de emergencia que lo podía llevar a los pisos inferiores.
Después de largo rato alcanzo las puertas, pero estaban atascadas. Forcejeó con ellas hasta que pudo abrirlas, cayendo al suelo por el esfuerzo. Levantó el rostro mientras maldecía y en eso se quedó allí paralizado, mirando.
No podía creerlo. Jamás imagino ver algo que sólo se escuchaba como un rumor lejano, historias de un mundo diferente al que vivía. Un mundo que parecía más fantasía que realidad.
Más que correr, flotaban. Se movían con una gra-cia sobrenatural, imposible de imaginar para un ser humano.
Mas que humanos, eran Ángeles.
Ángeles que habían bajado de los cielos a la tierra para ejercer el deseo de su dios
Como las sirenas de las leyendas de antaño, ellas enamoraban con su voz. Verlas moverse era ya un sueño por el cual muchos hubiesen dado su vida. Era escuchar la música divina que sonaba en la entrada al cielo.
Que existieran era de por sí un arte, pues eran la obra divina hecha mujer.
Con aparente fragilidad se movían, saltando de un lado a otro como hadas jugando por los bosques. Iban de cuarto en cuarto, corriendo y saltando. Niñas traviesas en busca de algo.
Absorto, enamorado de aquel espectáculo, el doc-tor no se dio cuenta de un nuevo grupo de soldados que surgió detrás de ellas.
Sin ningún aviso comenzaron a dispararles con sus armas. No era la Guardia Presidencial (Mario se sintió aliviado, todos le tenían miedo a esa mezcla de carne y maquina), sólo soldados comunes que habían subido por las escaleras que él había querido usar para bajar.
Pero las balas no les hacían efecto, rebotaban en sus uniformes.
Fue ahí cuando olvido sus figuras y pudo verlas con mayor claridad.
Sus trajes eran blancos, cubiertos por tatuajes dorados y celestes.
Pero de todas, una destacaba. Era la que más figuras llevaba en su cuerpo. Aunque era la de menor estatura y tenía la complexión más delgada, su postura denotaba autoridad.
Ignorando los disparos, sus dos compañeras seguían su búsqueda mientras ella se paró en la mitad del pasadizo en postura desafiante. No sacó su rifle, solo extendió su brazo y comenzó a disparar de él con precisión milimétrica a la cabeza de cada soldado.
Al final no quedó ninguno, todos cayeron al suelo, temblando ligeramente.
"Eso explica las pantallas apagadas" pensó Mario.
No estaban matando a los soldados, sólo los inutilizaban unas horas con supresores neurales mientras hacían su trabajo.
Recordó una frase que había leído en alguna revista: "Un Ángel nunca ataca, solo se defiende sin quitar la vida".
Mientras observaba, un Ángel se había acercado a el, revisándolo. ¡Iba a curar sus heridas!
Dejó que lo hiciera. Segundos después comenzó a sentirse mejor, lo que significaba que le estaban inyec-tando algún sedante..
La líder se acercó. Una serie de palabras se dibujaban en el visor del casco.
"Tú eres el Cirujano Presidencial. No lo niegues. Te reconocemos por nuestro acceso a los sistemas. Sabes que él no tiene salvación, pero necesitamos tu ayuda y las computadoras de este hospital no contenían la información que buscamos. ¿Nos ayudarás?"
-¿Qué buscan? -preguntó extrañado.
-Te aseguro que no a tu Presidente ridículo.
Él se quedó absorto un momento mirando al suelo, como si la realidad hubiese dejado de tener sentido.
Un apretón en el brazo lo hizo regresar al derruido hospital.
-Está bien, pero me tienen que sacar de aquí. Esta es una guerra que yo no escogí y que no pienso luchar. Yo quiero vivir.
Tras decir esas palabras se quedó viendo la figura del ángel que lo curaba. Ella se dio cuenta y dejó que su casco se volviera ligeramente transparente.
Era el rostro de una diosa que le sonreía.
La líder se había percatado del asunto y la miró, como quien espera una respuesta.
No fue sino hasta que la golpeo ligeramente que ésta volteó a mirarla. Al poco rato se pararon y se miraron la una a la otra. Era evidente, por el lenguaje corporal, que estaban discutiendo.
Mario, absorto, miraba.
Mientras todo esto pasaba, el tercer ángel había terminado de revisar el área. Debió decir algo ya que todas voltearon a ver a Mario. Finalmente la líder sacó un aparatos extraños y se agachó. Uno de ellos era pequeño y se lo colocó en la oreja. El otro era un plástico que le colocó alrededor de su cuello.
-Ponte de pie –escuchó.
Dudó que lo pudiera hacer, pero no queriendo ir contra las ordenes de sus salvadoras, comenzó ha levantarse alardeando un esfuerzo sobrehumano. Luego se dio cuenta que sin importar lo que le habían dado, no se había sentido tan bien desde hacia días.
¿O serian años?
Impresionado por su mejora, vio como la líder y su doctora le extendían lo que le habían puesto en el cuello mientras que la tercera sacaba una especia de cinturón.
Le quitó el cinto con las dos pistolas y le colocó el cinturón.
Tras apretar una breve configuración de botones un brillo extraño apareció al frente y detrás de él.
Era un campo de fuerza, como el que se veía en las películas. Como todo niño, había imaginado uno en sus juegos. Nunca pensó que lo haría de adulto.
La líder le habló.
-Te hemos colocado dos tipos de protección, el poncho que sale del cuello es un nanoblindaje que absorbe y distribuye la fuerza cinética de los proyectiles, ya sean balas, cuchillos o piedras. Eso si, el dolor es inevitable.
Por algún motivo Mario se dio cuenta que le hablaba con la voz de la experiencia.
-El segundo es un campo de fuerza que sale del cinturón que te hemos colocado. No es sino una barrera electromagnética contra lásers de calibre bajo. Si te enfrentas a algo más que eso sólo durara unos segundos antes de colapsar. Puedes controlar la intensidad del campo con el pensamiento, como si manejaras un auto. Haz una prueba.
Respiró con profundidad y como si de la nada, el doctor sentía que tenia una función más en su cuerpo, era como un abrigo. Con sólo quererlo, la barrera incrementaba o disminuía su intensidad, sacrificando la protección de uno u otro lado.
-Como te habrás dado cuenta, está hecho para que hasta un chimpancé lo use. Ojo, sólo protege el frente y la espalda, no los lados, así que ten cuidado con los pasadizos y las puertas.
Ella volteó hacia sus dos compañeras. Al parecer aun había comunicación entre ellas que no compartirían con él. No pasaron unos segundos para que volteara otra vez, mirándolo.
-Toma algo de munición de uno de los soldados caídos. Pero antes que lo hagas, es a esta persona a quien estamos buscando.
Una imagen se dibujó en el visor del casco. Era todo el historial de una mujer. Fotos aparecían y desaparecían. El nombre brillaba en la parte superior del informe.
-¿La romana?
-¿De qué hablas?
-Buscan a la romana, bueno tiene sentido –dijo mientras miraba al lado. Quizá algún pariente suyo. Algún billonario de los cielos que buscaba a su desaparecida madre o incluso abuela, perdida en el caos de las últimas décadas.
-Sabes, no tenemos todo el día.
-Vengan, las llevaré. Está dos pisos más abajo.
Se acercó donde los soldados caídos y se agachó a recoger uno de los rifles cuando su doctora le cogió el antebrazo. Él levantó el rostro, sonriendo.
-No, no cojas ese, es un arma con muchos defectos. Toma esta.
Y le dio una que le había quitado al líder de la patrulla, un rifle que no parecía denotar nada especial.
- Con él si podrás defenderte.
Él se la quedó mirando.
-Recoge todas las granadas que puedas. Y no te preocupes, yo te protegeré.
Dicho esto, salio por la puerta de la escalera. La líder lo esperaba en el umbral.
-Apúrese doc, es hora que nos vayamos. Hace minutos que debimos haber salido de aquí. Y una cosa adicional: yo soy Alfa, la líder del grupo. Beta es la especialista y Gamma la doctora. Llámanos por esos nombres y no preguntes quiénes somos, de dónde venimos o por qué estamos aquí. ¿Entendido?
Él asintió.
-Perfecto, vamos. Beta irá primero, luego yo, después usted y en la retaguardia, Gamma. Adelante.
Sintiendo el abrazo protector del campo de fuerza, el doctor y los tres ángeles se sumergieron en la oscuridad de los escalones.
-¿Por qué la romana?
Era la voz de Alfa.
-Bueno, yo llegue y ella ya estaba acá. Era el nombre que le habían puesto las enfermeras. Nadie sabe cuándo ingreso ni de dónde vino, con tanta rotación de personal y traspapeleo, era un misterio. Le pusieron así porque era la única cuyo nombre y apellido eran extranjeros, algo que en este país ya no se escucha desde hace varios años.
-¿Que síntomas presenta? –era la voz de Gamma.
-Presenta un cuadro bastante grave, y para serles sinceros, después de tanto alboroto no sé si siga viva. Tenía alzheimer cuando llegó y su estado ha ido deteriorándose por la falta de medicamentos. Es casi un vegetal.
Beta aceleró el paso.
-Debió decirnos eso antes doc. Nuestra misión es llevárnosla sana y salva, no un cadáver.
-Lo siento.
-Ahora lo sabe. Además, no vamos a contener ambos ejércitos por mucho tiempo, lo que pasa acá no es de nuestra incumbencia.
-¿Aunque muera gente? –respondió él con rabia.
-Todas pensábamos como usted doctor, pero desgraciadamente hay ocasiones en que las cosas tienen que ser como son. ¿Este es el piso?
-Si.
Con un despliegue casi instintivo, las tres se colocaron en formación antes de entrar al pasadizo, protegiéndolo. Pero fue una entrada sin sorpresas, no había nada y se podía ver cierta tranquilidad.
-¿En qué sección se encuentra?
-Bueno, ya no hay nombres, pero está en lo que ahora es cuidados intensivos geriátricos. En verdad es un lugar donde los enfermos pasan sus últimos días. Queda a dos puertas al lado derecho después del ascensor.
-Vamos –respondió Alfa.
Aunque parecían caminar, en verdad corrían. Apenas si podía seguirles el paso.
De momento a momento se tropezaba pues aun se sentía un poco mareado, pero Gamma lo tomaba del codo y lo llevaba por unos segundos hasta que agarraba el paso de nuevo.
La situación se le hacía surrealista en esos momentos. Entre tanta muerte, destrucción y odio, iban en búsqueda de una pobre anciana que quizá se hallaba muerta y a él el corazón le latía con fuerza cada vez que Gamma lo sujetaba.
En ese infierno sentía paz.
Cuando llegaron, descubrieron que el pabellón estaba cerrado con candado. Todas lo miraron a la vez.
-No entiendo, ¿por qué esta cerrado? ¿Dónde están los guardias que dejé acá?
De un golpe, Beta rompió el candado y entraron al cuarto.
Como doctor siempre había entrado a ese lugar, y de manera fría y casi inhumana había dado su diagnos-tico a cada paciente, tal y como le dijeron en la universidad y tal como el tiempo y la experiencia terminaron de enseñarle.
Ahora entraba como hombre y sentía ganas de vomitar. Era una habitación lúgubre, tétrica, macabra, parecía un matadero. Los pacientes languidecían y morían sobre sus camas. Muchos de ellos parecían haber muerto hace días y estaban ahí, pudriéndose. El olor era insoportable.
Él había dado la orden para que dos soldados estu-viesen a cargo de los pacientes, y que sacaran los cadáveres para que no se propaguen las enfermedades. Al parecer alguien con mayor autoridad que él había pensado que no había mucho sentido en seguir cuidando a un grupo de viejos enfermos por los cuales ya nada podía hacerse.
-Dios –murmuró con asco.
-¿Dónde estaba?
-Ahí –Mario se acercó- Pero ya no esta acá, debieron haberla movido –se quedó callado unos segundos– Si ya no está en esta habitación, no creo que la encuentren viva. Por lo menos su nombre se encuentra colgado de su camilla.
-Todos, busquémosla.
Fue Beta la que la encontró. Con rapidez, Mario se colocó al lado. Al tomarle el pulso se dio cuenta que no le quedaba mucho tiempo de vida.
-Lo siento -les dijo a las dos- No hay nada que pueda hacer por ella.
Mientras les decía eso miraba a lo largo del cementerio en vida en el que se hallaba.
-No pierda las esperanzas tan rápido doc. Señoritas, su trabajo.
Mientras Alfa salía afuera para montar guardia, Gamma se acercó a la moribunda, una anciana de mirada cadavérica y piel seca cuya boca estaba abierta aspirando sus ultimas bocanadas de aire.
Rápidamente le inyectó algo en el cuello y luego le colocó un instrumento en la muñeca.
-¿Me vas a ayudar?
La dulce voz lo sacó de su trance.
-¿Se va a salvar?
El casco de Gamma se hallaba totalmente transparente.
-Claro, pero igual no tiene mucho tiempo de vida, a menos que se someta a un tratamiento más radical.
-Dime que puedo hacer.
-La verdad, nada. Pero quería sacarte esa mirada triste.
-No puedo entender por qué no quieren hacer nada por esta gente.
-No somos nadie para decidir por el destino de las personas. Ya la historia nos ha demostrado que no nos debemos involucrar, lo único que hacemos es pospo-ner el sufrimiento un poco más.
-No sé de que hablas.
-Yo apenas lo entiendo, pero créeme lo que digo. Así es mejor.
-Gamma, debemos irnos. ¿Cuánto tiempo nos falta? –era Alfa por la radio.
-Dame unos minutos más, sus extremidades ya se están debilitando y estoy estabilizando su condición para poder llevarla.
-Ya saben que estamos acá, los detendré lo más que pueda pero sabes que nuestra ventana es muy corta.
-Dos minutos Alfa, dos minutos es lo que necesito.
-Perfecto. Beta, cuida mi espalda. Doctor, cuide a Gamma con su vida o responderá después con ella.
Él sonrió. Estaba mas que dispuesto a dar su vida por ella.
No pasó ni un minuto para que los disparos comenzaran.
Primero fue munición normal, después calibre mas grueso y al final, explosiones. Beta entró corriendo y sacó una mochila, extendiéndola por el suelo. Parecía una tienda de campaña futurista.
Luego, Gamma y Beta tomaron el cuerpo de la romana y lo colocaron encima. Él las miraba con extrañeza.
-No va a caber ahí adentro –les dijo Mario, indignado.
Sin siquiera responderle, ambas seguían con su trabajo. Con rapidez, doblaron las extremidades de la anciana en posición inhumana, pero de tal forma que entraba en la mochila.
Le colocaron un par de instrumentos en la boca y en el cuello y con un rápido sonido de cierre, guarda-ron a la mujer. Beta se colocó la mochila detrás y la ajustó con unos cinturones. No parecía que llevaran un cuerpo adentro.
Mario estaba espantado.
-No hagas melodrama, ahí dentro esta mejor de lo que la tenías acá. Lo que hicimos fue inyectarle una sustancia que permite doblar las extremidades en cualquier posición. Cualquier daño es perfectamente reparable. No te preocupes por ella.
-Te creeré, pero no deja de tener un tinte inhumano, esa mujer no es un bulto.
-No es el momento para consideraciones éticas con el paciente –le respondió con brusquedad Beta.
-Alfa, estamos listas.
A lo que pareció que iba a ser una respuesta siguió una violenta explosión que los tumbó al suelo.
Mario no podía ver por el polvo que había alrededor, además, sentía que su cuerpo comenzaba a mostrar una fatiga muy fuerte. Al parecer los químicos que le habían inyectado ya comenzaban a mostrar sus efectos secundarios.
Tosiendo y tratando de ubicarse fue tomado del brazo mientras escuchaba la voz de los ángeles. Esta vez no era por la radio.
-Cuando lleguemos tendré una seria conversación con Inteligencia –masculló Alfa entre dientes. Estaban corriendo por el pasadizo de salida hacia la escalera inferior.
-¿Qué pasó?
-Estos desgraciados tenían un EMP Mark 3. No sé de donde lo habrán sacado, pero con lo que se les viene encima, debieron gastarlo en ellos y no en nosotras. Lo malo es que hemos perdido nuestra comunicación por radio.
Después de un breve dijo con algo de risa.
-Lo bueno es que hay más de una forma para comunicarse que la vieja radio.
Era energizante. A pesar de tener al mundo en contra de ellas, las tres mantenían cierta gracia sin importarles cuan difícil las cosas se pusieran.
Bajaron las escaleras con, saltando la baranda mientras él lo hacia saltando los escalones.
Alfa hizo signo de alto mientras se quedaba quieta unos segundos. El piso inferior se hallaba libre.
-Perfecto, está limpio. Tenemos que llegar hasta la siguiente esquina, voltear a la derecha, avanzar unos cien metros y seremos libres.
¿Libres? La mente de Mario latía ante esa idea. Libre otra vez, de hacer lo que quisiera, de pasar su vida sin complicaciones, sin problemas que iban más allá de su alcance.
Libre.
Inevitablemente miró a Gamma y esta le devolvió la mirada mientras sonreía.
-Vamos Nightingale, no nos retrasemos –dijo Alfa.
Mario sonrió, sabía lo que significaba la indirecta. Todo era tan extraño, tan fuera de contexto.
Ya habían cruzado la esquina cuando un sonido frío e inhumano lo lleno de pánico y lo hizo detenerse. ¿Acaso le iban a arrebatar su felicidad tan rápido?
¡Era la Guardia Presidencial que se acercaba!
Gamma lo forzaba a moverse.
-Mario, por favor, vamos.
-Vienen por nosotros –exclamó espantado.
-Mario, no hay tiempo para pensar o tener miedo, tenemos que irnos, y ahora.
Alfa y Beta se detuvieron, se dieron cuenta que algo andaba mal.
-¡Gamma! –gritó Alfa con fuerza- ¿Qué haces? Te ordeno que lo saques.
Gamma titubeó un segundo y sin volver a pensarlo golpeó a Mario en el estomago y lo cargo sobre sus hombros.
-Discúlpame.
Mario sentía que todo le daba vueltas. Todo lo que pasaba era demasiado para él.
Trató de zafarse pero el fuerte abrazo de Gamma se lo impedía. Ya estaba a punto de desistir cuando algo le golpeó el brazo. Cayó al suelo, jadeando.
A unos metros suyos Gamma se encontraba en el suelo, sangrando.
Sangrando, ¡un Ángel sangrando!
La mente se le aclaró lo suficiente para darse cuenta lo que había pasado: por esperarlo a él las había retrasado y ahora la mujer que quería se hallaba tirada en el suelo herida, quizá muerta.
Con rabia tomó su rifle, apunto hacia donde venían los disparos y comenzó ha hacer fuego.
Al segundo Alfa y Beta se hallaban a su lado, respondiendo los disparos.
Alfa se dio cuenta de que la situación era apremiante. Si los concentraban lo suficiente, los lasers de la Guardia Presidencial podian atravesar su armadura.
En un movimiento rápido, apuntó a la pared detrás, disparó una carga y regresó a contestar el fuego enemigo.
Al grito de Alfa los tres se echaron al suelo justo antes que la explosión retumbara. Ahora había un orificio por el cual se veía la destruida ciudad.
Alfa tomó el cuerpo de Gamma mientras corría hacia el hueco y saltaba a la nada.
Beta se hallaba al lado del doctor.
-Doc, tenemos que irnos, vaya usted primero.
-¡No! Su misión es llevársela a ella y ha sido mi culpa, sal tu primero. Después iré yo.
Beta lo miró unos segundos pero regresó la vista al frente.
Mientras seguía haciendo comenzó a retroceder. Una vez que llegó al orificio, volteó y saltó al vacío.
Se hallaba sólo, disparando. Poco a poco fue retrocediendo hasta que se hallaba cerca de la abertura.
Tomo las granadas y las tiró por el suelo, causando una fuerte explosión.
Volteó y miro al vacío. Ahí, flotando en la nada, había algo sobre lo cual se hallaban las cuatro.. Sin titubear, saltó.
Libre.
Libre al fin de toda esa destrucción, libre del odio y del mal que lo había rodeado por tantos años. Ahora podía despertar cada mañana y pensar lo que quisiese, hacer lo que siempre quiso hacer.
¿Y que quería hacer? ¿Lo recordaba?
Viajar. Viajar por los mares en un velero, visitando lugares exóticos, misteriosos.
¿Qué habia pasado con su sueño? Quizá fue la realidad quien lo atrapó. Fue ella quien le hizo ver lo inútil de hacer eso por un mundo peligroso, un mundo de muchos cambios. Mejor era quedarse en un sólo lugar, establecerse. Hacer de su vida y su nombre algo que ayudase a la humanidad.
¿Y acaso viajar por el mundo no hubiese ayudado a la humanidad? ¿Acaso no pudo viajar por el mundo como doctor ayudando a los más necesitados?
Se dio cuenta que lo pudo haber hecho, pero el miedo había sido mas fuerte. Recién ahora se daba cuenta. No podía creer lo tonto que había sido.
Pero ya no importaba, ahora lo podría hacer y no importaba si moría haciéndolo.
Ya podía ver el horizonte de tierras desconocidas. Enormes playas de arena blanca y mar cristalino.
Ya nada lo detendría. Quería estar ahí, verlo todo, con más fuerza, con más vida. Era capaz de sentir la arena en sus dedos, como cada grano se escurría por su pie.
El brillo del mar lo hipnotizaba.
No podía ver bien. ¿Serían los químicos? Al tratar de respirar se dio cuenta que le habían dado.
En el apuro por salir no había transferido energía al campo que le cubría la espalda. Le habían cocinado los pulmones.
Gamma se hallaba a su lado, llorando, intentando hacer lo imposible. Le inyectaba todo lo que tenia a la mano y le colocaba aparatos extraños pero nada cambiaría lo inevitable. El disparo había sido mortal.
Beta y Alfa sólo miraban, pero esta vez con el visor transparente.
Algunas lágrimas corrían por el ostro de Mario. Sabía que iba a morir. Ante sus ojos, sentía como diferentes partes de su vida iban pasando, en blanco negro y a colores.
Le dio pena, pero de cierto modo, ahora era realmente libre.
Sonrió.
No era tan malo morir así. Por lo menos tenia al lado alguien que se preocupaba por él, alguien que lloraría por su partida.
Con un gran y último esfuerzo, abrió su boca y mientras la miraba exclamó.
-Gracias.
Y tras decir eso, Mario de la Fuente dejó de existir.


I + II.
A pesar de los años y los lugares donde había estado, no dejaba de sorprenderse por lo vista.
Habían pasado dos mil quinientos años desde que Herodoto había hecho la lista de las siete maravillas del mundo en su libro Historia, pero como esa, ninguna se comparaba.
Era la octava maravilla de la humanidad, ninguna obra de construcción de la era moderna era capaz de compararse con ella. Ninguna significaba tanto en un mundo de cambios rápidos y situaciones caóticas.
Recordando la ya olvidada Metrópolis, podía ver las filas enormes de barcos que venían de varias direcciones así como los múltiples aterrizajes y despegues de aviones; sólo la logística que funcionaba alrededor era mas grande que la de cualquier puerto en el mundo.
Más de una vez habían querido destruirla, pagando con su existencia para al final no lograrlo. Era, finalmente, la muestra tecnológica que podía contra cualquier fanatismo ludita y la misma que le daba esperanza y orgullo a cualquier ser humano.
Sonrió mientras cruzaba los brazos y veía como llegaba el atardecer. Rayas de nubes blancas con un fondo de sol naranja le daban un tinte aun futurista a la ya fantástica obra de ingeniería y arquitectura que se levantaba a sus pies.
Lo que comenzó como el sueño de un ruso hacía ya casi 200 años era ahora realidad.
Único, el Ascensor Espacial se erguía sobre el Océano Pacifico, subiendo y bajando miles de toneladas de carga y cientos de miles de seres al año. El acceso final a la ultima frontera.
Suspiró.
Había tomado más de cincuenta años para que el mundo madurase lo suficiente para aceptar la idea. Ahora que era realidad sonreía ante todos los obstáculos que una vez tuvieron que pasar.
Abajo, al fondo, veía como un avión despegaba. Él sabia lo que llevaba, a donde se dirigía, en cuanto tiempo estaría ahí, a donde regresaría, que ruta era la que usualmente tenía, el mantenimiento, sus fallas, los pilotos, la tripulación, cuando fue fabricado, quienes fueron los que intervinieron en su fabricación, las mentes que lo idearon por primera vez, sus vidas, sus padres y que hicieron por la vida, como su existencia había dejado su huella en la existencia de la raza humana, y además, era capaz de proyectar...
Se detuvo.
Cerró los ojos, respiró y exhaló.
Los volvió a abrir para darse cuenta que el avión ya no estaba. No era el momento para distraerse en sus poderes. Debía enfrentar el pasado y necesitaba las fuerzas, la concentración y la resistencia emocional para hacerlo.
Una puerta se abrió. El sonido de los pasos dejaban saber que alguien estaba entrando y se dirigía hacia él.
Con las manos en la espalda y las piernas separadas, esperó a que ella se parara a su lado. Ambos se quedaron viendo el horizonte por unos minutos.
Finalmente habló.
-No te jures.
-¿Cuándo no lo he hecho?
-Nunca.
-¿Cómo está Gamma?
Ella se le quedó mirando extrañada.
-No te preocupes chica, estoy desconectado.
-¿No es eso peligroso?
-Si, pero acá estoy seguro, al menos eso creo. Además, si estuviese conectado podrían darse cuenta.
-¿Cómo?
-Han estado jugando con una tecnología que les permite saber nuestra presencia en caso volvamos o alguno nuevo aparezca. Sé que no es muy exacta pero han hecho lo imposible para ocultar su desarrollo, así que no sé que tan avanzados estén realmente. No soy todopoderoso, sabes.
-Entonces, ¿sigues siendo humano?
-Lo suficiente.
Ella se le quedó mirando.
-Leí tu informe. Es... lamentable
-Si, es increíble que hayan dejado que las cosas llegaran a eso, pero esa es la verdad.
-Me da pena lo de ese doctor.
-Gamma esta con la mirada perdida desde que regresó. La verdad es que no creo que pase su siguiente evaluación psicológica.
-Me siento culpable.
-No, igual iba a pasar tarde o temprano. Ya era hora que Gamma dejara de hacer esto, al final ha sido la gota que derramó el vaso.
-No es fácil ser un Ángel.
-Nadie dijo que lo fuese.
-No, tienes razón.
-¿Supongo que por lo menos sabrás como está tu novia?
-Muy graciosa.
-Hasta ahora no sé por qué haces esto. Ya son más de sesenta años. La mujer es una anciana por Dios, ni siquiera se acordará de ti.
-¿Cómo está la romana? –le preguntó, indiferente a su cuestionamiento.
-Estable, pero ambos sabemos que no le queda mucho tiempo de vida.
-Lo suficiente.
-Te has dado cuenta que este sentido del honor tuyo te ha causado mas de un problema, ¿no?
-Sí, lo sé.
Ella asintió.
-El eterno superhéroe –se quedó callada un mo-mento-. Te podrías quedar acá, si quisieras.
Él la miró.
-Sabes que no es cierto. Pero podrías venir conmigo.
-No, y tu también sabes que no puedo.
-Acá mi vida peligra.
-Si me voy, la de mis hijos y la de sus hijos es la que peligrará.
-Ellos pueden venir.
-No puedo obligarles a algo que no quieren. Para ellos su vida es este planeta, no lo que hay allá arriba.
Miró al frente, frustrado. El podía arreglar el problema, pero si lo hiciese los comprometería a todos y eso sería algo que ella nunca le perdonaría.
-¿Dónde está ella?
-En el carro que te han asignado –ella calló unos segundos-. Sale pronto.
-Lo sé.
-Tienes que irte.
-Sí.
-No soy buena para las despedidas.
-Yo tampoco.
-No es la primera vez que nos despedimos.
-Pero tu sabes que será la última.
-No tiene porque acabar así.
-Es el destino que ambos hemos escogido y ya es muy tarde para cambiarlo. Tú eres un Ángel, yo soy un posthumano. Ninguno de los dos puede cambiar el pasado.
-Tú sabias que esto pasaría, ¿no?
-Esta conversación ya la tuvimos, pero aquí –y tocó un par de veces su cabeza con el dedo.
-Si no te conociese, me asustarías por decir eso.
Él le sonrió y miró al mar, pero no pudo hacerlo por mucho tiempo, inevitablemente volteó a verla.
No quería dejarla y ella tampoco quería que se fuera. No tenía sentido, las cosas no tenían por qué acabar así después de tanto tiempo, tantos años.
-¿Cuánto tiempo hemos sido amigos? –le preguntó.
-Más de 60 años –la voz de ella era entrecortada.
-Una vida.
-Es más que eso, son sesenta años tuyos y sesenta años míos, juntos –metió sus manos en los bolsillos, algo que casi nunca hacia– es más que una vida.
-Entonces sabes lo duro que es para mí irme.
Ella asintió mientras lo miraba.
La miró a los ojos y se dio cuenta que a pesar de que siempre supo lo que iba a pasar con los dos, no hizo nada para detenerlo.
¿Por qué fue así?
Miro hacia atrás, hacia el pasado y la respuesta no le era tan obvia.
De cualquier modo no tenia sentido seguir dando vueltas a un asunto ya cerrado. El presente se hallaba a sus pies y tenía que concentrar todas sus fuerzas. No debía dejar que su imaginación le diese un escape. Debía afrontar el momento.
Levantó la mano y le quitó una lágrima que corría por su delicado rostro. Era la segunda vez que la vería llorar, y seria la última.
Con la otra mano la tomó del rostro para luego bajarla a su cuello y acercarla, abrazándola al instante que ella se echaba a llorar.
Apoyando el mentón sobre su pelo, dejó que ella llorase mientras él apretaba ojos y dientes con rabia.
Tan sólo con desearlo, con sólo unos minutos de libertad podría arreglarlo todo, acabar con la amenaza que pendía sobre sus cabezas, destruir esa incomprensión que los alejaba y seguir con sus vidas.
Quizá no lo lograría, quizá no seria lo suficientemente poderoso para hacerlo.
Quizá la destruiría a ella o a sus seres queridos en el proceso.
Incluso para ser un semidiós existían tantas variables fuera de su control que no podía arriesgarse.
¿O sí?
Tomo su rostro entre sus manos y se la quedó viendo a los ojos.
-No lo hagas por favor, que ya no...
Cortándole la frase, él la beso y cerró los ojos, dejando fluir todo los sentimientos que guardaba por ella. Luego, lentamente, se fue apartando hasta que no la sintió mas, solo el ruido de una puerta que se abría y se cerraba.
Cuando volvió a abrir los ojos, ella ya no estaba. Se había ido, y esta vez para siempre.
Volvió a mirar al horizonte, con un nudo en la garganta. ¿Era esa una reacción humana o el recuerdo de una reacción?
Sin querer saber la respuesta, volteo y salió.
Era hora de irse.


IV.
Por largo tiempo se discutió el poder mental de los posthumanos. Desde el principio ellos negaron tal acusación.
“Estamos aquí para ayudar”, decian.
Fue en la década de los cincuenta cuando todo cambió. Lo que era una leyenda urbana se convirtió en rumor y eso bastó para convertirlo en noticia.
Y a pesar que los posthumanos salían repetidamente a defenderse, no les creyeron.
Finalmente todos fueron convocados a una audiencia del congreso norteamericano. Ante un panel de científicos, estos respondieron todas las preguntas que les hicieron, pero fue la última la que estremeció al mundo.
Con un honesto “si”, admitieron la posibilidad, y aunque quisieron recalcar que no era un hecho, la sala ya se había convertido en un escándalo.
Resignados, salieron sin siquiera hacer caso de las llamadas de atención.
Como consecuencia, fueron acusados por miles de supuestas victimas. Alegaban que habían sido manipu-ladas y que por culpa de ellos cometieron una serie de crímenes.
Curiosamente, los reportes de raptos por seres extraterrestres casi desaparecieron. La nueva conspiración era la de los superseres, ya no la de los gobiernos que se veían tan indefensos como cualquier Juan Pérez que caminaba por las calles.
Al principio no hubo violencia, solo el pueblo que exigía algún tipo de acción.
Siguiendo el clamor de su pueblo, los gobernantes de todo el mundo prohibieron las Ascensiones (así le llamaban al proceso de conversión) y exigieron una investigación más detallada de los peligros que podían representar los posthumanos a la Tierra y sus habitantes mortales.
Así, buscando los fantasmas de su propio miedo, fueron los humanos los que descubrieron el proceso para que un posthumano pudiese controlar seres vivos con el pensamiento.
El mundo entro en shock. ¿Cómo evitar que pasara? ¿Qué podían hacerle a seres que se hallaban fuera de su alcance?
Por una extraña coincidencia los archivos personales de los superseres se volvieron públicos. Sus nombres y apellidos, donde habían vivido, estudiado, trabajado y lo que era lo más importante, quienes eran su familia y amigos.
Dejaron de ser muertos para convertirse en resucitados. Todo se encontraba colgado en Internet.
Ahora el mundo sabía quienes eran los que se verían beneficiados del nuevo orden que los nuevos dioses impondrían.
Exigiendo sus derechos ante las naciones unidas, cada familia de los posthumanos asumió una nueva identidad, de esa manera no serian alcanzados por la violencia de las masas.
Excepto una. Cuando el posthumano llegó a su antiguo hogar, su familia estaba muerta, asesinada por un grupo fanático que aun se hallaba en la casa.
Después de matarlos a todos, se sentó en la calle y se echó a llorar. Minutos después llego la policía.
Dejó que lo golpearan y se lo llevaran para ser juzgado de acuerdo a la ley de los hombres pues ya nada le importaba. Todo aquello por lo cual había luchado dejó de tener sentido.
Alan Boucher, acusado de manipular la mente de miles de personas y de homicidio de por lo menos unas quince, se paró cuando escuchó la condena de muerte y dijo aquellas famosas palabras que se convirtieron en el lema de lo que vino después.
“Antes de morir por algo que no he hecho, prefiero vivir habiéndolo hecho”
A los pocos minutos todo posthumano tenía el conocimiento prohibido. Alan había accedido a la base de datos del gobierno que todos creyeron segura porque no existía acceso externo. Pero eso era para un ser humano que requería de una maquina para acceder a otra, no para un posthumano que también era parte maquina.
Recordaba ese momento a la perfección. Fue como un grito de furia ante el resentimiento y la ignorancia.
Eran los primeros síntomas del cansancio posthumano de sus hermanos humanos.
Pero como en la pintura, saber hacerlo no significaba ser un Rembrandt.
Sentir, entrar y manipular una mente humana era un arte extremadamente difícil de dominar. Cada ser era muy diferente del otro y experimentar con individuos podía causarles un daño irreversible.
La violencia y el odio hicieron de la experimentación un acto de defensa, al punto que el arte podía ser enseñado hasta cierto punto.
Así fue como lo aprendió. Aunque siempre evitó el tener que usarlo, más de una vez se vio forzado a hacerlo.
Para él, la analogía correcta era como echar agua fría a un envase caliente. Uno tenia que tener cuidado al hacerlo o el envase se rompería en miles de pedazos y no quería que eso pasara.
Sentado y escuchando la respiración de la anciana, dio la primera pincelada para sentir el envase, el mate-rial del que estaba hecho.
No era estable, era frágil en muchos puntos, en ex-tremo delicado en otros. Una palabra o una frase podían desencadenar eventos que ni él podía prever.
Tenia que ser más cuidadoso de lo normal una vez que vertiera el agua.
Después de varias horas supo como era la mente de la romana. Ahora tenia que entrar, y con gran delicadeza. Gota a gota fue vertiendo el líquido para ver como se escurría, siempre alerta ante cualquier cambio. Empero, fuera de las reacciones normales (ligeros temblores y un acelerado ritmo cardiaco) todo fue bien.
Después de varios meses de paciente labor, su esfuerzo se vio compensado. Se encontraba en la entrada, listo a abrir la puerta y entrar en su conciencia.
Así, suavemente, colocó la mano en la superficie del agua y habló.
-Abre los ojos.
La anciana los abrió, pero no era la mirada perdida de una mujer senil. En su mirar había la experiencia de una vida. Retiró su mano.
-¿Dónde estoy? –preguntó preocupada- ¿Por qué esta todo oscuro?
El fue dejando que la luz de la habitación se incrementara gradualmente.
-No tengas miedo, estás en un lugar seguro –le respondió en tono tranquilizador.
-Quiero ver a mi familia.
-Ellos no están acá.
-Llámelos
-Primero déjame explicarte la situación.
-¿Les ha pasado algo?
-No.
-¿Por qué está tan oscuro?
-Aunque no lo notes, la luz se esta incrementando de a pocos, es para que no te duela la vista.
-¿Y usted quien es?
-Tu doctor. Dime, ¿qué es lo ultimo que recuerdas?
-A mi madre, estábamos conversando.
-¿Recuerdas de qué estaban hablando?
Ella se quedó callada un rato.
-Yo me sentía mal.
-¿Qué sentías?
-Me dolía el pecho.
-¿Nada más?
-También la cabeza, y las muñecas. Creo que en general, todo el cuerpo.
La mujer se quedó mirando sus brazos pero la falta de luz no le dejo encontrar lo que buscaba.
-Ahora sólo me duelen los ojos. Dígame doctor, ¿me pasó algo?
-Y antes de tu madre, que recuerdas.
-No lo sé –se tomó la cabeza con la mano- Re-cuerdo estar aquí, las enfermeras, los doctores, mi familia. Todo es muy confuso.
-¿Recuerdas por qué estabas aquí?
-Tampoco
Él la tomó de la muñeca como quien medía el pulso, en realidad lo hizo para tranquilizarla con el contacto humano.
-Estás bien, siéntate –y mientras decía esto se sentó en una silla al frente.
Ella se sentó en la cama y se lo quedó mirando, esperando respuestas a preguntas que no conocía.
-¿Qué edad tienes?
-Treinta y nueve.
-En verdad ya no tienes esa edad, has permanecido en estado de coma por varias décadas.
-¿Qué? ¿Cuál es mi edad? –preguntó con miedo.
-Ochenta y ocho años.
-Dios mío…
-Así es, han pasado casi 50 años desde tu último recuerdo lúcido.
-No me siento bien.
-No te preocupes, los instrumentos y la solución que te estoy administrando harán que todos esos malestares vayan desapareciendo.
-¿Mi familia?
-Lo siento, solo los hijos de tus hermanas están vivos.
La mujer comenzó a sollozar.
-Mi madre…
-Muerte natural, tuvo una larga y prospera vida.
Después de varios minutos se tranquilizó y se enjuagó las lágrimas con la sabana.
-¿Qué pasó conmigo? ¿Saben mis sobrinos donde estoy?
-No, ellos piensan que falleciste hace mucho.
-¿Y por qué no les han avisado? –sonaba un poco molesta.
-Porque todo el mundo pensaba que estabas muerta.
-Bueno, no lo estoy. Seré una vieja pero estoy viva.
-En realidad, te quedaban unos pocos días cuando te encontramos.
-¿Por qué pensaron que estaba muerta?
-Debido a los disturbios en nuestro país, la información se volvió dispersa y confusa. Cuando tu madre y tus hermanas fueron a buscarte les dijeron que habías fallecido a consecuencia de la peste
-¿Qué peste?
-Bueno, al principio se pensó que era un virus que había mutado naturalmente, después supimos que fue un atentado de un grupo terrorista de esa época. Murieron millones en el mundo.
-¿Cómo alguien pudo hacer eso?
-Con el avance de la ciencia. Algún día tenía que pasar.
-Me estoy sintiendo mal nuevamente.
-Cierra los ojos y respira con profundidad unos segundos.
Respiró sonoramente unas diez veces. Luego le preguntó.
-¿Qué me pasó en realidad? ¿Tuve un accidente?
-No, tuviste un cuadro depresivo bastante severo.
-¿Y estoy curada?
-En realidad es una cuestión de control. Actualmente la medicina sólo te puede dar una segunda oportunidad, no puede curar los estragos que causan una enfermedad mental.
-¿Por qué la depresión?
-No lo sé.
Miró sus brazos, ya podía ver mejor. Se tomó la frente con la mano y suspiró.
-¿Qué va a ser de mí?
-Esa es tu elección.
-¿Cómo es el mundo ahora?
-Bastante diferente a como lo conociste pero a la vez, muy similar. No te costará acostumbrarte.
-No me queda mucho tiempo de vida.
-Si lo deseas puedes tomar un tratamiento rejuvenecedor, te quitaría entre cincuenta y sesenta años de edad.
-¿Cuánto tiempo más viviría?
-Sin una Ascensión, tu estimado actual de vida es de ciento ochenta años, siempre y cuando puedas pagar el tratamiento y no existan adelantos en la medicina.
-¿ Ascensión?
-Una Ascensión es un proceso por el cual un ser humano se vuelve inmortal. Su mente es transferida a un nuevo cuerpo con propiedades regenerativas, entre otras cosas.
-Que horror. ¿Cómo alguien puede hacer eso?
-¿Te parece tan terrible?
-Si, pobre gente, ¿qué hay de su alma?
-¿El alma? Eso esta aquí –se tocó la frente con el dedo.
Se quedó callada.
-¿Pasa algo?
-Siento que he tenido esta conversación antes.
-Si, hace más de cincuenta años.
-¿Cómo lo sabe?
El se acercó a la cama.
-Por que yo estaba ahí.
Lo miró con consternación por varios minutos. Finalmente lo reconoció.
-Estas igualito.
-Soy un Ascendido, mi forma cambia cuando lo deseo.
-¿Tú eres mi doctor?
-Por ahora, sí.
-Gracias. Yo…te agradezco que hayas hecho esto por mí. ¿Cómo supiste que estaba viva?
-Cuando eres un Ascendido puedes procesar increíbles cantidades de información. Mientras buscaba que había pasado con mis amigos, encontré una referencia genética tuya, pero no mencionaba tu nombre. Cuando estuve seguro que se trataba de ti envié a los Ángeles para que te rescataran.
-¿Ángeles?
-Es un grupo especializado de mujeres que realizan misiones de rescate para la Unión.
-¿Unión?
-La Unión es el área gubernamental de las Naciones Unidas.
-¿Solo hay un gobierno en el mundo?
-No, hay cientos, incluso más que antes.
-¿Por qué hay una Unión?
-Bueno, así como a la Comunidad Europea le tomó décadas unirse, igual pasa con la Unión.
-Mmmm. ¿Y te gusta ser un Ascendido?
-Si, aunque haya significado mi exilio.
-¿Tu exilio?
-Los Ascendidos estamos prohibidos de regresar a la Tierra.
-¿Por qué?
-Nos temen.
-¿Han hecho algo para que les teman?
-Ser poderosos, pero nunca ejercimos el poder en la manera que un humano lo ve.
-Quizá alguno lo hizo y no lo saben.
-Imposible, mientras estemos en un radio de 82.6 unidades astronómicas siempre sabemos todo de todos.
Ella se rió.
-¿Dije algo gracioso?
-Siempre hablando de tus cosas espaciales.
Una sonrisa se dibujó en su rostro.
-¿Recuerdas lo que prometí?
-No, ¿Qué?
Se apartó y fue dejando que el vidrio alrededor del cuarto se aclarara.
Al principio parecía sólo un cuadro, pero cuando se volvió traslúcido se podía ver la superficie lunar. Al frente estaba la Tierra en semicírculo.
-Es hermoso.
-Hace más de cincuenta años te prometí llevarte a la Luna sin importar cuanto tiempo pasase. Ahora que he cumplido mi promesa me puedo ir. Pero no sin antes dejarte sana y salva.
Bajó la mirada.
-¿Qué va a pasar conmigo?
-Lo que tú quieras. Allá abajo tienes una familia y una nueva vida que te espera.
-¿Y cómo voy a llegar?
-Ya todo está arreglado, a mi señal un transporte automatizado vendrá por ti y te dejará en una isla desierta. Desde ahí un grupo de amigos se encargará de llevarte a tu familia. Y si lo deseas, puedes someterte al tratamiento antes de salir, ya todo esta pagado.
Ella comenzó a asentir pero se detuvo.
-Yo no entiendo.
-¿Qué cosa?
-¿Por qué lo hiciste?
-¿Qué?
-Esto, rescatarme, revivirme, la luna, todo.
-Te lo prometí.
Ella se quedó callada, mirándolo.
-Desapareciste, solo escuchaba de ti de vez en cuando.
El se cruzó de brazos y se quedo mirando al suelo unos segundos.
-Quizá por un tiempo, pero después de unos años siempre estuve ahí para ti.
-Tú tenías una vida.
-Tú también.
-Eres un resentido.
-No lo soy.
-Si lo eres.
-Lo que pasa es que no entiendes.
-Esa es tu excusa, eso dices siempre. La verdad es que eres un resentido y no lo quieres admitir porque quieres ser perfecto.
Él se rió.
-La verdad es que ser perfecto lo encuentro muy aburrido.
-Eso siempre dices también, además, como explicas la cosa en que te has convertido.
-Era la única forma de lograr lo que siempre he soñado, aunque haya pagado el precio.
-¿Qué precio?
El se le acercó y se lo dijo al oído. Después de hacerlo se paró junto a la ventana mirando el paisaje lunar.
Durante casi una hora ella se quedó mirando la vista al frente. La Tierra y las estrellas se mantenían fijas.
-No tenías que hacer esto –suspiró.
Sin voltear él le repitió.
-Lo prometí.
-Lo haces por tu ego.
Él volteo, la ceja derecha levantada.
-¿Mi ego?
-Si, siempre has sido un egoísta. Lo haces por ti, no tiene que ver conmigo ¿Querías impresionarme? ¿Tenías que resucitar a una pobre anciana y hacerla sufrir para poder impresionarla y sentirte admirado? Eres patético. Tú... tú no tienes el derecho de hacer esto, nadie te lo dio y esa promesa tonta es algo del pasado, no tiene sentido, ¿estás loco, sabes?
Los instrumentos comenzaron a presentar lecturas erráticas, al parecer el suero no estaba surtiendo efecto.
-Ese es el problema de la humanidad, que cree que las cosas que se dicen son a corto plazo y no es capaz de mirar los efectos que tiene en el futuro.
-Crees que lo sabes todo.
-El mayor problema es que cada persona tiene su percepción de la realidad, y no niña, no lo sé todo. No tienes idea de lo que significa todo. En realidad, es una palabra que va más allá de tu comprensión y la mía.
Ella se echó a llorar.
-¿Por qué me has hecho esto?
-Porque tú me lo pediste.
Ella le respondió, gritando.
-Yo no te pedí nada, ¿entiendes? ¡Nada!
Aumentó la concentración del suero pero la degeneración neural se iba propagando. Ya no tenía ningún tipo de efecto sobre la mente de ella.
-¿No? Si quieres puedo reproducir la conversación que tuvimos esa noche.
-Hace más de cincuenta años. ¡Loco! ¡Maniático desgraciado! Mira lo que me estas haciendo, por Dios.
Se tomó el rostro arrugado con sus manos venosas y siguió llorando mientras se ahogaba con su respiración.
Él comenzó a tantear su mente.
-¿Qué haces hijo de perra? –gritó.
Con un ligero ajuste le quitó el habla y miró dentro de ella con fuerza, explorando, sintiendo lo que había vivido, quería entender su reacción o si había hecho algo mal.
Al principio todo era normal pero después fue viendo la pena, el dolor, la depresión, el engaño, los golpes y la furia.
Un odio abismal existía dentro de ella. ¿Cómo se lo iba a imaginar?
Y rodeado de ese odio, miedo. Miedo de la vida. Después de todo, esa había sido su elección, por eso la locura y ese sentimiento de autodestrucción.
Con delicadeza fantasmal fue liberando su mente hasta que la dejó libre. Le devolvió la capacidad de hablar y mientras ella le gritaba y vociferaba él se sentó y se la quedó viendo.
Los minutos y las horas pasaban.
-Te odio, ¿entiendes? ¡Te odio! Vete con esa mujer que no te quiero volver a ver maldito hijo de perra! ¡Desgraciado!
-Shhhh, shhh, tranquila –le respondió él con voz de mujer
-¿Ah?
-Si pequeña, sí. Tranquila, todo estará bien.
-¿Dónde estoy?
-En la clínica, pero no te preocupes, todo estará bien.
Ella observaba sus muñecas.
-No, no veo marcas.
-Una crema para borrar cicatrices.
-Dime hermanita, ¿por qué? ¿Por qué? Me quería morir, no sé por qué lo hice, me sentía desesperada, sola y olvidada. No tienes idea de lo horrible que era. Sentía que no existía, que no era nadie. Nadie...
Ella quería seguir llorando y no podía. Tras largas horas de estrés emocional su cuerpo ya no respondía, pero ella no parecía notarlo. Sólo sollozaba.
-Vamos linda, vamos. Nada ha pasado, no te preocupes. Ya verás que en unos días vas a estar bien.
-Quiero salir de acá, por favor sácame.
-Mi amor, no puedo hacerlo, estás anémica, ¿cómo te podría cuidar yo? Los doctores saben lo que hacen, solo serán unos días hasta que estés fuerte y sana de nuevo. Así podrás venir con nosotros y ser feliz.
-¿Feliz?
-Sí, feliz. No te preocupes, sólo serán unos días, ya veras. Ahora cuídate, tengo que regresar al trabajo, mañana regreso para verte. Mientras tanto iré preparándote tu cuarto.
-Por favor no me dejes acá, sola.
-No estarás sola niña, vas a estar bien. Los doctores y enfermeras cuidarán de ti.
-¿Vas a cuidar de mí?
Él le respondió con una voz de hombre que no era la suya.
-Así es, yo voy a cuidar de ti.
En su anciano rostro hizo la mueca de una mujer joven. El no pudo sino mirarla con tristeza al recordar el rostro de aquellos días.
-¿Por qué esa mirada?
-Eres hermosa.
-¡Claro que lo soy!
-Pero que confiada.
-Claro, si yo se quién...
Ella se quedó callada.
-¿Mama?
-¿Dime hija?
-¿Por qué sigo aquí?
-Aun sigues mal mi niña, los doctores no quieren que salgas aún.
-¿Por qué no me dejan vivir mi vida como quiero mama?
-Mi niña, tu ya no quieres vivir, es por eso que no quieren dejarte ir. ¿Entiendes?
-¿No es esa mi decisión?
-No es natural que una persona intente suicidarse tres veces.
-Es mi elección, es mi derecho. Nadie me preguntó si quería vivir, ahora que tengo la oportunidad de elegir, deseo ya no hacerlo.
-Hablas así porque tu cabeza no está bien, pero ya verás que cuando te curemos, nada de esto tendrá sentido y querrás vivir por siempre.
-Una vez conocí a alguien que quería vivir por siempre.
Esa frase lo tomó por sorpresa. ¿Se refería a él?
-Él si estaba loco, no yo ¿quién querría vivir por siempre?
Era demasiado para él. Ahora entendía su reacción. Ahora que veía su vida y la compartía podía comprender el llanto y los gritos. Podía curarla, una ligera alteración química en su cerebro y todo sería diferente, pero no quería hacerlo, no quería ser Dios.
De haber querido serlo, otra hubiese sido su elección cuando se despidió de Alpha.
Casi inconsciente, fue respondiendo con diferentes voces conforme la mente de la anciana desvariaba y se iba degradando, recordando diferentes pasajes de su vida.
En ningún momento lo volvió a mencionar.
Finalmente, el dialogo se convirtió en balbuceo y poco a poco se fue callando hasta que no volvió a hablar. Sólo miraba al frente, como ciega.
A su lado los instrumentos decían que seguía con vida pero él sabía que eso no era cierto. Su mente estaba fuera de toda salvación.
Ya no importaba. Había sido su responsabilidad rescatarla, ahora era su deber estar a su lado hasta que su cuerpo y su mente se rindieran y dejara de existir.
Dejó que el tiempo pasara como si éste no existiera. Finalmente, después de poco más de tres años, ella murió.
¿Qué quedaba por hacer?
Salió de la habitación. Las estrellas brillaban, llamándolo.
¿Tenía sentido irse? ¿Con quién recorrería las galaxias, los soles y los planetas? ¿Con quién vería las nebulosas y sus colores, sus formas que más parecían un cuadro pintado por el dedo del mismo Dios que un capricho de la materia?
Era triste pensar que pasaría la eternidad haciendo aquellas cosas sólo.
Triste, pateó una pequeña roca y la vio alejarse de la gravedad lunar, cada vez más y más, hasta desaparecer. La había golpeado con una fuerza sobrehumana. Le había dado vida a la roca, la había hecho escapar de su prisión.
¿Pero que había de la suya?
Abatido, se sentó abrazando sus rodillas mientras miraba a la Tierra. Suspiro por él y por la humanidad.
Que maldades y desgracias ocurrían allá abajo. Con sólo pensarlo, en un segundo, podía hacer que todo ese dolor, esa pena acabara. Un segundo y se acabaría la guerra, la destrucción y la insanidad humana.
Una sola acción y listo, adiós.
¿Pero qué estaba pensando?
¿Arreglaría algo? ¿Era acaso él un dios para hacer lo que pensaba hacer? ¿Justificaba su pena y dolor el ser jurado y juez para la vida de otros, por más triste y deprimente que sea su existencia?
No estaba bien, nada bien. No era su propósito ni su destino.
Quizá había esperado mucho y ahora que no lo había alcanzado, se había querido desquitar con inocentes. Había soñado demasiado con algo que nunca pasó. No era un dios, solo un posthumano.
Desilusionado, miró a su alrededor. No había nada más que hacer, ni en la Tierra ni en la Luna, pero se sentía tan cansado.
Sabía lo que tenia que hacer. Debía dormir, meditar mas allá del entendimiento de la mente humana.
Así, mientras escuchaba el Adagio de Barber, apagó su conciencia, y durmió.


V.
Por dos millones, quinientos sesenta y siete años fue más maquina que hombre. Una cura de sueño como ningún ser humano la había tenido antes.
Un sopor casi eterno pero que llego a su fin. Ya no había más que pensar o llorar. Se había acabado el deseo de lo que pudo ser. Solo quedaba la nostalgia.
Dejó que sus sentidos regresaran junto con el ruido de la vida.
Aunque ahora era diferente, extraña, no parecía ser del todo humana, pero había algo que...
No le importó. Su destino lo esperaba allá afuera, en las estrellas. Todos sus conocidos estaban muertos, ahora eran solo polvo y los recuerdos que él llevaba dentro.
Se puso de pie y miró alrededor. No era el mismo paisaje de antes, había cambiado. La mano del ser inteligente había pasado por ahí, sin notar siquiera que un semidiós dormía una siesta.
Estaba a punto de sonreír cuando noto una variación en el ruido. Quien sea que estuviese allá afuera, quien fuese que estuviese controlando las cosas, se había dado cuenta que algo se había despertado en su territorio.
Lentamente se fue alejando para ver la reacción de los que lo observaban.
Al principio era un temor escondido detrás de un velo de intriga. Pero luego la verdad salió a la luz, y se dio cuenta que sus intenciones no eran buenas.
Sabían quien era, había todo un procedimiento para actuar contra los de su tipo.
"Increíble", pensó mientras corría dejando atrás una serie de explosiones. "Después de millones de años hay cosas que nunca cambian".
Sabían lo que hacían. Campos electromagnéticos, ondas de choque, alteraciones físicas y químicas del terreno, incluso un campo de atracción gravitacional artificial que trataba de bloquear su escape.
Había tanta seriedad, tanta frialdad. Jamás preguntaron sus intenciones, quién era, por qué estaba ahí o si pensaba quedarse; simplemente habían actuado como salvajes.
Aceleró el paso. Sintió que la situación era cómica, un posthumano corriendo de niños, niños que no sabían lo que hacían.
Con cierta maldad suspiró por sus canales de datos, "Jesús".
La reacción fue extraña, hubo un ligero cambio, una minúscula alteración, más propia de un recuerdo inconsciente que un hecho de mente. Al ver esto, se dio cuenta que solo le quedaba una cosa por hacer.
Con todas sus fuerzas, con toda su energía, acumuló luz y materia a su alrededor, dejándose mostrar ante los ojos de quienes lo observaban: un ser que corría por las llanuras lunares y que dejaba tras de si una estela de polvo cósmico, corriendo a la velocidad del rayo. Y mientras lo hacía, reía. Se reía con una risa que denotaba indiferencia.
Les estaba dando un blanco físico, y ellos lo sabían. Corría sin parar, dejando atrás el lado claro para llegar al lado oscuro.
De un salto espectacular, como un atleta olímpico, extendió brazos y piernas y cayo al otro lado, esperando ver oscuridad.
Sin embargo, ahí vio luz y vida. Extraña, quizá humana, asustada ante su llegada.
Pero a él no le importaba, solo quería llegar al final para dar el gran salto a la libertad.
A poca distancia, encontró el lugar perfecto. Un haz de partículas que era usado para algún tipo de comunicación interestelar.
¿Cuál?
No importaba, él lo usaría y lo malograría al usarlo, dejando atrás un recuerdo que jamás podrían olvidar.
Su risa se extendía por la red, los alteraba, los volvía locos, no solo en la Luna y la Tierra, sino más allá, en sus colonias y naves, en Marte y Venus, en el cinturón de asteroides y en sus sondas en Júpiter y Saturno.
Querían acabar con él a cualquier precio y era divertido porque él sabía lo que ellos querían y lo que iban a hacer. Y ellos sabían que él sabia, pero no les importaba, estaban furiosos y no eran capaces de pensar con claridad.
Ya faltaba poco cuando hubo un cambio en el continuo. Habían detonado algún tipo de agujero negro.
Era el arma perfecta, la habían usado antes contra los de su tipo y siempre había funcionado. Ninguno se había escapado, todos habían muerto ante sus fauces.
Excepto él, a diferencia de los que regresaban al sistema solar, él había estado durmiendo adentro, pero en estado latente. Su sistema había adquirido millones de años de información.
Inconscientemente había sido un espía.
Así, pasaron dos cosas: una, transmitió al universo entero la solución al dilema, y dos, se escapó del dilema pero alterándolo. Ya no era un agujero negro artificial y manejable. En poco tiempo se convertiría en uno de verdad y si no hacían algo al respecto, poco o nada quedaría del sistema solar.
Ahora la amenaza no era él, sino el arma que se salió de control.
Las cosas se volvieron un caos. Criaturas espantadas corrían de un lado a otro, otros se suicidaban mientras que algunos intentaban escapar de las maneras más burdas.
Haciendo uso del extraño dispositivo, tomó su energía y proyectó su existencia hacia fuera, hacia la nube de Oort y en pocos segundos ya había dejado todo atrás.
Se detuvo y miró para ver si lo habían arreglado.
Consternado, se dio cuenta de que no iban a lograrlo. No había que ser un genio para entender que esa tecnología la habían adquirido de algún otro lugar y no la habían desarrollado ellos mismos.
En un breve instante y mientras admiraba las Pléyades, solucionó el problema sin darles siquiera una idea de cómo lo hizo. "Quizá con eso aprendan", pensó.
Ahora que había despertado, el Universo entero se abría ante sus ojos. El sueño de su infancia, de su vida, lo esperaba.
Se colocó al lado de un cometa que vagaba por el espacio y navegó con él hacia las luces del infinito.