No perdía la costumbre de pensar en minutos, así que bajo mi inútil marco de referencia calculé que habían pasado unos veinte desde que deje el claro del bosque hasta que llegué a las orillas de un río.
El lugar era hermoso y me agaché a beber con las manos. El agua tenía un sabor dulce pero refrescante. Debo haber bebido unos quince sorbos. Una vez saciado me levanté y recorrí con la vista toda la orilla y el otro lado. No había señas de ninguna casa o huellas de ningún tipo. Pero era ahí donde terminaba el camino.
Estaba a punto de retroceder pensando que tal vez en algún momento había tomado un desvío equivocado, cuando lo escuché.
Era el grito más desgarrador que había oído en mi vida. La voz parecía llevar consigo su propio frío y al escucharla sentí claramente que mi cuerpo comenzaba a temblar y los cabellos del cuello y la cabeza se levantaban.
El sonido penetraba en el cerebro y hacía perder la esperanza. Mi cabeza se llenó de pensamientos de abatimiento y desconsuelo. Caí de rodillas con la cara entre las manos, sollozando.
Y tan súbitamente como empezó, el ruido cesó. De entre los árboles vi surgir a un hombre cuya edad era imposible de adivinar ya que tenía la barba sumamente espesa, desordenada y larga hasta por debajo de la cintura y los ojos llenos de esas arrugas que no son causadas por la edad sino por el sufrimiento. Vestía lo que en algún momento debieron haber sido finas ropas de seda, ahora hechas trizas y sucias.
Yo todavía no podía hablar, sentía que me faltaba el aire luego de haber escuchado ese grito escalofriante. El hombre se agachó a mi oído y me dijo susurrando:
-No tengas miedo, es a mí a quien sigue el espíritu que se queja. Tú sólo has escuchado un sollozo, yo lo escucho todo el tiempo.
-¿Cómo…? –alcancé a decir mientras recuperaba el aire.
-¿Cómo lo soporto? No lo hago. Pero es mi castigo y está conmigo desde el principio de mi peregrinaje por este lugar. Pero vamos, nadie viene hasta aquí a menos que necesite desesperadamente ayuda –me dijo cogiéndome de un brazo para ayudarme a ponerme de pie- Habla rápido.
-¿No volverá a quejarse? –dije con dificultad. Incluso con su ayuda me fue imposible sostenerme en pie y caí de rodillas nuevamente- No quiero escuchar ese sonido nunca más.
-Tenemos un instante, debes ser rápido.
-No, no. Debe haber otra forma. Lo que tengo que hablar contigo va a tomar tiempo. Tienes que explicarme bien el camino a seguir, ya que eres el único que lo sabe.
El ermitaño soltó mi brazo y se puso de pie. Con la voz dura me dijo:
-¿Buscas Tir Bo Thin’n, no es así?
-Así es.
-¿Quién te ha enviado?
-Vengo por encargo de una Sidhe que encontré en un claro del bosque en esa dirección –respondí señalando el camino por el que había venido.
-Lo siento. No puedo ayudarte.
Me puse de pie con dificultad ahora que el aire había regresado y lo miré fijamente. Si bien su aspecto era el de un loco, sus ojos eran firmes y delataban su fuerza interna. Este hombre se negaba por convicción, no por capricho.
-Pero debes ayudarme –le dije- Pasaré cualquier prueba o te ayudaré en lo que sea.
-Ya muchos han partido en búsqueda de Tir Bo Thin’n y no han regresado. Suficientes muertes he visto ya. No voy a causar otra más.
El ermitaño dio media vuelta y comenzó a alejarse.
-¡Espera! –le grité mientras corrí a alcanzarlo. Cogí su brazo y lo detuve. El ermitaño sonrió mientras giraba la cabeza hacia mí.
-Eres fuerte, juglar, y veo en tu rostro que si intentara alejarme me lo impedirías. Pero no tienes tiempo. Déjame ahora y vete de aquí o escucharás de nuevo el llanto. ¿No lo notas? Se acerca.
-No me iré –dije, aunque con miedo pues realmente podía sentir una sensación agobiante, una fuerza que se acercaba, y se podía sentir de nuevo un viento frío.
-Te irás. Veo tu miedo. ¿Y así pretendes enfrentar a La Som-bra? ¡Lo que vas a ver ahora no es sólo una sombra, ella es la verdadera Scathach! –Al notar que no lo soltaba prosiguió- Tonto, morirás aquí al oír el llanto tan de cerca. Vete.
-Te he dicho que no lo haré.
-Pero ¿estás loco? ¡Mira! –gritó señalando hacia el bosque.
Y entonces vi acercarse a la muerte en la forma de una mujer atormentada. Era un espectro que pese a su apariencia humana delataba claramente su vil propósito. Sus ojos eran suficientes para causarme pesadillas por toda la vida. El espectro no camina-ba, sino que se deslizaba sobre el suelo como flotando.
Aún así no solté al ermitaño, pues yo estaba dispuesto ya a morir si era necesario en la búsqueda de mi destino. El hombre me miraba con una mezcla de terror y preocupación en el rostro.
El espíritu abrió la boca para emitir un grito desgarrador. El sonido tenía forma, tenía masa, era perceptible no sólo por los oídos sino por todo el cuerpo en forma de cuchillas que causaban un dolor agonizante.
Fue demasiado. En un instante, todo se convirtió en oscuridad.
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Cuando abrí los ojos de nuevo tenía al ermitaño a mi lado, de cuclillas y con los brazos cruzados, mirándome fijamente. Yo estaba tendido en el suelo y cubierto en un sudor helado, mi mano apretando fuertemente a Tesón.
-Has sobrevivido juglar –me dijo el ermitaño- Increíblemente has sobrevivido.
-Lo… lo he hecho… ¿verdad?
-Si, pero que no se te suba a la cabeza, ya que sospecho que el mérito no es tuyo. Ese instrumento que aprietas en la mano debe ser capaz de defenderte en parte de este tipo de sonidos mortales.
-Al… al menos…
-Calla. Lo que hiciste fue insensato y no resistirás el siguiente grito. Pero un hombre dispuesto a morir por obtener mi ayuda no merece que se la niegue. Dame la mano, te ayudaré a ponerte de pie. Cuando el espíritu regrese pídele que te cuente su historia. Luego de escucharla nos dejará tranquilos por un buen tiempo y podré ayudarte.
Lentamente y con ayuda pude ponerme de pie. Noté que el ermitaño me miraba preocupado.
-¿Me veo muy mal? –le pregunté.
-Si realmente te encontraras como te ves, estarías muerto.
-¿Tan mal, eh? –logré sonreír.
-Prepárate, ahí viene.
Uno pensaría que al verlo por segunda vez el efecto sería al menos un poco más leve, pero no fue así. Los ojos del ermitaño me confirmaron que toda una vida no bastaba para perderle el miedo a esa horrible criatura. Usando todas mis fuerzas logré mantener el control y cuando el espectro se acercó a unos metros le grite:
-¡Alto! Cuéntame tu historia espectro. Déjame conocer el motivo de tu sufrimiento y descansa.
Al oír esas palabras el espectro se detuvo por un momento, me miró fijamente, y luego continuó moviéndose en dirección a mí.
-¡Dijiste que se detendría! –le grité al ermitaño.
-Te dije que te contaría su historia. Prepárate.
El espectro estaba ya en frente de mí. Vi con terror como estiraba uno de sus brazos en dirección a mi cuello. Cuando hizo contacto, pude ver cómo parte de mi piel se ponía azul con un frío tan intenso que no se podía comparar con nada del mundo real.
Y en ese momento, lo supe todo.
Sólo había demorado el tiempo que le toma a un hombre el pestañear, pero el espectro me había contado su historia con todos los detalles. En mi cabeza quedó grabado hasta el menor sentimiento de todos los involucrados. Retiró su brazo, bajó la cabeza y se alejó. Voltee a mirar al ermitaño, que ahora esquivaba mi mirada con la cabeza fija en el suelo.
-¿Tú los mataste ermitaño?
-Ya lo has visto.
-He visto una isla prodigiosa, donde los habitantes no morían por edad o enfermedad de ningún tipo. He visto a una mujer guerrera entrenando a un gran héroe.
-Fue el mejor. Nos salvó a todos.
-He visto a un hombre cegado por los celos. Un hombre que desconfiaba, que en su locura creía que su esposa no sólo entrenaba al héroe en combate, sino en otras artes. Lo he visto matar a su amada.
-No fue sólo ella.
-Lo sé. Luego de este suceso desafortunado, la magia de la isla se esfumó, todos murieron. Incluyendo a tu hijo.
-Ya he sido juzgado y sentenciado. ¿No has visto? Mi castigo es sufrir ahora una eternidad atormentado por los recuerdos.
-No juzgaré yo si el castigo es merecido o no.
-No necesitas decirlo, puedo verlo.
El ermitaño suspiró y volteó su cuerpo para darme la espalda. Me dijo:
-No malgastes tu compasión, la vas a necesitar para ti mismo si llegas a tu destino.
-¿Conoces el camino?
-No, no lo conozco.
-¿Qué me dices? Entonces no entiendo para qué todo esto.
-No conozco el camino a Tir Bo Thin’n, pero sé cómo llegar.
El ermitaño giró de nuevo y me miró a los ojos. Había des-aparecido todo rastro de temor o sufrimiento.
-Para llegar a Tir Bo Thin’n no se puede querer hacerlo. El que lo busca jamás lo encontrará. Sólo cuando dejes de buscarlo podrás alcanzarlo.
-Tú has estado ahí, ¿no es así?
-Sabes leer muy bien a las personas.
-Es algo que he venido aprendiendo en este viaje.
-Estuve allí. Llegué sin querer mientras deambulaba loco en los inicios de éste martirio.
-¿Aprendiste algo?
-Si. Aprendí que ninguna sociedad es perfecta, ni siquiera la isla prodigiosa de la que vengo. Aprendí que es muy tonto el que ignora factores inherentes al ser humano como el egoísmo y la contradicción, el temor al cambio, el deseo sexual o el deseo de trascender… por nombrar sólo algunos. Estos factores han destruido sociedades, reinos, imperios, países.
-Humm… el egoísmo y el poder… por su culpa la mayoría de las instituciones son corruptas.
-Las instituciones no son corruptas, son corruptas las personas que las forman. Lo irónico es que las personas que condenan a toda una institución por las acciones de unos pocos, no se dan cuenta que ellos también pertenecen a grupos en los que hay gente mala.
-¿Aprendiste que nadie es perfecto?
-Nadie lo es.
-Aunque… tengo un amigo que dice que él sí.
El ermitaño y yo nos quedamos pensativos por un buen tiempo. Él luchando con sus recuerdos y yo tratando de entender lo que debía hacer. Repasaba las pruebas y los diálogos que había tenido hasta ese momento. Miraba las cosas desde distintos ángulos. Y de pronto, lo supe.
-He encontrado la manera de llegar, ermitaño.
-Entonces ha llegado el momento en que me dejas solo. Debo decir que, después de todo, me dio gusto que no huyeras.
Estreché su mano y no pude evitar sentir algo de lástima por él pese a su advertencia.
-Dime, amigo –le dije- ¿Crees en un Dios? ¿Crees que tu familia está con él, esperando tu regreso?
-Yo creo en varios dioses, juglar.
-¿Varios? Pero alguno debe ser el más poderoso, el creador, el que gobierna a los demás.
-Interesante error el de asignar siempre un líder y una jerarquía a todo, incluso a las divinidades. Pero es la forma que tiene el hombre de encontrarle un sentido a las cosas. Tendemos siempre a pensar que hay un orden detrás de todo, que existe una lógica que aún no descubrimos. Nos es muy difícil aceptar la idea de un universo caótico e ilógico.
-¿Es así en realidad?
-Lo es, ahora ya lo sé.
-Pero yo me refería a una fuerza creadora. Yo sé que cada persona ve algo diferente: algunos ven a Dios, otros ven a Ra o Gaea saliendo del caos, o una gran explosión a partir de una singularidad. Pero todos hablan de lo mismo.
El ermitaño comenzó a reír. Era un penoso espectáculo pues, incluso en la risa, su rostro ofrecía tristeza.
-¡Ja ja! Lo que me dices es tan sabio que no puede ser idea tuya. Veo que has aprendido la lección de aquel que es el Tercero en el Templo.
-Muchas gracias por confiar en mi capacidad. Pero ¿estoy en lo cierto?
-Es correcto. Algunos definen a cada aspecto de esta energía creadora por separado y otros prefieren tener una sola entidad que agrupa todo. Hay personas que prefieren verlas desde el punto de vista del leguaje abstracto y no poético. Te aseguro que a la energía creadora le da igual.
-¿Y en tu caso?
-Mi familia no me espera, pues no regresaré. Es mi castigo. Pero ellos están a salvo y aún me recuerdan. Sigue tu camino juglar, ahora que sabes cómo.
-Adiós entonces. Y no pierdas la esperanza del perdón.
Dejé al ermitaño atrás y me interné en el bosque. Ya no había nada de que preocuparse.
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Es imposible saber cuánto tiempo estuve vagando por el bosque. Sabía ahora que la única forma de llegar a mi destino era el no buscarlo. Tenia que alcanzar el Satori.
Tenía que descubrir.
Es difícil tratar de explicar ahora lo que encontré, las palabras no pueden describirlo. Pero intentaré aproximarme.
Descubrí el arte de plantear preguntas. Pero no preguntas racionales con respuestas lógicas. Descubrí el arte de plantear las preguntas necesarias para abrir la mente, las preguntas sin sentido.
Descubrí que todas las verdades son inventadas por nosotros y que el universo existe sin verdades, en caos. Descubrí cómo pasar más allá del orden y más allá de lo lógico. Llegué al borde de los precipicios de la mente y salté al otro lado.
Descubrí que todas las cosas y todos los seres somos formados por la misma energía. No aprendí nada nuevo, sólo me di cuenta de lo que ya sabía. Después aprendí a no saber.
Y cuando no supe, las formas desaparecieron y pude ver todo volverse uno.
Descubrí el sonido que hace una sola mano al aplaudir. Visité el momento en que todo empieza y todo acaba. Descubrí el secreto de lo mismo. Aprendí a entender el absoluto. Aprendí a estar en silencio al gritar. Conocí el todo y no las partes.
Y encontré que lo más valioso del mundo es aquello a lo que nadie puede poner precio.
Y fue entonces cuando vi el monolito. Medía casi tres metros por lado, un cubo perfecto. Las paredes eran transparentes, de un material similar al cristal. No había ninguna inscripción, pero no era necesaria: estaba en Tir Bo Thin’n.
Pero no estaba solo. Yo estaba ahí. Y estaba él.
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La figura que estaba de pie en frente de mí era Yo mismo. Pero este era un Yo extraño, diferente, un Yo que de alguna manera me hacía sentir incómodo. No era sólo el hecho de que este Yo estuviera al revés de lo que uno está acostumbrado a ver en un espejo. Era algo más.
-¿Que significa esto? –dije
-Viajero, haz superado muchas pruebas, pero ahora debes enfrentarme a mí, el segundo, La Sombra –dijo mientras sacaba de su funda a Cizaña, la espada que me había mostrado la Sidhe, sólo que se veía de alguna manera más oscura.
-¿Y me puedes decir quién eres, tú que te has escondido entre las sombras todo este tiempo?
-¿Qué no es obvio? Yo soy tú, o mejor dicho, lo que tú has dejado atrás.
Aquel Yo se lanzó entonces con su espada hacia delante, dis-puesto a enseñarme que él sí sabía cómo usarla. Logré dar un salto hacia atrás y esquivar el primer golpe. Di la vuelta al mono-lito y lo puse de barrera entre él y yo. Podía verlo a través de las paredes transparentes del mismo, sonriendo vilmente, midiendo los espacios. Yo miraba de un lado a otro buscando algo que me pudiera servir de ayuda. Tenía que seguir hablando, ganar algo de tiempo.
-¿Así que eres yo, eh? –dije- Pero bastante más agresivo, déjame decirte.
-Agresivo, ignorante, menos sabio… pero más cruel. Verás, yo soy todo lo malo que tenías. Yo existía desde antes de que iniciaras el viaje y te seguí desde un principio. Primero era pequeño, débil. Pero a medida que tú ganabas en experiencia y conocimiento yo también me volvía más fuerte ya que eran más los aspectos negativos que ibas desechando.
-Entonces, no eres más fuerte que yo.
-Tan fuerte cómo tú. Pero mientras tú has crecido en conocimiento yo he crecido en agresividad, intolerancia, maldad… ¡e impaciencia!
Y se lanzó de nuevo por el lado derecho del monolito. Yo salté hacia la izquierda, tropecé con algo y caí sobre mi brazo. En un segundo él estaba encima mío. Cizaña se movió en dirección a mi pecho.
Y en ese momento, sucedió lo inesperado: el cuerno de bronce, hasta ahora a mi lado, emitió un sonido grave que fue subiendo de intensidad con una velocidad asombrosa. Si bien a mí me parecía fuerte pero soportable, a aquel que era Yo le causaba un efecto devastador. Soltó su espada y cayó rodando al suelo mientras se tapaba los oídos con las manos.
Yo entonces, mientras agradecía a la Sidhe de todo corazón, tomé la espada en mis manos y me acerqué al cuerpo que se retorcía de dolor. En unos segundos más el cuerno de bronce dejaría de sonar, pero ya me encontraba yo encima de mi enemigo y con la espada a unos milímetros de su cuello.
-¡Adelante! –me dijo- Acaba de una vez conmigo y habrás terminado por fin con tu última prueba y con todo lo malo que has dejado atrás.
-No –dije, pues ya había entendido lo que se esperaba de mí en esta prueba.
-¿Qué estás diciendo? ¿No lo harás?
-No. No lo haré porque destruirte no es lo que debo hacer. Tú y yo somos uno y debemos existir juntos siempre. Es el orden de las cosas. Lo positivo necesita una contraparte negativa o de lo contrario es cegado por su propio brillo y se convierte en algo mucho peor. Esta es la primera lección, la lección de tolerancia de la que hablaba el encapuchado.
-¡Iluso! Si me dejas libre yo estaré siempre allí para perse-guirte.
-Es cierto. Pero yo sabré mantenerte bajo control. Uno no puede huir de su pasado o de su lado negativo. Pero ahora soy más fuerte y en lugar de hacerme daño me ayudarás a ser aún mejor. Ven, levántate, dame la mano.
Tomó la mano que le ofrecía y se puso de pie. Y en un instante, fuimos uno de nuevo. Y ahora juntos éramos más que la simple suma de los dos.
Sentí una gran alegría porque comprendí que las pruebas habían pasado. Había aprendido las tres lecciones. Podía regresar a casa.
Pero antes, sólo una cosa quedaba por hacer en este mundo. El monolito comenzó a brillar y yo sabía que debía entrar. Como era de esperarse me llevó de regreso al templo con columnas y sabía que dentro encontraría una capa marrón con capucha y unos guantes. Descansé mientras preparaba una pócima para recibir al viajero. Fue fácil encontrarlo, desorientado en el suelo. Evité que me reconozca en todo momento porque de otra manera el efecto estaría arruinado.
Cuando le mostré a Gae Bolga, se molestó y no pude evitar sonreír. Como era de esperarse, eligió a Tensón. Y tuve que hacer la pregunta por más que yo sabía que daría la respuesta correcta, porque así ha de ser.
Tengo que confesar que no pude evitar ayudarlo un poco más de lo debido. Le comenté sobre la proyección de las fuerzas en un mundo de cuatro dimensiones. Y también lo encaminé hacia el bosque cuando lo noté indeciso.
-Ya nos hemos visto dos veces –le dije, pues ésta era la segunda.
Vi como el viajero, yo mismo hace tanto, se adentraba en el bosque. Esa era la segunda lección: Yo soy mi propio mentor. Y lo había hecho bien.
Había llegado el momento de volver a casa.
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Por supuesto que no me sorprendí para nada cuando, dos días después de mi regreso, me encontré con El Gordo en un café. Yo estaba tratando de ordenar varios papeles y anotaciones en una de esas diminutas mesas que tienen los cafés cuando lo vi entrar.
El Gordo se acercó y, con la misma actitud de tranquilidad total, como quien conversa sobre la diferencia ente un café espresso y un cappuccino, me dijo:
-Veo que eres uno de los Aes Dana ahora.
-Si –respondí-. Muchas gracias por todo.
-No hay problema, algún día yo iré a Tir Bo Thin’n, pero por ahora hay otras cosas que hacer.
-¿Cientología?
-Je, je. Ahí siempre hay adeptos. Pero bueno, antes de dejarte tranquilo dime: ¿Cuál fue tu tercera lección?
-¿Mi destino? Lo tienes aquí al frente en la mesa. Voy a escribir un libro.
El Viaje
"…toda esa gente parada que tiene grasa en la piel
no se entera ni que el mundo da vueltas…”
- Charly García
no se entera ni que el mundo da vueltas…”
- Charly García
Los dos amigos recorrían sin hablar los luminosos pasadizos de Industrias Luna. Czerewko Manilov era el mas alto y corpulento de los dos y lo había sido desde la infancia. Pero Georgii Kovs marchaba adelante, guiando a su amigo sin emitir palabra alguna, como en algún momento había hecho hacía 40 años.
Esa vez, tanto tiempo atrás, sólo tres niños lograron escapar de los escombros del mayor accidente geolunar de la historia. Cuando la ahora infame nave de colonización “Bermuda”, una de las primeras naves que el consorcio de naciones envió a Luna, se estrelló contra la superficie del Nuevo Mundo con más de 400 personas a bordo, habían sido los tres amigos liderados por Georgii los únicos sobrevivientes.
Los tres amigos habían crecido juntos en lo que en esa época era todavía una pequeña colonia en un satélite hostil, y habían vivido el explosivo desarrollo de Luna. Desarrollo que era evidente en ese momento mientras recorrían los pasillos de la casa matriz de la más grande industria geolunar que el hombre había conocido. Los pasadizos no sólo eran utilitarios, sino que formaban parte de la mayor computadora en existencia: NMO, coloquialmente conocida como “Nemo”.
-A Ryshko le hubiera gustado ver esto –dijo Czerewko.
-Lo vio, lo vio –respondió Georgii- El tuvo la visión que originó todo lo que vemos ahora. Y nunca dudó que fuera posi-ble. Nemo es su hijo.
-¿Pero, valió la pena? ¿La vida de nuestro amigo?
Georgii no respondió de inmediato. Durante muchos años él se había hecho la misma pregunta. NMO no había matado direc-tamente a su amigo, pero los años dedicados al proyecto y la vehemente personalidad de Ryshko habían minado su salud a un punto en que incluso la avanzada tecnología de Industrias Luna no pudo ayudarlo.
Tal vez, si NMO hubiera estado lista antes, ella hubiera encontrado la cura. A Georgii aún se le hacía difícil concebir lo colosal que era la máquina. Desarrollada con los últimos avances en nanotecnología y computación molecular, NMO no se encontraba en algún lugar definido del edificio de Industrias Luna. El edificio era NMO, formado por billones de computadoras moleculares que se entrelazaban con las del titanio y plástico del edificio, cada una con similar capacidad de proceso que aquellas computadoras grotescas que todavía quedaban sobre la faz de la Tierra.
Pero no. Ryshko no hubiera permitido que NMO pierda tiempo buscando una cura a su mal. Hubiera continuado con el plan inicial, la búsqueda de un método eficaz de atravesar distan-cias estelares. El método que, luego de 4 años, había encontrado. NMO trabajaba de manera evolutiva, un concepto conocido como programación genética. Cuando se le planteaba un problema, sus inmensos recursos podía fácilmente simular un escenario con variables casi infinitas y por medio de prueba y selección natural llegar a la mejor respuesta.
Los dos amigos llegaron al final del pasillo y se detuvieron frente a una gran puerta metálica, con las palabras “Prohibido el Ingreso” marcadas claramente con tinta refractiva.
-Ryshko pensaba que valía la pena –dijo Georgii, respondiendo a la pregunta- y el fruto de su esfuerzo, querido amigo, se encuentra detrás de ésta puerta.
-¿Quieres decir que ya está listo? –Czerewko no ocultaba su asombro- Yo… yo siempre pensé que nosotros tampoco viviríamos para verlo.
-La verdad es que siempre estuvimos muy cerca. Vas a tener que disculparme por no mantenerte al tanto, pero comprenderás que todo lo relacionado a éste tema era información clasificada y sólo el personal de Industrias Luna podía conocerlo. En todo caso, creo que me perdonarás toda mentira anterior ahora que te estoy cediendo la primicia.
-Yo… ¡Pero por supuesto! ¡Vamos hombre, abre la puerta!
-No tan rápido amigo. Debes prometerme ciertas cosas.
-¡Lo que sea! Prometido.
-Nada de fotos. No podrás citar mi nombre, usa algo como “fuente anónima” o esas palabras que ustedes manejan. Y no puedes publicar nada hasta dentro de dos días, cuando el viaje de prueba ya esté marcha, para bien o para mal.
-¡Hecho! Vamos, vamos.
Georgii sonrió al ver a su amigo tan emocionado. Y no era para menos. La noticia podía ser la más importante para la raza humana en siglos. Colocó su mano sobre la puerta y los enmarañados circuitos de NMO lo identificaron con un 100% de seguridad en décimas de segundo. La puerta se abrió.
Lo que estaba al otro lado no parecía, a primera vista, nada especial. Un hangar con paredes de aleación y el clásico techo transparente de metal plástico. En el centro, y rodeada por equi-pos de control de despegue y cajas de suministros, se encontraba una nave de transporte. Era la clásica “caja de zapatos”, una LI-103. Un rectángulo casi perfecto para aprovechar mejor el espacio de carga, de unos 15 metros de largo y casi 7 de alto, tenía solamente dos detalles que rompían la monotonía: la cabina en la parte delantera con una inmensa luna transparente y las rejillas clásicas del impulsor nuclear entre la cabina y la zona de carga.
-¿Eso es todo? –exclamó, totalmente desilusionado, Czerew-ko.
-Tranquilo, ¿Qué esperabas? Lógicamente hemos adaptado una LI-103 para la ocasión. Además el nuevo impulsor ocupa mucho espacio.
-¿Impulsor?
-Ese es el nombre que le hemos puesto. Impulsor hiperespacial, en honor a Ryshko. Tú sabes que era un fanático de esas viejas historias de ciencia ficción.
-Muy bonito nombre. ¿Y cómo funciona?
-Siendo totalmente sincero, debo admitir que sólo tengo una idea vaga, recuerda que yo no soy científico. Sólo Nemo y unas tres personas del equipo de Ryshko lo entienden por completo. Lo único que sé es que permite que la nave salte de un lugar a otro de la galaxia, o posiblemente entre galaxias, en una fracción de segundo. El impulsor ocupa la zona entera de carga y parte de la cabina, dejando espacio para una persona.
-¿Una persona? ¡No me dirás que lo van a probar con alguien adentro! Un robot sería ideal.
-No, no sabemos que pueda pasar una vez que la nave de el salto. Necesitamos alguien ingenioso al mando, no podemos limitarnos a un robot. Si algo sale mal, el piloto debe ser capaz de ingeniárselas para regresar. O al menos, para informar que pasó.
-No lo creo. ¿Quién sería tan estúpido para arriesgarse así?
-De hecho, el piloto soy yo. Fui voluntario.
Czerewko se quedó unos segundos sin palabras. Sólo miraba a su amigo y no sabía si sentir cólera o asombro al ver que su amigo le regresaba la mirada con ojos radiantes y orgullosos.
-¿Pero tú estás loco? –dijo al fin- ¿Y si algo pasa? ¿Qué será de Sonia? ¿Y Dmitrii?
-No hay mejor piloto que yo. Y sabes que esto es lo que he soñado toda mi vida. Sonia me entiende, me entendió siempre. Y Dmitrii… bueno, el aún es muy pequeño. Pero crecerá orgulloso de su padre, de una manera u otra.
-Lo sabía. Siempre lo supe, quieres morir en alguna misión riesgosa e imposible. Y para colmo ¡con una estúpida sonrisa en el rostro!
-Hey, amigo, no me des por muerto todavía. El diseño es bastante seguro y si bien no sabemos a donde me va a llevar la nave, a menos que suceda algo catastrófico te aseguro que voy a poder regresar.
-¿Cómo que no sabes a donde te va a llevar?
Georgii echó un vistazo hacia el fondo del pasillo para cerciorarse que estaba vacío. Podía divisar en el fondo, a través de la ventana del lado oeste, las luces amarillas del vivero encen-didas a máxima potencia.
-Ese es un detalle que prefiero que no publiques si la prueba no es exitosa, para no crear obstáculos a pruebas futuras. La verdad es que no tenemos idea de cómo regular el sistema todavía, así que el primer salto me puede llevar a cualquier lugar dentro del universo conocido… en teoría al menos. Eso sí, luego del salto las computadoras de la nave registrarán todo el proceso y yo debería disponer de la información necesaria para regresar al punto de partida. Con cinco o seis de esos saltos aleatorios supongo que habremos aprendido a calibrar el impulsor.
-¿Y se supone que me cuentas eso para tranquilizarme? Si te entiendo bien… ¡Puedes acabar saltando en medio de un planeta o una estrella!
-No creo. Mira, el universo está principalmente vacío. Según los últimos cálculos un salto aleatorio tiene una probabilidad inferior a 1 sobre 10 elevado a la 33 de terminar en un planeta o algún otro cuerpo cósmico. Es cierto que estamos apuntando a terminar cerca de M31, lo cual juega un poco en mi contra, pero de todas maneras tú tienes más probabilidades de ser arrollado por un transbot al regresar a tu casa que las que yo tendré de terminar como dices.
-¿Están apuntando a M31? –Czerewko sacó del bolsillo instintivamente un electropad que usaba para tomar notas. Inclu-so dada la gravedad de la situación, sus instintos periodísticos no le permitieron dejar pasar un dato importante- ¿Por qué?
-Es una galaxia muy similar a la nuestra. Si hay vida cómo la humana en otros lugares, se me ocurre que las probabilidades son mayores en M31. Pero ya te veo más calmado, sígueme para que puedas ver la nave de cerca.
Czerewko caminaba mientras Georgii le mostraba a detalle la nave y el impulsor, pero su cerebro no asimilaba nada. La importancia de la noticia, que además estaba tan íntimamente relacionada con las vidas de sus dos mejores amigos lo tenía aturdido. Un inmenso sentimiento de pérdida se apoderaba de su cerebro. Pero en el fondo, Czerewko entendía.
-Después de ese accidente, hace tantos años, siempre vivimos como si el tiempo nos persiguiera ¿no es así? –le preguntó a Georgii, interrumpiendo su explicación- Como si ese día deberíamos de haber muerto y todos estos años adicionales fueran sólo un favor, un tiempo extra para completar algo significativo antes de morir de verdad. Y ahora sólo voy a quedar yo.
Georgii se apoyó contra la pared de la nave y suspiró.
-Querido amigo, ¿no lo ves? Ryshko lo hizo posible, yo lo voy a realizar y tú lo registrarás para la prosperidad. Siempre estuvo destinado que sea así.
-¿Aquel gran salto para la humanidad, no es así? ¿El que siempre soñaste?
-Esperamos demasiado de la raza humana. No somos, después de todo, nada. La Tierra y Luna no son más que una gota de agua en un océano. No habitamos más que un planeta perdido en una zona escondida de una galaxia entre miles. Y la vida de nuestra raza no representa en la escala cósmica más que lo que te toma pestañear ahora en comparación con los casi 50 años que tienes. ¿Y qué es mi vida en comparación? Existen riesgos, pero yo siempre supe que estábamos destinados para algo grande.
-No me gusta escucharte cuando hablas así. Sin embargo sé que es verdad lo que dices. Entonces, si me baso en tus palabras ¿Por qué arriesgar tu vida? Quédate aquí, disfruta de tus amigos y tu familia. Tu mismo dices que somos nada, tus acciones se perderán en la historia de la humanidad, serás un dato anecdótico más. Y en la escala cósmica… un grano de arena cayendo en ese océano que mencionas. ¿Vale la pena arriesgar años de felicidad? ¿Ver crecer a tu hijo?
-Seré, con el paso de los años, una línea en los libros de historia. Pero mi motivación no es la fama. Los verdaderos dueños del universo deben observarnos ahora como cuando nosotros observábamos un hormiguero en la escuela, ¿recuerdas? Tan enfrascados en nuestro ridículo mundo, en nuestras patéticas disputas… Pero si yo tengo éxito ahora, sería como una hormiga que, de pronto, junta dos minúsculas ramas y frotándolas produce fuego. ¿Recuerdas lo que les dije ese día, el día del accidente, cuando perdíamos las esperanzas?
-Por supuesto. Dijiste que sobrevivir en la Luna no podía ser más difícil de lo que había sido para un hombre primitivo sobrevivir en el Polo Norte de la Tierra. Que nosotros podíamos hacerlo.
-Y lo hicimos. Ahora escúchame. Se que este viaje que voy a emprender te parece una locura. Pero piensa en los antiguos navegantes de la Tierra, hace más de 2000 años. Estaban en las mismas condiciones que yo: naves primitivas, conocimiento escaso, un destino indeterminado… Pero ahí estaban, descubriendo lugares exóticos, nuevas tierras, nuevas culturas.
-Tú quieres descubrir América.
-El hombre ahora vive en Luna. Pero esto equivale a tomar un pequeño bote y navegar a la isla más cercana, la que se puede ver desde la orilla. El espacio nos llama, como nos llamó el mar en su momento.
-Dicen que el mar llamaba al hombre porque era el origen de la especie.
-La vida en la Tierra puede haber empezado en el mar, pero el verdadero origen esta allá afuera.
Czerewko sabía que sería imposible seguir discutiendo. Su amigo había tomado una decisión. Y no sólo era imposible hacer que Georgii cambie de idea una vez que tenía algo decidido, sino que además, muy a su pesar, entendía.
Lo había visto venir durante todos estos años. La muerte de Ryshko lo había confirmado. El destino les había salvado de una muerte segura porque los necesitaba para dar el siguiente paso. Sus vidas no eran suyas y ambos cumplirían a cabalidad el rol que les había tocado jugar en esta historia.
-Vamos –le dijo a Georgii- Muéstrame todo de nuevo.
-Con gusto amigo. Pero guarda esa cámara ¿quieres?
El núcleo
Mientras la nave viajaba por el vacío del espacio, el Comodoro Dmitrii Kovs II se sentía incómodo.
La incomodidad no era causada por la nave, ya que la “Pérez de Cuellar” era una nave diplomática moderna y como tal tenía todas la comodidades que la tecnología podía ofrecer. Lo que el Comodoro Kovs sentía era algo más complejo.
Era algo más parecido al miedo.
-Eso es. Tengo miedo.
-¿Miedo? –preguntó Matías Sing, el único otro ocupante de la nave- Tranquilo Dmitrii, Seguridad me asegura que los equipos que enviamos hace dos semanas no han encontrado nada peligroso. Mira, los pobres no tienen recursos ni para fabricar un arma decente.
Dmitrii asintió y sonrió, pero en realidad no se sentía ni una pizca más tranquilo. Matías no entendía, había pensado que el miedo se debía a una preocupación por su seguridad personal. Era un buen soldado y un experto en los Nucleares, ese Matías, pero su mente sólo trabajaba en términos de quién podía golpear más rápido o más fuerte. Mientras tuviera el arma más potente o la espada más grande todo en la vida estaba bien para él.
Pero no, no era eso lo que incomodaba a Dmitrii. Luego de haber salido ileso de las decenas de batallas contra los salvajes Periféricos en la ya legendaria rebelión de los años 30, Dmitrii había perdido el temor a las armas y había aprendido a confiar en los escudos. Él sabía que la tecnología para defensa que tenían era la mejor del sistema y que sufrir daño físico era sumamente improbable. Además, los Nucleares no se atreverían a hacerles daño. No arriesgarían una guerra.
En todo caso, nadie vive para siempre y Dmitrii tenía ya 184 años… no era un anciano pero su mejor época ya había pasado definitivamente.
Años… El miedo regresaba…
-¿Es cierto que ellos viven sólo 80 o 90 años? –preguntó.
-Es cierto –respondió Matías- Incluso muchas veces es me-nos. El aire que tienen ahí no es puro.
-¿No lo es? ¿Por qué? ¿No les vendemos generadores?
-Sí, pero los usan sólo los de la clase alta, los otros respiran el aire de la atmósfera.
-Están locos. Respirar eso. Están locos.
Años de misiones diplomáticas le habían enseñado mucho a Dmitrii. Heredero de uno de los apellidos más notables de toda Luna, probablemente era el diplomático más experimentado. Pero nada lo había preparado para esta misión en particular.
Sabía por qué había sido escogido. Dmitrii tenía en su haber más de 30 libros sobre diferencias culturales y de cómo estas se manifestaban, no sólo en vestimenta y comida, sino en deseos, esperanzas y conceptos generales como qué es el profesionalismo o cuándo una acción es buena o mala. Pero todos sus libros se referían sólo a Orbitales, nunca había pretendido aplicar sus conceptos a los Nucleares. ¿Cómo ponerse en su lugar? ¿Qué pensarían? Sabía que los Nucleares sentían envidia de los Orbitales, nadie vivía ahí a menos que no le quedara otra opción.
¿Cómo tratar con personas que no tienen siquiera la seguri-dad de tener alimento para el día siguiente?
Eso era lo que lo molestaba. El no poder ponerse en el lugar de los Nucleares. Un buen diplomático tenía que ponerse en el lugar del otro bando. Pero era imposible, eran demasiado diferen-tes.
¿Se suponía que debía sentir algún tipo de melancolía o pena? Pero, ¿cómo sentir pena de algo que sólo había visto de lejos? ¿De algo tan feo, tan triste? Tristeza. Tristeza y miedo.
La nave llegó a su destino. Inmerso en sus pensamientos, Dmitrii no se había acordado de mirar por la ventana para obser-var el panorama desde el aire. Tal vez era mejor. De esa manera sólo tendría como referencia las fotos de la enciclopedia y las fotos siempre muestran las vistas más hermosas.
La puerta se abrió.
-Bueno, aquí estamos al fin.
-¡Puh! ¡Que feo olor!
-Tranquilo Matías, este es el olor real ¿te das cuenta? Aquí respiran aire de verdad, porque su atmósfera lo soporta, no aire filtrado. Es lo que respiraban nuestros antepasados.
-Sí, y también comían hojas de los árboles y se colgaban de una rama. Gracias, pero no es para mí.
-Tiene su encanto, míralo como una experiencia con valor cultural.
-Mira, como turismo está bien, pero vivir aquí… jamás podría…
Había que admitir que el olor era horrible. Dmitrii trató de ignorarlo mientras descendía de la nave.
Ahí estaba el comité de bienvenida: cuatro personas. Vehícu-os antiguos, probablemente motores de combustión interna. Tontos, ¿es que no habían entendido nada?
Pero no había viajado hasta aquí para quejarse. A trabajar.
Dos días después el comodoro Kovs no ocultaba su alegría al estar de vuelta en la nave camino a casa. Mientras tanto, Matías devoraba una porción de comida deshidratada.
-¡Comida de verdad al fin! –exclamó Matías mientras devoraba la galleta.
-Bueno, al menos la misión fue fácil.
-Claro, no estaban en capacidad de negociar nada. ¿Qué podían hacer?
-Es cierto… pero dime, ¿no te da algo de pena? Digo, verlos así, en esas condiciones.
-Realmente es un milagro que estén con vida.
-Recuerda que nosotros fuimos así alguna vez.
-No. Así no. Yo he visto los hologramas y era otra cosa. Ellos se lo buscaron y ahora ruegan por ayuda. Siempre supieron a dónde los conduciría el camino que siguieron. Dicen que hay escritos del siglo XX que tocan ese tema.
-¿Siglo XX?
-Imagínate. Y nunca hicieron caso.
Increíble. La estupidez de los Nucleares. Afortunadamente los Orbitales no habían corrido la misma suerte. ¿Qué había cambiado? ¿El hecho de que todos los Orbitales descendían de científicos? ¿La necesidad de mantenerse con vida en el espacio? Imposible estar seguro.
-Bueno, tengo que admitirlo Matías, fue una experiencia horrible. Pensé que sentiría algo, cariño, nostalgia… algo. Pero nada.
-Una pena, digo yo. El clima, sin ningún tipo de control, podía llover en cualquier momento, ¿te diste cuenta? Y los insectos. Las masas de gente.
-Es una especie de ecosistema. Dañado, pero ecosistema al fin.
-Ah, y el agua, ¿viste? ¡El agua! Qué tal desperdicio, qué tal ineficiencia. Y le llaman océano.
-Jamás podrán adecuarse, son demasiado conservadores. Pa-rece el Siglo XVIII, cuando mezclaban la física con la alquimia. Les hablas de ingeniería genética o de nanotecnología y puedes ver el miedo en sus ojos. Es un tema tabú.
-Bueno ya tienen su contrato de turismo y la rebaja en las importaciones. Con algo de suerte nunca más tendremos que regresar a la Tierra.
-Eso espero.
La nave siguió su rumbo a Luna.
La incomodidad no era causada por la nave, ya que la “Pérez de Cuellar” era una nave diplomática moderna y como tal tenía todas la comodidades que la tecnología podía ofrecer. Lo que el Comodoro Kovs sentía era algo más complejo.
Era algo más parecido al miedo.
-Eso es. Tengo miedo.
-¿Miedo? –preguntó Matías Sing, el único otro ocupante de la nave- Tranquilo Dmitrii, Seguridad me asegura que los equipos que enviamos hace dos semanas no han encontrado nada peligroso. Mira, los pobres no tienen recursos ni para fabricar un arma decente.
Dmitrii asintió y sonrió, pero en realidad no se sentía ni una pizca más tranquilo. Matías no entendía, había pensado que el miedo se debía a una preocupación por su seguridad personal. Era un buen soldado y un experto en los Nucleares, ese Matías, pero su mente sólo trabajaba en términos de quién podía golpear más rápido o más fuerte. Mientras tuviera el arma más potente o la espada más grande todo en la vida estaba bien para él.
Pero no, no era eso lo que incomodaba a Dmitrii. Luego de haber salido ileso de las decenas de batallas contra los salvajes Periféricos en la ya legendaria rebelión de los años 30, Dmitrii había perdido el temor a las armas y había aprendido a confiar en los escudos. Él sabía que la tecnología para defensa que tenían era la mejor del sistema y que sufrir daño físico era sumamente improbable. Además, los Nucleares no se atreverían a hacerles daño. No arriesgarían una guerra.
En todo caso, nadie vive para siempre y Dmitrii tenía ya 184 años… no era un anciano pero su mejor época ya había pasado definitivamente.
Años… El miedo regresaba…
-¿Es cierto que ellos viven sólo 80 o 90 años? –preguntó.
-Es cierto –respondió Matías- Incluso muchas veces es me-nos. El aire que tienen ahí no es puro.
-¿No lo es? ¿Por qué? ¿No les vendemos generadores?
-Sí, pero los usan sólo los de la clase alta, los otros respiran el aire de la atmósfera.
-Están locos. Respirar eso. Están locos.
Años de misiones diplomáticas le habían enseñado mucho a Dmitrii. Heredero de uno de los apellidos más notables de toda Luna, probablemente era el diplomático más experimentado. Pero nada lo había preparado para esta misión en particular.
Sabía por qué había sido escogido. Dmitrii tenía en su haber más de 30 libros sobre diferencias culturales y de cómo estas se manifestaban, no sólo en vestimenta y comida, sino en deseos, esperanzas y conceptos generales como qué es el profesionalismo o cuándo una acción es buena o mala. Pero todos sus libros se referían sólo a Orbitales, nunca había pretendido aplicar sus conceptos a los Nucleares. ¿Cómo ponerse en su lugar? ¿Qué pensarían? Sabía que los Nucleares sentían envidia de los Orbitales, nadie vivía ahí a menos que no le quedara otra opción.
¿Cómo tratar con personas que no tienen siquiera la seguri-dad de tener alimento para el día siguiente?
Eso era lo que lo molestaba. El no poder ponerse en el lugar de los Nucleares. Un buen diplomático tenía que ponerse en el lugar del otro bando. Pero era imposible, eran demasiado diferen-tes.
¿Se suponía que debía sentir algún tipo de melancolía o pena? Pero, ¿cómo sentir pena de algo que sólo había visto de lejos? ¿De algo tan feo, tan triste? Tristeza. Tristeza y miedo.
La nave llegó a su destino. Inmerso en sus pensamientos, Dmitrii no se había acordado de mirar por la ventana para obser-var el panorama desde el aire. Tal vez era mejor. De esa manera sólo tendría como referencia las fotos de la enciclopedia y las fotos siempre muestran las vistas más hermosas.
La puerta se abrió.
-Bueno, aquí estamos al fin.
-¡Puh! ¡Que feo olor!
-Tranquilo Matías, este es el olor real ¿te das cuenta? Aquí respiran aire de verdad, porque su atmósfera lo soporta, no aire filtrado. Es lo que respiraban nuestros antepasados.
-Sí, y también comían hojas de los árboles y se colgaban de una rama. Gracias, pero no es para mí.
-Tiene su encanto, míralo como una experiencia con valor cultural.
-Mira, como turismo está bien, pero vivir aquí… jamás podría…
Había que admitir que el olor era horrible. Dmitrii trató de ignorarlo mientras descendía de la nave.
Ahí estaba el comité de bienvenida: cuatro personas. Vehícu-os antiguos, probablemente motores de combustión interna. Tontos, ¿es que no habían entendido nada?
Pero no había viajado hasta aquí para quejarse. A trabajar.
Dos días después el comodoro Kovs no ocultaba su alegría al estar de vuelta en la nave camino a casa. Mientras tanto, Matías devoraba una porción de comida deshidratada.
-¡Comida de verdad al fin! –exclamó Matías mientras devoraba la galleta.
-Bueno, al menos la misión fue fácil.
-Claro, no estaban en capacidad de negociar nada. ¿Qué podían hacer?
-Es cierto… pero dime, ¿no te da algo de pena? Digo, verlos así, en esas condiciones.
-Realmente es un milagro que estén con vida.
-Recuerda que nosotros fuimos así alguna vez.
-No. Así no. Yo he visto los hologramas y era otra cosa. Ellos se lo buscaron y ahora ruegan por ayuda. Siempre supieron a dónde los conduciría el camino que siguieron. Dicen que hay escritos del siglo XX que tocan ese tema.
-¿Siglo XX?
-Imagínate. Y nunca hicieron caso.
Increíble. La estupidez de los Nucleares. Afortunadamente los Orbitales no habían corrido la misma suerte. ¿Qué había cambiado? ¿El hecho de que todos los Orbitales descendían de científicos? ¿La necesidad de mantenerse con vida en el espacio? Imposible estar seguro.
-Bueno, tengo que admitirlo Matías, fue una experiencia horrible. Pensé que sentiría algo, cariño, nostalgia… algo. Pero nada.
-Una pena, digo yo. El clima, sin ningún tipo de control, podía llover en cualquier momento, ¿te diste cuenta? Y los insectos. Las masas de gente.
-Es una especie de ecosistema. Dañado, pero ecosistema al fin.
-Ah, y el agua, ¿viste? ¡El agua! Qué tal desperdicio, qué tal ineficiencia. Y le llaman océano.
-Jamás podrán adecuarse, son demasiado conservadores. Pa-rece el Siglo XVIII, cuando mezclaban la física con la alquimia. Les hablas de ingeniería genética o de nanotecnología y puedes ver el miedo en sus ojos. Es un tema tabú.
-Bueno ya tienen su contrato de turismo y la rebaja en las importaciones. Con algo de suerte nunca más tendremos que regresar a la Tierra.
-Eso espero.
La nave siguió su rumbo a Luna.
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